Leopold y Loeb, los dos pijos que quisieron crear el crimen perfecto con ayuda de Nietzsche

Chicago vivió en 1924 el llamado “crimen del siglo” protagonizado por una pareja de estudiantes superdotados

¿Existe el crimen perfecto? Muchos han querido intentarlo y han fracasado en el intento, sin importarles que eso tuviera como consecuencia la muerte de un ser humano. Eso es lo que pensaron dos niñatos que ínfulas de personajes de misterio, de piezas de un acertijo que no fue. Sus apellidos eran Leopold y Loeb y en 1924 sorprendieron al mundo entero al protagonizar un suceso que sigue hoy estremeciendo. Ellos eran dos pijos de Chicago que quisieron jugar un juego que se les fue de las manos. Esta es su historia, su muy triste historia.

Veamos uno a uno a nuestros protagonistas. El primero de ellos se llamaba Nathan Leopold y era aquello que podemos definir como un niño prodigio. Hijo de unos inmigrantes alemanes de origen judío acomodada, este jovencito nacido en 1904, se dice que sus compañeros del colegio se reían de él, probablemente por se intelectualmente precoz, como el propio interesado se encargó de divulgar en sus memorias. A los doce años una institutriz llamada Mathilda abusó de él sexualmente. Los Leopold se mudaron al exclusivo barrio de Chicago de Kenwood, y Nathan empezó a estudiar en la escuela privada de Harvard donde destacó por unas notas muy por encima de la media. Todo fue rápido, tanto que a los quince años ya estaba en la Universidad de Chicago y mostrando un gran interés por la ornitología. Fue en el campus donde conoció a otro niño prodigio llamado Richard Loeb.

Richard era el tercero de los cuatro hijos de un abogado judío que era uno de los principales ejecutivos de la firma Sears, Roebuck & Company. Su interés por los estudios lo fue compaginando con una vida criminal que lo llevó a realizar hurtos de poca monta en casa para pasar a robar en tiendas. Igual que Nathan, era un niño prodigio, tanto que a los catorce años ingresó en la Universidad de Chicago. Allí conoció a quien sería su socio de fechorías, aunque el alcohol y lo peculiar de su expediente, lo llevó a pasar una temporada como estudiante de la Universidad de Michigan. Con solo 17 años se convirtió en el graduado más joven de dicho centro. Una vez logrado el título regresó a Chicago y contactó con Nathan.

Parecían los amigos perfectos y se complementaban totalmente. Donde no llegaba el uno, lo hacía el otro. Si Leopold lo tenía difícil para desarrollar relaciones sociales, para eso estaba Richard para echarle un cable. No tardaron mucho en hacerse amantes y en empezar a idear una fantasía: crear el crimen perfecto. Ambos estaban convencidos que eran unos superhombres, a la manera de lo dicho por Nietzsche. Así que debían poner en práctica esa teoría, aunque de una manera sangrienta y trágica. Tras probarse provocando algún robo e incendio creyeron que debían dar un paso más allá: secuestrar y asesinar a un adolescente.

Lo que parecía un juego fue fraguándose durante siete meses, dibujando con detalle cómo debía ser el rapto, las condiciones imposibles de pago, el asesinato de la víctima y la desaparición del cuerpo. Trabajaron conjuntamente en la redacción de la nota de rescate y seleccionaron el arma con la que se llevaría a cabo el homicidio. Nada podía salir mal a ojos de la pareja de superdotados.

La víctima elegida fue un chico de catorce años, Bobby Franks, hijo de un rico fabricante de relojes y primo segundo de Richard. El 21 de mayo de 1924, Leopold y Loeb alquilaron un coche, le cambiaron las matrículas y se dirigieron al barrio de Kenwood. El vehículo llamó la atención del joven Bobby. Lo golpearon repetidas veces en la cabeza, lo amordazaron y finalmente lanzaron su cuerpo en una alcantarilla junto al lago Wolf. Tras el crimen, enviaron a los Franks una nota pidiendo un rescate.

Sobre el rostro y los genitales del pobre Bobby echaron ácido. Quemaron sus ropas y se preocuparon de limpiar cualquier mancha de sangre del coche, incluso destruyeron la máquina de escribir en la que se había redactado la nota. Con lo que no contaban es que un hombre encontrara el cuerpo de la víctima y junto a él aparecieran unas gafas. La policía logró identificar la óptica de donde habían salido e identificaron a Leopold como su propietario. El llamado “crimen perfecto” empezó a hacer aguas rápidamente.

Richard fue el primero en confesar y responsabilizó a Leopold de buena parte de lo ocurrido. Cuando fue el turno del segundo hizo lo que se esperaba de él: que señalara al primero como culpable. En lo que coincidían ambos era en los mismos delirios de crear lo que la prensa de Chicago comenzó a llamar como “el crimen del siglo”. Las familias de los dos culpables se dejaron parte de su fortuna contratando a los mejore abogados. A Clarence Darrow, el letrado que defendió a Loeb, se dijo que le pagaron un millón de dólares de la época, aunque en realidad le abonaron 70.000 dólares. Precisamente Darrow concluyó su alegato con un discurso que hoy sigue siendo considerado mítico:

“Este terrible crimen estaba inherente en su organismo, y provenía de algún antepasado... ¿Se le atribuye alguna culpa porque alguien tomó en serio la filosofía de Nietzsche y moldeó su vida sobre ella? No es justo colgar a un joven de 19 años por la filosofía que le enseñaron en la universidad. Ahora, Señoría, he hablado de la guerra. Yo creí en eso. No sé si estaba loco o no. A veces pienso que quizás lo estaba. Lo aprobé. Me uní al grito general de locura y desesperación. Insté a los hombres a luchar. Estaba a salvo porque era demasiado mayor para ir. Yo era como el resto. ¿Que hicieron? Bien o mal, justificable o injustificable, algo que no necesito discutir hoy, cambió el mundo. Durante cuatro largos años, el mundo civilizado se dedicó a matar hombres. Cristiano contra cristiano, bárbaro que se une a los cristianos para matar cristianos; cualquier cosa para matar. Se enseñó en todas las escuelas, sí, en las escuelas dominicales. Los niños jugaban a la guerra. Los niños lo jugaban en la calle. ¿Cree que este mundo ha sido el mismo desde entonces? ¿Cuánto tiempo, señoría, será necesario que el mundo recupere las emociones humanas que crecían lentamente antes de la guerra? ¿Cuánto tiempo pasarán los corazones de los hombres antes de que se eliminen las cicatrices del odio y la crueldad?”

Leopold y Loeb fueron condenados a cadena perpetua, a los que se sumaron 99 años más por secuestro. Fueron llevados a la misma cárcel, la de Joliet, aunque separados. Eso no fue impedimento para que pudieran mantener la amistad. Posteriormente fueron conducidos a otro penal, el de Stateville, donde ayudaron a crear un sistema educativo para los presos. Richard Loeb fue asesinado a navajazos por otro reo. Su querido amigo Nathan tuvo más suerte y logró sobrevivir escribiendo alguna novela de misterio y sus memorias. En 1958 fue puesto en libertad creando una fundación con la que ayudar a antiguos convictos y que se financió con lo ganado con la publicación de su autobiografía. Se trasladó a Puerto Rico donde se casó e impartió clases en su universidad. Murió en 1971.

Si algún día tienen la suerte de disfrutar de una joya del séptimo arte titulada “La soga” de Alfred Hitchcock, comprobarán que se inspira en estos hechos.