Misión suicida

  • Fernando Sánchez Dragó / Foto: Jesús G Feria
    Fernando Sánchez Dragó / Foto: Jesús G Feria

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27 de noviembre de 2018. 15:26h

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Fernando Sánchez Dragó 27/11/2018

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Así me siento, aunque quienes emprenden tal aventura no por fuerza perecen en ella. Dentro de unos días, muy pocos, voy a someterme a una intervención quirúrgica de carácter delicado. La válvula de mi aorta ya no funciona como es debido y van a remplazarla. El equipo médico que se encargará de ello me asegura que el riesgo inherente a la sustitución de esa pieza del sistema cardiovascular por vía percutánea es mínimo y que, si todo va bien, en cosa de un par de días volveré a dar volteretas y zapatetas por las calles de la vida, pero... ¡Qué diantre! No puedo evitar cierto escalofrío de inquietud aliviado por el humor, que cuanto más negro sea, más risa da. Tengo ya, desde hace tiempo, una bonita tumba reservada en un rinconcillo del cementerio de Castilfrío, pero aún, por dejadez mía y de la burocracia de la Madre Iglesia, no la he pagado. Llevo todo el día de hoy intentando localizar al párroco, que anda el hombre de pueblo en pueblo atendiendo a sus deberes evangélicos, pero no consigo dar con él. Sería cómico que mi ataúd llegara antes de cerrar el trato y de abrir el hoyo, lo que obligaría a depositarlo cabe él a la intemperie. Pasar, lo que se dice pasar, no pasaría nada, pues las inclemencias meteorológicas propias de la zona y de estas fechas convertirán aquello en el congelador de una nevera, pero no sé si las hormigas, que todo lo vencen, se colarán en la caja y mordisquearán mis despojos. Pediré en la funeraria, por si acaso, que rocíen el féretro con insecticida. En cuanto al epitafio... Otro problema. Como escritor que soy, barajo muchos, y no sé por cuál decidirme. Mi signo del Zodíaco es Libra: el de la eterna indecisión. Podría ser éste, que parafrasea el atribuido, sin fundamento, a Groucho Marx: «Perdonen que no se me levante». O, en homenaje a Cervantes, este otro: «Fuese, y no hubo nada». O el que aún hoy se lee en el atrio de la Facultad de Letras de Madrid, en la que tantos años felices y revoltosos pasé: «Siste viator» (Detente, caminante). O bien: «Hola, Soseki» (así se llamaba el gato cuya gesta canté en una de mis novelas). O, en alusión a la cita del Popol Vuh que campea al frente del relato de mis andanzas de hippy por Oriente: «Hasta aquí me condujo el camino del corazón». O, por último, «Cuidó de los suyos y escribió». Es lo que siempre he hecho y no me importaría seguir haciéndolo. ¡Ojalá, lector, pueda leer aquí otra columna mía en dos semanas!

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