Teatro

“Mrs. Dalloway”: una buena fiesta sin música

La arriesgada propuesta de Carmen Portaceli sobre la difícil novela de Virginia Woolf mantiene su esencia, pero deja al espectador fuera demasiado tiempo

Blanca Portillo en un momento del montaje "Mrs. Dalloway"
Blanca Portillo en un momento del montaje "Mrs. Dalloway" FOTO: Sergio Parra

La directora Carme Portaceli se arriesgaba conscientemente al comprimir un texto tan complejo de Virginia Woolf en noventa minutos, pero sobre todo al introducir a ocho personajes en píldoras tan mínimas que no da tiempo a descubrir qué sabor tienen. La “nouvelle cuisine” trasladada a un escenario. Que los propios actores dijeran al término de la función que hay que verla dos veces al menos para captar sus matices dejó al descubierto la debilidad de un montaje excelso en el resto. El elenco reconocía que su primer acercamiento al texto les había provocado dificultades. Blanca Portillo leyó la novela original cuatro veces antes de interpretar a Mrs. Dalloway y algunos de sus compañeros admitían la complicación de meterse en sus personajes en momentos tan breves, con escenas que apenas dejan entrever quiénes son. ¿Una contextualización previa hubiera contribuido a facilitar el trabajo de los espectadores? Sin duda. Quedó demostrado con el diálogo postrero de casi una hora que los protagonistas mantuvieron con el público, permitiéndole marcharse a casa con una sensación bastante más amable. Si en vez de epílogo hubiera sido prólogo, con toda seguridad la siempre generosa grada del Central -más que acostumbrada a la vanguardia y abierta a la innovación- habría correspondido mejor al esfuerzo desplegado.

Una propuesta teatral debe generar emociones. Es necesario que quien asiste se sienta concernido y fueron contados los momentos en los que “Mrs. Dalloway” traspasó su energía a las butacas. Si una obra hay que verla varias veces para sentirla, quizá la reflexión le corresponde hacerla a la experimentada directora. Sobre el papel, la idea debía funcionar, pero excluyendo a Inma Cuevas, Gabriela Flores y Blanca Portillo, fue difícil acompañar a los actores en sus vivencias.

A Portaceli hay que aplaudirle la escenografía y cómo mantiene la esencia de la escritora inglesa, que con esta obra rompió con las novelas lineales ofreciéndonos un día en la vida de la señora Dalloway. Recién recuperada de una depresión, organiza una de sus sonadas fiestas, algo aparentemente superficial en el período de entreguerras donde la sitúa Woolf. Portaceli trae al siglo XXI las disquisiciones sobre el papel de la mujer, la bisexualidad, el amor, el suicidio o el silencio social sobre las enfermedades mentales. Todos aspectos que afectaban muy íntimamente a la autora, cuya relación con su marido se cuela en la obra como uno de los momentos más lúcidos. Esa licencia de la directora es uno de sus grandes aciertos porque permite sacar a Virginia -Angélica en la representación- del halo de locura con el que la sociedad explica su determinación por poner fin a su vida.

La acción transcurre en tres planos diferentes, con todos los actores siempre sobre el escenario -un recurso para mantenerlos “conectados” a la obra-: los diálogos internos de los personajes consigo mismos, cuando dos de ellos coinciden en sus pensamientos pero realmente no están juntos y las conversaciones a dos. De esa forma los protagonistas van recorriendo su presente y, sobre todo, su pasado, desvelando qué les llevó a convertirse en quiénes son y si existe coincidencia con lo que imaginaron que serían. La manera de cada uno de afrontar lo que la vida les depara es lo que distingue su grado de satisfacción, eso que se denomina “ser feliz”.

Entre una sucesión de escenas breves y actuaciones musicales, incluso hay espacio para extraer un par de principios para guardarse: nos irá mejor diciendo las cosas que sentimos y si continuamos esforzándonos por aquello que deseamos. “Cuando nos hacemos mayores dejamos de esforzarnos”, resume en un momento el personaje de Angélica. Ella y su marido son los únicos que siguen haciendo ambas cosas pero solo uno alcanza su deseo. Y ahí sucede otra lección sobre amar bien: soltar al otro aunque no lo comprendas. El suicidio de Angélica -como el de la propia autora- impacta en todos. No la conocen, pero el contacto con la muerte siempre lleva a valorar la propia vida. La última reflexión al respecto la comparten Mrs. Dalloway y Blanca Portillo: ¿es necesario que muera alguien para hacerlo? Como en las grandes cuestiones, cada uno tenemos nuestra respuesta. De ella depende cómo nos sintamos al comprobar que los años nos han dirigido por un camino muy alejado del que planeamos. A un lado, la sensación de fracaso; al otro, vivirlo como un redescubrimiento de la vida. Solo está en juego nuestra felicidad.