De John Baldessari, ni las migas

El artista estadounidense que quemó su propia obra fallece en Los Ángeles a los 88 años

John Baldessari era en sí mismo una explosión. Un hombre que un día hizo «boom» y echó una cerilla a toda su obra. Fuera. Tabula rasa y a empezar de nuevo. «Proyecto de cremación» lo llamó. Bien es verdad que se mudaba y necesitaba más espacio, pero optó por arrumbarla y deshacerse de algo que consideraba aburrido. Era 1970 y el norteamericano tomó la decisión «per se» acompañado de un grupo de sus estudiantes. Primero se cargó los cuadros y una vez estuvieron reducidos a astillas los quemó.

La noticia de su muerte nos llegaba con unos días de retraso, pues falleció el sábado pero fue ayer cuando se supo de su marcha. Uno de los grandes nombres del arte conceptual, hombre de colores chillones, de obras que destilaban un olor pop que daba gusto respirar, ¿o no huelen esas cerezas rojas en un ramillete de tres precisamente a eso? Después de la pira el profesor Baldessari siguió experimentando y trabajando con sus trabajos. Llegó entonces la época en que tapaba los rostros de los personajes que retrataba (unos eran pintados, para otros se valía de la fotografía como sustrato, algo que hoy adopta casi cualquiera que empieza y que Baldessari elevó a los altares) con un grueso punto. Tanto es así que alguien que le conocía bien, léase Tom Waits, dijo en voz alta que cuando pasaran cien años de su muerte (de la de Baldessari, claro) se le recordaría como «el tío que ponía puntos en las caras de la gente». Menuda «boutade», pero los humanos, que nos quedamos muchas veces con la forma y evitamos profundizar en el fondo, sabemos que no le faltaba razón.

Puntos, comas y multitud de palabras y frases. A él le interesaba trabajar con las letras y los pensamientos. Una vez que quemó su trabajo en aquel lejao 1970 decidió expandir sus límites y salirse del lienzo. Vídeo, fotografía, pintura, escultura. De hecho, cuenta que cuando conoció a Cindy Sherman en una fiesta ésta se acercó a él y le dio las gracias con efusividad: «Sin ti nosotros no estaríamos aquí». El padre o el padrino. Lo mismo da. Un referente, un artista que hizo lo que quiso, que experimentó y se llenó las manos de color. Un hombre que vivió su tiempo y que ahora andaba dando vueltas a los emojis, por los que sentía verdadera adoración. Los encontraba «estúpidamente ingenuos», decía. Combinaban imagen y palabras. Prueba de ello es una de sus piezas más representativas, «I will not make any more boring art» («No volveré a hacer una obra de arte aburrida») que copió en un cuaderno como si de un castigo infantil o una letanía impresa se tratara. Una síntesis perfecta para el norteamericano entre el pensamiento y el lápiz que demostró un inconfundible sentido del humor. ¿O no lo es formar galletas con los restos de sus cuadros quemados y repartirlas entre sus alumnos? Puro alimento para el espíritu.