Literatura

Abre la ventana que quiero ver el mar

“Es hora de contar en los colegios los desprecios y humillaciones que padecieron Rosalía de Castro y Teresa, su madre”

Rosalía de Castro
Rosalía de Castro

Esas son las últimas palabras de Rosalía de Castro en su casa de Padrón, lejos del mar, hace ciento treinta y seis años, un 15 de julio como hoy.

«La hija del mar», bautizada como hija de padres desconocidos porque su madre era soltera y su padre, cura. Una orfandad que padece toda la vida y está en sus libros. El acta de bautismo dice: «En veinte y cuatro de febrero de mil ochocientos treinta y seis, María Francisca Martínez, vecina de San Juan del Campo, fue madrina de una niña que bauticé solemnemente y puse los santos óleos, llamándole María Rosalía Rita, hija de padres incógnitos, cuya niña llevó la madrina, y va sin número por no haber pasado a la Inclusa».

Es fácil recordar a Rosalía por sus «Cantares gallegos», populares en la historia literaria, pero es más necesario y sincero recordar a la hija del mar que nos cuenta su vida, sus lágrimas, su corazón, su naturaleza y los sueños de la loca empedernida que escribe poesía para sanar enormes heridas.

Aprovecho su aniversario para hablar de los estereotipos, fachadas y otros elementos que interrumpen la conexión entre la persona que escribe y la persona que lee. Cuando se habla de Rosalía, se dice siempre lo mismo, se nombra el Romanticismo, el Rexurdimento, se la recuerda, pero casi nadie la lee. Es una gran desconocida.

Creo que es hora de contar en los colegios los desprecios y humillaciones que padecieron Rosalía y Teresa, su madre. El acta bautismal, los padres incógnitos, la ambigua madrina, la salvación de la casa de huérfanos, los tres nombres sin apellido, por qué Rosalía se siente hija del mar. Así escribe su poesía y unas novelas que son libretas íntimas de dolor y energía para sanar una maldición.

A los veintiún años publica dos textos esenciales: «La hija del mar» y «Lieders». Se casa con Murguía, tendrán siete hijos (dos muertos), y alza su voz de Autora: «Sólo cantos de independencia y libertad han balbucido mis labios, aunque alrededor hubiese sentido, desde la cuna ya, el ruido de las cadenas que debían aprisionarme para siempre, porque el patrimonio de la mujer son los grillos de la esclavitud». Cuando muere Teresa publica «A mi madre». Por fin sabe quién es su padre. En el XX, historias así eran guión de culebrones o telenovelas, género que sostenía todos los prejuicios, estereotipos y discriminaciones que te imagines y dos más. Ahora, que las cosas cambian a tanta velocidad, contar la historia de una madre soltera a quien le arrancan su hija, la obligan a callar el nombre del padre y la condenan al anonimato y al silencio, sería impensable sin consecuencias sociales y legales. Ahora parece que eso es casi imposible ya que las leyes amparan muchísimo a las mujeres vulnerables como Teresa.

Está muy presente en la obra de Rosalía la palabra loca. Como es una poeta extraordinaria, transmuta la locura en poesía y convierte el insulto en maravilla. A su madre le decían loca, a ella también la llamaban la loca, su gran adjetivo poético como leemos en uno de mis poemas preferidos: «Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros, /Ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,/Lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso,/De mí murmuran y exclaman:/Ahí va la loca soñando.»

También está la loca en «La hija del mar»: «Los campesinos que iban al molino o a labrar sus tierras y que me dirigían la palabra al pasar murmuraban de mí al ver que no contestaba a sus preguntas, y me llamaban la loca... ¡La loca!... ¿lo oyes bien, hija mía?, y yo que he seguido huérfana y desamparada sin que una caricia maternal haya humedecido mi frente –porque las caricias maternales son el rocío que da vida a esas pobres plantas que salen al mundo en un día de dolor».

Tiempos difíciles aquellos cuando contabas un dolor y te llamaban loca. Ahora, que las cosas cambian a semejante velocidad, sería impensable que Teresa contara su dolor y la llamaran loca. Recibiría el amparo social y legal, sería una víctima escuchada con respeto, sin dudar de su testimonio. En el prólogo, Rosalía recomienda a los lectores qué hacer con el libro si alguien lo lee página a página hasta el final: «arrójelo lejos de sí y olvide entre otras cosas que su autor es una mujer. Porque todavía no les es permitido a las mujeres escribir lo que sienten y lo que saben». Tiempos difíciles para las «literatas», «poetisas», madres, hijas y mujeres del mundo. Menos mal que vivimos en el empático XXI.