Tribuna

El efecto mariposa (II)

"Habrá que permitir que el ganado se alimente dentro de sus límites y será necesario realizar desbroces regulares"

Aspecto que presenta el paraje de Tarifa (Cádiz) afectado por el incendio
Aspecto que presenta el paraje de Tarifa (Cádiz) afectado por el incendioEPEP

Incendios… no queda bosque virgen en España desde hace siglos, por lo que el estado de los actuales y su futuro dependen casi por completo de la acción humana. Podemos optar, como parecen sugerir algunos idealistas, por restaurar el bosque primigenio, pero entonces olvidémonos de visitarlo (miles de turistas lo perturbarían de modo fatal), renunciemos a su usufructo (lo que genere deberá dejarse a sus moradores) y asumamos que condicionará muchas otras cosas (no podremos, por ejemplo, tender vías o carreteras que lo crucen para optimizar las comunicaciones). Las parcelas de bosque virgen son caras (y habrá que pagarlas con nuestros impuestos). Cabe, entonces, mantener el bosque tal como lo hemos heredado. Pero incluso en ese caso, deberá gestionarse adecuadamente: habrá que permitir que el ganado se alimente dentro de sus límites y será necesario realizar desbroces regulares (o la maleza lo invadirá todo, sentando las bases para futuros incendios). No solo necesitaremos trabajadores forestales permanentes, sino, sobre todo, un medio rural habitado. Claro que la agricultura y la ganadería solo son sostenibles si la gente puede vivir dignamente de ellas. Pero los consumidores preferimos comprar productos foráneos, más baratos. Habrá entonces que subvencionar nuestro sector primario (subiendo los impuestos) o darle también al suelo rural usos que parecen no gustarnos demasiado (instalar centrales solares o eólicas). E incluso así, puede que los jóvenes sigan abandonando el campo y se dirijan a las ciudades buscando trabajos (aparentemente) más cómodos y (casi nunca) mejor remunerados. En ese caso, o bien hacemos todo lo posible para que permanezcan junto a sus mayores, o bien traemos a gente de fuera que los reemplace. Pero si optamos por lo primero, harán falta políticas que favorezcan la natalidad (viviendas para los futuros padres, permisos de maternidad ampliados, reducción de la carga fiscal a las familias). Y eso cuesta dinero. Habrá también que cambiar el modo de pensar y los valores de nuestros jóvenes, para hacerles ver que es igual de digno (y mucho más sostenible) cultivar los campos, apacentar ovejas o trabajar la madera, que programar videojuegos, vender ropa china en un centro comercial o escribir reseñas sobre bares de moda. Y educar cuesta dinero. Si elegimos la segunda opción, tendremos que aceptar que decenas de miles de inmigrantes se instalen definitivamente dentro de nuestras fronteras, cambiando de modo irreversible el paisaje social y cultural que hemos heredado. Y, sobre todo, habrá que entender que durante muchos años la inmigración no supondrá beneficio alguno, sino que aumentará nuestra carga impositiva, porque los inmigrantes van a consumir más recursos (ayudas, escuelas, atención médica, infraestructuras) que los que generan (no, no recibimos sujetos cualificados y familias estructuradas, sino personas sin formación carentes de cualquier red de apoyo). Ambas políticas demandan, por tanto, mucho dinero y mucho esfuerzo, con el añadido de que solo tendrán éxito si se aplican de forma tenaz, sin cambios de guion, durante años o décadas. Siendo realistas, cabe dudar que lo tengan: hablamos de un país en el que es imposible alcanzar consensos políticos duraderos y de una sociedad en la que impera un individualismo rampante, cuyos valores tradicionales son objeto de escarnio permanente, que ha destruido casi por completo los lazos familiares y comunitarios, y cuyo paradigma económico es el capitalismo más descarnado.

Estamos ante el efecto mariposa en su máxima expresión: para evitar que un bosque se queme en Orense es preciso que alguien en Alicante renuncie a comprarse una falda más en AliExpress. O para que sigan sobreviviendo los pinsapos de Grazalema, es imprescindible que alguien de Leganés deje todos los martes su coche en casa. Admitámoslo: ni los ciudadanos estamos dispuestos a aceptar todo lo anterior, ni nuestros políticos van a obligarnos a hacerlo. Es más sencillo reunir a una comisión que nos diga que la culpa de todo la tiene el cambio climático. O mejor aún, «el sistema». Se trata de un sistema del que todos formamos parte y a cuyo comportamiento todos contribuimos con nuestras decisiones individuales. Y a estas alturas no hace falta ninguna ecuación diferencial para pronosticar que lo que nos aguarda es un tornado.