Un cuadro húngaro con nieve y salsa de almejas

Entramos en el desolado Parque Natural de Hortobágy para caminar por el entorno rural de Hungría

Escena del Parque Natural de Hortobágy.
Escena del Parque Natural de Hortobágy. FOTO: Alfonso Masoliver

El viajero juega con el espacio y con el tiempo, como los pintores. Elige el dónde, el cuándo y el por qué de sus vacaciones en cualquier isla remota o rodeado del glamour de Europa, planifica, el viajero planifica vistiéndose con la ropa adecuada para el clima que haga en su destino. El viajero es capaz de calcular el “tiempo” en sus múltiples variantes si llega el extremo, es un superpoder común entre ellos.

Hoy hice un cálculo de esos. Hoy, en el Parque Natural de Hortobágy (declarado Patrimonio de la Humanidad en 1999) para conocer desde dentro el entorno rural de Hungría que apenas es conocido porque los turistas generalmente vuelan como locos en Budapest. Quería hacer bien mi trabajo de periodista de viajes y charlar con los locales, viéndolos hacer cabriolas sobre los caballos o virguerías como esas de las que molan para un artículo con titulares controvertidos, como: “La nueva hoz de Hungría” o algo así. Pero, haciendo los cálculos, me di cuenta de que no me salían los tiempos, fíjate; a los viajeros corrientes esto no les pasa pero a mí sí. Se desploma enero congelado en el Parque Natural de Hortobágy. Todos los campos están coloreados de grises o de amarillos muy apagados. Los charcos más pequeños de las aceras están congelados. Ni un árbol tiene una sola hoja. Ni una sola he visto como no fuera embarrada en el suelo o atrapada en un charco helado.

En el Parque Natural de Hortobágy puedes conocer (si tienes suerte) a los mismísimos vaqueros húngaros.
En el Parque Natural de Hortobágy puedes conocer (si tienes suerte) a los mismísimos vaqueros húngaros. FOTO: Llareggub dreamstime

Es lunes y todas las atracciones del Parque Natural de Hortobágy estaban cerradas a cal y canto, como resentidas contra mí. Los caballos del picadero Mátai Ménes pastaban sin arneses y me miraban con curiosidad, al trenecito de los pescadores de Hortobágy no se le veía traquetear por ningún lado y la calle estaba vacía, desplumada, ni un alma, ni un bar calentito, nada, nein, solo hacía un frío cada vez más frío que se mete en los huesos del Este. Que conste en el acta que yo tampoco estaba teniendo un buen día en el ámbito personal, ni físico, porque la noche anterior me sentó fatal una ensalada de col y aquello fue una catástrofe con el señor Roca. Bueno, y uno quiere hacer bien su trabajo y se esfuerza, solo para encontrarse con todo cerrado. Pues jode. Si estos lugares hubiesen estado abiertos, te los podría haber recomendado con más detalle, pero no quiero que te fíes de que estén abiertos para que vayas y te peguen el portazo como a mí, mejor vete a Budapest si quieres montarte en el trenecito de Hortobágy, en Budapest tienen un teleférico chulísimo.

Aquí solo estaban el frío y las parcelas de cultivo y de pastoreo en la llanura del Parque Natural de Hortobágy, cuarteadas por nada más que pintorescos y retorcidos árboles sin hojas. Esos árboles hacían como si las parcelas fueran una sabana creada explícitamente por el ser humano. Una sabana artificial y congelada. Como un cuadro de Urgell donde utilizó una llanura de amarillos que parecen grises y cotejada con unas nubarrones de mediodía que amenazan lluvia (aunque probablemente nieve porque aquí hace un frío que mata grajos) pero que hace de todo el encuadre de mis ojos una imagen igualita que un cuadro de Urgell. Y si todas las atracciones que aparecían en mi guía están cerradas, entonces parece lógico que me zambullera de palo en este cuadro de pintura de paja y barro.

En primavera dicen que pueden verse a los pastores húngaros con sus peculiares ovejas.
En primavera dicen que pueden verse a los pastores húngaros con sus peculiares ovejas. FOTO: Attila Jandi dreamstime

No describiré cómo se sentía al pisotear el barro oscuro del camino del cuadro, ni cómo fue cuando avancé unos pasos sobre uno de los muchos lagos congelados en la zona, porque esos son recuerdos resbaladizos que me guardo para mí. Me vuelvo egoísta. He perdido toda la oportunidad de hacer bien mi trabajo y, compungido, me introduzco en el cuadro de mi visita para divertirme con las bandadas de gorriones escondidas entre los juncos. Están agazapados, no los he visto, pero ellos se asustan igual y echan a volar a un árbol que les permita vigilar mejor. Al intruso de su cuadro, que soy yo. Puede que paseando por este paisaje desolado me sintiera un personaje extraviado y enfermizo de László Krasznahorkai, un campesino sin tierras del imperio austrohúngaro, una pincelada menor en un paisaje inmenso. Aun así, no confirmaré ni negaré nada.

Encontré cosas rarísimas durante mi paseo, eso sí, uno encuentra objetos del todo estrafalarios en la atmósfera del lienzo. A las orillas de uno de los lagos se blanqueaban unas conchas enormes de almejas y caracoles vacíos con forma alargada, una cosa curiosísima, como si los lagos fuesen mares minúsculos o yo fuera un gigante porque yo soy mucho más real que un cuadro estúpido que me haya inventado hoy. Introducirme en el lienzo de esta manera fue una experiencia curiosa para gastar un día perdido en el este de Hungría, la verdad, y no me arrepiento de haber dado ese paseo. Si tú calculas mal los tiempos o te equivocas de sitio y acabas en el Parque Nacional de Hortobágy, supongo que también podrás divertirte igual.