Es Dios... aunque tenga sus achaques

Entre disparos dialécticos, Julio Iglesias nunca decepciona siendo la santísima Trinidad del espectáculo: hombre, producto y Terminator del «showbusiness»

Cada concierto de Julio Iglesias al que me tocó asistir en modo reporteril, este «juntaletras» firmamente siempre procuró un buen lugar para grabar la actuación con el mejor sonido posible. Regalar adecuadamente esos casettes piratas facilitó sensiblemente la ampliación de mi conocimiento sobre la anatomía femenina a nivel teórico y sobre todo práctico. Estos días he pensado mucho en Julio Iglesias (perdón, «Dios» –Álvaro Lodares «dixit»–). Esta semana se celebraba su día anual en Miami y aún se comentan las fotos, en las que, achacoso, necesitaba de muletas (dos mujeres estupendas, como no podía ser de otra manera) para ir a la playa. Confieso que he preferido otras músicas e ir a sus conciertos era una obligación profesional, pero con la edad aprendes a captar el pellizco de «Quijote» y «Un Día Tú, Un Día Yo», compuesta por Phil Trim, y que nunca faltan en mi lista más personal.

«Flashback» en la memoria y recuerdo los conciertos que le vi, más de 15, y las muchas entrevistas que le hice. La primera, colándome en la que tenía concertada mi admirada y querida Rosa Villacastín en el hotel Andalucía Plaza de Marbella. En casi todas siempre me pedía que le diese un cigarrillo. «Ahora que no me ve mi padre o fulanito», y yo le respondía: «Julio, no fumo, pero ahora mismo te consigo un pitillito». Que si «no me saques el lado malo». ¿Cuántas mujeres, pero de verdad, hay en tu lista? Y con tu hijo Enrique, ¿cómo vas? No hay mayor placer que nadar desnudo y hacer pipí en alta mar...

Entre disparos dialécticos, Julio nunca decepciona siendo la santísima Trinidad del espectáculo: hombre, producto y Terminator del «showbusiness». Es el español que llegó a la cima del estrellato mundial para quedarse con una buena porción de la parcela, y en el tú a tú siempre salía ganando, salvo la noche del 16 de agosto de 1988 en la plaza de toros de Puerto Banús. El concierto fue bien, el público encantado y quién sabe si por la presión de la pechá de celebridades invitadas, o por su deseo de asesinar al técnico de sonido (si un micro falla se permite el fusilamiento del responsable), «Dios» parecía más arisco que de costumbre. Un equipo de la televisión americana con acceso pleno al ídolo de «La Vida Sigue Igual», terminó de mosquear a la prensa, que tras ser convocada por el manager de la estrella para un reportaje especial, aguantó casi una hora, mientras todo el famoseo accedía sin ningún problema, prolongando así nuestra larga espera. Plante de cámaras y micros al canto, pitada a Julio cuando salía por el callejón y, de repente, segundo e inesperado concierto del cantante interpretando iracundo el famoso repertorio de los peores, que son los mejores, insultos españoles; a punto de saltar cual maletilla al ruedo donde se encontraba el famoso periodista Jesús Mariñas, a quien le dedicó tan singular cancionero. Volví a verlo y a entrevistarlo unas cuantas veces más, todo fue sobre ruedas, pero nunca olvidaré al «Dios» Julio Iglesias cabreado como un mono al que le acaban de dar una patada en los mismísimos.