«Los años irreparables»: la infancia universal de Montesinos

El filólogo Rafael Roblas y el editor David González presentan un completo volumen con la primera obra en prosa del escritor, junto a textos y fotos inéditas

Rafael Roblas, experto en la obra de Rafael Montesinos, mantuvo una estrecha amistad con el escritor sevillanoKiko Hurtado

Rafael Montesinos fue admirador de los primeros momentos de la vida, deseoso de atesorar y repetir esas primeras veces que procuran la niñez y la adolescencia, como dejó escrito en el prólogo que acompaña a «Los años irreparables y otras prosas autobiográficas» (Cicus y El Paseo), la excusa para conversar con el filólogo Rafael Roblas y el editor David González Romero sobre la figura del escritor sevillano en los Encuentros de LA RAZÓN, que acoge la Fundación Cajasol.

Roblas fue amigo de Montesinos, al que conoció literariamente en la adolescencia y personalmente pocos años después, durante un acto en la Universidad de Sevilla. El encuentro –«un sueño cumplido»– contribuyó a acrecentar la admiración por el autor, al que dedicó su tesis doctoral realizando una edición crítica de su obra poética. Su vinculación la propició Gustavo Adolfo Bécquer, «lo leo con 11 o 12 años y luego cae en mis manos curiosamente una edición del entonces Monte de Piedad de Sevilla –ahora Cajasol–». Roblas se topó con uno de aquellos fascículos dedicados a personajes de la cultura sevillana en casa de mi abuela y de esa forma casual, como suceden los grandes encuentros, se le presentó un autor que «me contaba cosas que eran las que yo estaba sintiendo en ese momento: hablaba de niñas, de primeros amores, de esa incipiente adolescencia y la niñez que muere...». «Investigando lo poco que podía a esa edad», dio con un libro clave, «De la niebla y sus nombres», publicado en 1985. Después vendrían otros «y poco a poco fue creciendo ese autor en mí hasta adueñarse y empujarme a estudiar Filología», rememora Roblas, que destaca «el sentido del humor y los ojos de niño» con que Montesinos miraba a su alrededor. «Nunca dejó de ser como era en esos años», dice en referencia al Montesinos de «Los años irreparables». «Siempre estaba con una travesura, con una picardía, jugando con el doble sentido... Ese humor sevillano fino tan alejado del chiste común del que en muchas ocasiones presume en sus artículos», «redescubiertos» en esta nueva edición.

El editor David González Romero coincide en que permanecen muchos tópicos en la obra de Montesinos que impiden leerlo con la consideración que merece y reniega de los localismos asociados a su escritura. «Hace un retrato universal de la infancia y la adolescencia, con un logro estilístico que es el gran sueño de los poetas prosistas simbolistas», apunta. Para Roblas, «muchos autores han vendido esa imagen de un Rafael melancólico, pero tiene versos eróticos o libros como ‘Canciones perversas para una niña tonta’» que lo alejarían de ese concepto tan limitado. Montesinos fue, además, un persistente estudioso de Gustavo Adolfo Bécquer, al que también encasillaban en un concepto trillado de «poeta romántico» que él consigue derribar con una profunda investigación de su obra, situándolo en la senda de los modernistas. Roblas recuerda cómo el escritor sevillano se quejaba de que a Bécquer se le asociara a las golondrinas cuando «las nombra una sola vez» en sus poemas, concediendo que en todo caso la asociación ornitológica se inclinara más hacia los gorriones.

De izq. a dcha., José Lugo, Luis Méndez, Marta Maldonado, David González Romero y Rafael Roblas, en la Fundación CajasolKiko Hurtado

«Los años irreparables» ya fue publicado por la Universidad de Sevilla –coeditora del volumen dentro de su Biblioteca de Autores Meridionales, cuyo responsable es Luis Méndez, director de Cultura y Patrimonio de la US–, pero esta nueva edición añade piezas inéditas y una completa contextualización, con fotografías familiares, artículos y dibujos del sevillano. Está prologada por Rafael César Montesinos Calvo, hijo del poeta, y constituye la edición definitiva. «Es una edición que va a quedar como referencia», asegura González Romero, equiparando el libro al «Ocnos» de Cernuda o «La arboleda perdida» de Alberti. Para Méndez, recuperar a escritores del sur –como Núñez de Herrera o Juan Sierra– es fundamental porque «muchas veces los autores son tan conocidos que no se profundiza en ellos. Suenan los nombres, pero al final nadie sabe sobre su obra».

