Borges invisible, 35º aniversario
“Forja su voz poética en los años ’20, cuando vuelve de Europa. Los años que vive en España son tan esenciales en su escritura que lleva el Ultraísmo a Buenos Aires”
Claudia Capel

Borges murió el 14 de junio de 1986 en Ginebra.

Su tumba descansa en el cementerio de Plainpalais. La piedra contiene mensajes en anverso y reverso, como una moneda. En una cara el nombre, Jorge Luis Borges y la inscripción: “And ne forhtedon na” (y que no temieran), del poema épico “La balada de Maldon” junto a un grabado circular con siete guerreros nortumbríos. También, una pequeña cruz de Gales y las dos fechas, 1899/1986.

En la otra cara de la piedra, la frase “Hann tekr sverthit Gram okk / legger i etal theira bert”, de la Völsunga Saga, elegida por Borges para su cuento Ulrica: “Él tomó su espada, Gram, y colocó el metal desnudo entre los dos”. Hay una nave vikinga y unas palabras de amor: “De Ulrica a Javier Otálora”. Javier Otárola es el protagonista del cuento Ulrica, un profesor colombiano de la Universidad de Los Andes enamorado de la noruega y feminista Ulrica en “El libro de arena”.

Antes de morir, Borges envía una carta a la Agencia EFE para despedirse de sus amigos periodistas: “Les envío estas líneas para que las publiquen donde quieran. Lo hago para terminar de una vez por todas con el asedio de los periodistas y con las llamadas y preguntas de las que estoy cansado. (…) Me parece extraño que alguien no comprenda y respete esta decisión de un hombre que ha tomado, como cierto personaje de Wells, la determinación de ser un hombre invisible.” Firma la carta el 6 de mayo.

El último libro que publica se llama “Los Conjurados” (1985) poemas que reúnen sus afectos personales y líricos con palabras mágicas. En uno de los poemas “De la diversa Andalucía” nombra la tierra de sus ancestros y a su querido maestro Rafael Cansinos

Borges pasa las dos últimas décadas de su vida viajando por el mundo para firmar libros y dar espléndidas conferencias, pero siempre vive en Buenos Aires. Dice que ser argentino es un acto de fe y cuando presenta Los Conjurados en España declara: “Yo vivo muy modestamente. Mis libros, yo he llegado a once, doce ediciones, han sido traducidos a muchos idiomas. Sin embargo, no podría vivir de lo que recibo. Yo no puedo vivir de mi literatura (…) Yo tengo dos pensiones, una de la Biblioteca Nacional y otra como profesor de literatura inglesa y americana, pero he sobrepasado el límite de edad y hace tres meses que no me pagan un centavo.”

Argentina no cuida sus tesoros y Borges “intuye” que morirá en Ginebra porque ya ha tomado la decisión de permanecer en la ciudad donde fue feliz en la adolescencia sin padecer innecesarias humillaciones.

En la década del ’70, tan brillante en su obra, sufre duros ataques nacionales. El oriente reluce en sus libros: El informe de Brodie, El oro de los tigres, El libro de arena, La rosa profunda (año de la muerte de Madre), La moneda de hierro, Historia de la noche y, mientras su país lo acosa, recibe el Premio Cervantes 1979, compartido con Gerardo Diego. Única vez ex aequo en la historia del premio, algo que no sorprende a Borges ya que no ha sido un escritor “premiado” y sabe que su vida es una continua bifurcación.

Lo mismo ocurre en 1961 cuando gana su primer premio internacional, el Formentor, que convierte a un argentino casi desconocido en un escritor universal. Recibe el premio compartido con Samuel Beckett y su obra es traducida al francés y a innumerables idiomas. “…hasta que fui publicado en francés yo era casi invisible, no sólo en el exterior sino también en Buenos Aires. A consecuencia de ese premio, de la noche a la mañana mis libros brotaron como hongos por todo el mundo occidental”.

Se abre también el universo de las conferencias, en inglés, francés y español. Mis preferidas son las seis conferencias de Harvard, This craft of verse, traducidas al español como “Arte Poética”. Cuando Borges viaja a Estados Unidos por primera vez, a Texas acompañado por su madre, siente una nueva felicidad: “Llegué a Estados Unidos hace seis meses. En mi país soy prácticamente (para repetir el título de un famoso libro de Wells) el hombre invisible. Aquí soy, en cierta medida, visible. Aquí la gente me ha leído.”

Al recibir el premio Formentor, casi nadie lee a Borges; en la difícil década del ’50 publica un solo libro, “Otras inquisiciones” y en el ´55 se queda completamente ciego. Al mismo tiempo, lo nombran director de la Biblioteca Nacional, con el apoyo de Victoria Ocampo y otras personalidades influyentes en la literatura. Entonces escribe el mítico Poema de los dones, capaz de reunir en cuatro versos iniciales su íntima dualidad, la biblioteca y la ceguera: “Nadie rebaje a lágrima o reproche/esta declaración de la maestría/ de Dios, que con magnífica ironía/ me dio a la vez los libros y la noche.”

Se alinean los astros con la “Postdata del primero de marzo de 1943” y recibe el Premio Nacional de Literatura por “El Aleph” después de una de las peores épocas de su vida, “nueve años de continua desdicha” (1937-1946) en la Biblioteca Miguel Cané.

