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La cárcel donde Al Capone convivió con fantasmas

La Pennsylvania’s Eastern State Penitentiary fue una de las prisiones más temidas de Estados Unidos y el lugar donde en 1829 se iniciaron los confinamientos solitarios para doblegar voluntades

Uno de los bloques de la prisión estatal de Pensilvania
Uno de los bloques de la prisión estatal de Pensilvania FOTO: La Razón Archivo

La crueldad no se inventó en la Pennsylvania`s Eastern State Penitentiary, pero desde luego se perfeccionó en esta cárcel casi bicentenaria que durante 141 años albergó a más de 70.000 seres humanos. Su filosofía era clara, los presos, juzgados y condenados por sus presuntos crímenes, no tenían derecho alguno, salvo el de reformarse a través del castigo y el dolor. Suyo fue el invento que luego se extendería al resto de penitencierías, el confinamiento en solitario.

En 1842 Charles Dickens pasó por la prisión y quedó estupefacto ante lo que vio en aquel lugar. “En su intención, puedo entender que es un lugar humano, levantado para la reformación. Pero también estoy más que convencido en lo más profundo que ningún ser humano debería infligir tanto dolor a otro ser humano. Pienso que esta lenta y diaria manipulación del cerebro es muchísimo peor que cualquier tortura al cuerpo”, escribió ante las celdas de aislamiento donde los presos vivían sin luz, a penas podían moverse, no había lavabos y sus estancias podían durar hasta once años.

El primer preso entró 1829, un joven de color llamado Charles Williams. Aquel invierno ya había siete presos en confinamiento solitario. Entre las medidas disciplinarias del centro estaba el llamado “baño al agua” en el que se sumergía a un preso en un tanque de agua y, al sacarlo, se le dejaban colgados en el patio hasta que una pátina de hielo se le formaba en la piel. También existía la silla disuasoria, que era atar al prisionero a una silla de forma tan tirante que la circulación se detenía en las extremidades. Aunque la más espeluznante era una que ataba las manos detrás la espalda a una cuerda que estaba unido a un bozal que cogía la lengua, así que cualquier movimiento de las manos podía hacer sangrar la boca.

Enfermedad, locura, asesinatos, tortura, nadie en su sano juicio querría poner un pie en un sitio como éste. Cuando en 1924 se prohibieron estas prácticas y se limitó el confinamiento en solitario, las paredes ya habían atrapado todo aquel dolor y sin sentido y las incidencias en torno a fenómenos inexplicables empezaron a multiplicarse.

En el bloque de celdas número doce los presos aseguraban que se oían voces en eco y carcajadas histéricas. En el bloque de celdas número seis, los vigilantes aseguraban que cada noche veían siluetas moviéndose con rapidez entre los muros. En el bloque de celdas número 4, muchos aseguraban haber visto rostros vaporosos que se asomaban entre las rejas. Y en los bloques 1 y 3 hubo varios episodios de misteriosas pisadas sin que hubiese nadie subiendo escaleras, así como lamentos, susurros y temblores.

¿Quién llegó en 1929 al bloque 3? Al Capone, que pasó en su celda una condena de nueve meses por posesión de arma de fuego. Compartió confinamiento con un desfalcador de tres al cuarto llamado Bill Coleman y, a pesar de que la prensa quiso dibujar que vivía con todo tipo de lujos, lo cierto es que había muchos presos que vivían mejor que él. Eso sí, por las noches, el lujo no servía de nada para evitar escuchar toda aquella orquesta del más allá. “Este hombre, al que llaman ganster, en este lugar no es más que ningún otro prisionero”, aseguraba el responsable de la cárcel por aquel entonces, Herbert Smith.

El 17 de marzo de 1930 Al Capone se marchaba de la prisión prometiéndose que nunca volvería a un lugar así, pero sólo un año después, el 17 de octubre de 1931, era declarado culpable de evadir impuestos y sentenciado a pasar otros once años de cárcel. En agosto de 1934 era trasladado a la prisión de Alcatraz, donde se le prohibió todo contacto con el exterior. Sin embargo, los fantasmas de la penitenciería ya los llevaba consigo. En la cárcel empezó a caer en la demencia y la depresión. Se culpó a la sífilis de los síntomas. Siempre se encuentran razones.

La prisión cerraba para siempre en enero de 1971 y ahora es un museo que, como broma macabra, contiene una especie de parque temático de lo sobrenatural. Esta es otra historia que demuestra que el mito de las casas encantadas siempre está centrado en el confinamiento a la fuerza y el deseo de escapar. Porque escapar no es huir, es separarte de la lógica del espacio cerrado. Al Capone nunca salió en realidad de la prisión de Pensilvania. Nadie salió nunca de aquella prisión.