Montesinos escribió ese monumento a su propia infancia -–«que en el fondo es la de todos», como él mismo escribió– con 32 años. Estaba ya, por tanto, muy alejado de aquella etapa, transcurrida en el centro de Sevilla, desde que naciera un 30 de septiembre en la calle Santa Clara, en el mismo barrio que Bécquer. Son unas memorias «con mil trampas, fechas que no coinciden con la realidad y falsificación del recuerdo», si no son así todas las estampas mentales que guardamos de cualquier tiempo. Son también los recuerdos de un niño/adolescente que relata sus primeras relaciones sexuales –con una muchacha cinco años mayor–, sus días como un «señorito burgués» en el cortijo que su padre compró después de ganar la lotería y que permitió que por su casa desfilaran poetas e intelectuales que comenzaron a moldear su sensibilidad, junto la biblioteca paterna a la que tenía acceso. «Su Sevilla nunca existió, él le dio ese nombre pero no era una ciudad real», explica Roblas, que considera ese el motivo por el que nunca regresó, pese a la nostalgia, después de marcharse a vivir con su familia a Madrid con 21 años. Mantiene que «tenía miedo a reencontrarse con su propio pasado», una historia que contenía también su alistamiento con los carlistas, en lo que consideran un «arrebato literario», y que le condujo al frente en plena Guerra Civil. El editor concluye que Montesinos «vivió un momento de trance literario y la realidad lo atropella». Su encontronazo con la muerte a los diecisiete años –un gran amigo murió y a él lo dieron por muerto tras explotarle un obús cerca– cambió su mirada y lo instaló definitivamente en la nostalgia que lo acompañaría después. «Ese es el pistoletazo de salida a su obra poética, cuando ve que al compañero de trinchera le han metido un pistoletazo entre los ojos –según Roblas–. Creo que ahí empieza a plantearse lo que es la vida y la muerte y que puede ser un filón literario, que se le puede sacar más partido que al tópico del amor y la novia perdida, de esa Angélica casi angelical» a la que dedica sus primeras composiciones.

En su obra, Roblas encuentra «mucho amor, mucha muerte y mucha angustia, que al contrario de lo que han dicho algunos críticos, no es ninguna una pose, sino que la siente en primera persona. Está viviendo una muerte prolongada desde que le cae el obús en el año 39 hasta que muere en 2005». De lo que no hablará nunca será de política. La cruel contienda acabó con cualquier atisbo de pronunciarse en un terreno en el que no se sentía cómodo. «Su esposa decía que era un hombre anticonflictos», señala González Romero, recordando cómo en la Tertulia Literaria Hispanoamericana, fundada en 1952 y presidida por él hasta su fallecimiento –todavía hoy activa–, donde se unificaron la izquierda y la derecha. Por sus veladas pasaron Pemán o Alberti, Julia Uceda, Gloria Fuertes, Caballero Bonald, Luis Rosales o Aleixandre.

Tanto Roblas como González Romero reconocen que el autor compuso un personaje de sí mismo, como se aprecia en las múltiples fotos que acompañan a sus textos, donde Montesinos deja testimonio de su afición por la cámara, fotografiando a otros y a sí mismo gustándose tanto como cualquier adolescente actual con su móvil. La completa publicación busca extinguir «el apropiacionismo y la simplificación de la obra de Montesinos» y volver a situarla entre las novedades de las librerías. El editor de El Paseo lamenta que «hay libros que son una especie de ladrillo que cae, que todo el mundo mira y que nadie se atreve a coger», lo que deriva en que el conocimiento del autor se limite a un análisis superficial tomado como cierto por repetido. «Hay que conseguir que sea el autor que es. Yo siempre defiendo que como prosista hay poca gente en el siglo XX que haya escrito con la sencillez y la elegancia de Rafael Montesinos». En este punto, admite discrepancias con Roblas sobre si es mejor prosista que poeta: «Hizo una gran carrera de poeta y sin querer se convirtió en un gran prosista, básicamente porque cuando escribe en prosa tiene la garra del poeta y cuando escribe poesía está deudor de muchas referencias y a mí personalmente no me llega tanto». González Romero cita «sus dos acercamientos a la obra de Bécquer, excelentemente escritos» –«Bécquer. Biografía e imagen» (1977), por el que ganó el Premio Nacional de Ensayo, y «La pasada semana murió Bécquer» (1982)– como «un modelo de lo que es una biografía literaria en España». «Hizo verdaderos descubrimientos filológicos y te da ganas de Bécquer», resume. Roblas se decanta más por el Montesinos de los versos –sobre ello realizó su tesis doctoral–y puntualiza cómo su poética enraíza en una Sevilla «que se escapa del propio tiempo del niño Rafael», que este año habría cumplido cien años. Y lo habría hecho, también con toda certeza, lejos de su ciudad natal, a la que solo quiso volver de forma permanente en su memoria.