De charco en charco

Espacio dedicado al mundo de los más pequeños de la casa. Moda, decoración, ocio, planes divertidos, cultura... todas esas facetas con las que nos encontramos a diario cuando somos padres. Su reto es simplemente echar una mano, inspirar, dar ideas, algún que otro consejo... porque con niños vamos saltando de un charco a otro.

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Por qué gritar a los niños no es la solución. Cómo intentar no recurrir a los gritos para educar.

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Sobre el autor

Tania Villate Consonni

Siempre me ha gustado escribir, comunicar... compartir. Abogada y Agente de Propiedad Industrial de formación y profesión hasta que me convertí en madre de familia numerosa, lápiz y papel siempre me han acompañado. Desde entonces mi atención se ha centrado en el mundo de los niños. Me preocupa la seguridad de los niños y me apasiona la moda, la decoración, descubrir formas formas en las que disfrutar del ocio en familia... es un universo mágico que nunca deja de sorprenderme.

A todos nos cuesta, en muchas ocasiones, mantener la calma. Ser pacientes, ser comprensivos... es difícil cuando nosotros no estamos bien. Pero gritar a los niños no tiene ningún beneficio ni consecuencia positiva; ni para ellos ni para nosotros.

Hace tiempo una psicopedagoga me dijo “los niños no tienen días malos, los que los tenemos somos nosotros”. Y eso, la verdad, me hizo pensar.

Los niños son movidos y obviamente pueden estar más o menos nerviosos... pero que nosotros estallemos o perdamos la paciencia depende más de nuestro estado de ánimo que del suyo. Deberíamos, en un momento de estrés, relativizar. Ser conscientes de que los niños no son los culpables. No decirles palabras feas, no hacerles de menos, no insultarles ni gritarles ni por supuesto pegarles, Al fin y al cabo no descargar en ellos nuestro cansancio, estrés o mal rollo en el trabajo o con nuestras parejas, amigos o familiares.

Todos hemos usado la típica frase de “sólo me haces caso si te lo digo a gritos”. Igual en el corto plazo tiene su efecto porque llamas su atención, pero también tiene consecuencias negativas para los pequeños. Es difícil aplicar la “educación sin gritos”, pero también es recomendable saber al menos cuáles son esas consecuencias. Podremos así minimizar en lo posible los momentos de estrés y sus efectos.

Estudios recientes (como el de The Journal of Child Development de 2014) han demostrado que los gritos padres - hijos además de ser ineficaces (cuando gritamos lo mismo casi por rutina los niños dejan de impresionarse por ello) provocan en los niños ansiedad, depresión y baja autoestima. Por otro lado, el mensaje que les mandamos es que hemos perdido el control, que no sabemos manejar una situación, lo cual también les transmite nuestra falta de autocontrol e inseguridad, además de no ayudarles a gestionar sus propias emociones. Por supuesto un niño que está acostumbrado a los gritos en casa no verá raro que otros le griten o traten sin respeto en otros ámbitos, por lo que tampoco estamos ayudando a que se forme con autoestima y respeto hacia sí mismo.

Muchas veces los utilizamos más como desahogo de nuestra propia situación personal que con la intención de que alguna conducta cambie. Por eso un primer paso para dejar de gritarles es ser conscientes de este hecho y proponernos evitar los gritos. Así demostraremos más respeto por nuestros hijos y probablemente consigamos lo propio de ellos. También debemos ser conscientes de que son niños, quieren divertirse y jugar y no estudiar u ordenar. Es normal. Hay que gestionarlo de la mejor forma posible, pero tampoco podemos pedir a un niño de 5 años que se comporte como uno de 10 o que sea formal, silencioso, ordenado, responsable y estudioso siempre. Los niños van buscando sus límites, van aprendiendo de ellos. Un truquito es respirar hondo antes de perder los papeles por completo. Contar hasta 10... intentar relativizar. Y si no lo hemos podido evitar y les hemos gritado... podemos pedir perdón, hablar con ellos después, escucharles atentamente e intentar ayudarles a gestionar sus emociones e incluso pedirles que nos ayuden a controlar las nuestras. Todo suma. Los gritos, no.

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