En 1938 muere su padre, él sufre un accidente en la cabeza y una septicemia lo mantiene al borde de la muerte varios meses, cree que ha perdido la razón y cae en una profunda melancolía. Durante esos nueve años infelices nacen dos de sus libros más radiantes: “Ficciones” y “El Aleph”. Escribe en el sótano de esa biblioteca que él recuerda gris y mediocre. Construye su torre invisible aferrado a la poesía. Desde el sótano crea el primer cuento para divertirse, “Pierre Menard, autor del Quijote”, comprueba que lo hace bien y continúa hasta los ocho cuentos que componen “El jardín de senderos que se bifurcan”. Presenta el libro al Premio Nacional de Literatura y es despreciado por el jurado, obtiene un solo voto y la publicación de una nota para explicar que el “pueblo argentino” no merece una literatura como la de Borges, extranjerizante, de alambique, oscura y más adjetivos despreciativos.

Borges sigue escribiendo cuentos, suma “Artificios” a los cuentos del Jardín y publica “Ficciones” en 1944 y “El Aleph” en 1949. Forja el camino de su prosa.

Inicia el camino en 1932 con su libro “Discusión”, íntimo y mágico, que contiene los primeros pasos del poeta hacia la prosa. Perfila su voz en “Historia universal de la infamia” e “Historia de la eternidad” con biografías apócrifas y leyendas con aire de cuento. No es fácil para el poeta encontrar el ritmo de su prosa personal.

Borges forja su voz poética en los años ’20, cuando vuelve de Europa. Los años que vive en España son tan esenciales en su escritura que lleva el Ultraísmo a Buenos Aires. Funda dos revistas, Prisma, revista mural de poesía que él y un grupo de poetas pegan en las paredes de la ciudad para que “sea leída”, y Proa, que después de dos intentos, solo consigue publicar 15 números por falta de anunciantes y suscriptores.

Aparece entonces su primer libro, “Fervor de Buenos Aires”, una autoedición de 300 ejemplares pagada por su padre. Participa en los grupos literarios “martinfierristas”, pero no le interesan demasiado. Hay más peleas que poesía. Publica también los poemarios “Luna de enfrente” y “Cuaderno San Martín”. Ahí aparece uno de sus grandes poemas bonaerenses, “Fundación mítica de Buenos Aires”: “A mi se me hace cuento que empezó Buenos Aires/ La juzgo tan eterna como el agua y el aire”. Tiempo después, su relación con la ciudad cambia y escribe “No nos une el amor sino el espanto / Será por eso que la quiero tanto”. Borges y Buenos Aires viven una historia de amor, la maravilla, la crisis y el perdón.

Todo está en “Fervor de Buenos Aires” que “prefigura todo lo que vendría después”, porque de esos poemas nacen todos los cuentos y los demás poemas.

Siente el fervor al regresar a Buenos Aires después de siete años de ausencia con un bachillerato en Ginebra y una vida poética con los ultraístas en Sevilla, donde publica su primer poema, Himno del Mar, dedicado a su amigo Adriano del Valle. Gracias al Ultraísmo, conoce a Rafael Cansinos Assens, su eterno maestro. Cansinos le muestra el universo hebreo de los alfabetos y las estrellas además de ser el traductor al español de uno de sus libros preferidos, “Las mil y una noches”.

El centro de su infancia es la biblioteca de su padre, con mayoría de libros en inglés original y traducciones. Lee el Quijote, Las mil y una noches, Huckleberry Finn, lee a Lewis Carroll, Wells, Kipling, Burton y, para disgusto de su madre, lee el Martín Fierro. Pero lo más importante es lo que ocurre con John Keats. Borges oye a su padre recitar “Oda a un ruiseñor” y siente el relámpago de la poesía, descubre que le fue dado ser poeta y siente la revelación. Tiene 8 años y desde ese momento, el niño ya no vive solo, convive con el poeta interior, aprende a vivir la doble vida, inicia la bifurcación entre el visible y el invisible.

Quien nace con el don de pintar, esculpir o crear música puede concretar la dualidad con pinceles, piedras o guitarras, pero cuando la materia del don son las palabras que nos habitan desde el nacimiento, elegir palabras poéticas entre tantas otras, es un oficio solitario, íntimo y difícil de forjar apenas con las manos y 23 símbolos.

Un niño tímido, tartamudo, frágil y miope, con una miopía progresiva que heredará la ceguera familiar paterna, un niño que no va al colegio hasta los 9 años y aprende a leer en casa, se cría rodeado de espadas y leyendas militares de sus ancestros y solo juega con su hermana en un patio de aljibe con tortuga y jardín en el barrio de Palermo, un niño que espera con felicidad los paseos al zoológico para ver los tigres porque siente fascinación por el amarillo y las manchas negras como renglones de tinta en la piel animal, un niño que juega ajedrez con su padre mientras reconoce en la paradoja de Aquiles y la tortuga la imperturbable flecha del tiempo. Un niño que nace poeta y dedica su vida entera a elegir una palabra única junto a otra palabra única para escribir los ciclos del corazón y su breve paso por el mundo. Ochenta y seis años de pájaros, lunas, patios y ríos.

Mi libro “Borges invisible” empieza con ese niño y se despide como Borges: “Espacio, tiempo y Borges ya me dejan”, último verso de su poema preferido, Límites, porque no sabemos cuántos pájaros nos quedan por vivir ni cuántas puertas nos eligen todavía.