Los nombres y la ciencia

“Si es porque faltan mujeres podría el gobierno ser más específico y magnánimo, ahora que se lleva, y crear el premio nacional de Biología Molecular Margarita Salas, por ejemplo”

Jaime Castilla Llorente

La Cábala judía afirma que las patillas son la conexión entre la mente y el cuerpo, entre el ser abstracto y el físico. En el Levítico el propio Dios establece la prohibición de afeitárselas, así como rasurar por completo la barba o hacerse daño. O tatuajes, el Paraíso no está hecho para los tronistas. Por eso los ultra ortodoxos se dejan largas patillas que acaban colgando en sus inconfundibles tirabuzones. El siguiente versículo prohíbe a los hombres obligar a sus hijas a servir como prostitutas porque eso, vuelve a ser la voz de Dios, traerá la maldición a su país. Queda demostrado por tanto que no hay estudiosos –ni estudiosas– de la Torá en el gobierno balear y que como sociedad nos merecemos alguna maldición. Pedro Duque no tiene patillas. Tampoco es judío, que yo sepa, así que, en principio, no tiene ninguna obligación con el Dios del Antiguo Testamento. Sin embargo sí parece haber perdido la conexión entre el mundo abstracto y el físico. Los nombres de las cosas son la expresión de un sentimiento intangible que se traslada a lo físico a través de la escritura. La trampa entre letras que la mente humana tiende a la realidad para recordarla y evocar su significado sin esfuerzo. Tan importante es la palabra que todo el cristianismo, por seguir con las religiones, está basado en el logos: la palabra hecha carne, el verbo de Dios. Al borrar nombres se oculta una parte de la realidad y consecuentemente se pierde la conexión abstracta con esas palabras. Por eso ya nadie podrá evocar, con el premio nacional de Investigación, que Gregorio Marañón fue el que convenció al rey Alfonso XIII para visitar Las Hurdes y así denunciar las miserables condiciones de vida de sus habitantes y que esa historia hizo que la Pájara visitara esta comarca cacereña. Aunque hasta ahora esto sólo lo sabía yo. No caerá nadie en la cuenta de que el premio Nobel de medicina de 1906 se lo llevó otro médico español, Santiago Ramón y Cajal, por su trabajo sobre el sistema nervioso. Y eso que de pequeño fue aprendiz de barbero y de zapatero. Negar ya la posibilidad de asombrarse con la expedición de Alejandro Malaspina y José de Bustamante que a finales del siglo XVIII recorrieron todas las costas de América, de Buenos Aires hasta Alaska, la vastedad del Pacífico, las Filipinas, Nueva Zelanda, Australia, y fueron la vanguardia de la ciencia bajo el buen rey Carlos III es desolador. Ni hablar ya de los menos conocidos Cabrera, Moles, Pastor, de la Cierva, Madoz o Torres Quevedo. Si es porque faltan mujeres podría el gobierno ser más específico y magnánimo, ahora que se lleva, y crear el premio nacional de Biología Molecular Margarita Salas, por ejemplo. A la que por cierto no le otorgaron el premio Princesa de Asturias en vida y eso que, además de una de nuestras mejores investigadoras, era asturiana. O el premio nacional de Filosofía María Zambrano, que ni siquiera existe uno concreto sobre la materia. O el premio nacional de Literatura de Viajes Egeria, en honor a la escritora hispanorromana que en el siglo IV viajó desde su Gallaecia natal hasta Tierra Santa pasando por Constantinopla. Gallega tenía que ser. Menos mal que hoy es sabbat y yo no estoy afeitado.