Las últimas confidencias de José Antonio Primo de Rivera en la cárcel

En octubre de 1936, el periodista Jay Allen logró hacerle la última entrevista al fundador de Falange

Jose Antonio Primo de Rivera

Hay aniversarios que caen injustamente en el olvido. Es lo que tiene mala memoria o una memoria selectiva sobre todo si el protagonista ha jugado, a ojos de algunos, con fuego. El pasado verano se cumplieron 120 años del nacimiento de uno de los mejores periodistas que han pasado por nuestro país, uno de los grandes corresponsales durante la Guerra Civil. Se llamaba Jay Allen y fue el responsable de algunas de las más destacadas exclusivas en ese tiempo bélico. Jugándose la vida, siendo incómodo para unos y otros, Allen informó de todo cuanto veía, además de intentar entrevistar a los grandes protagonistas del drama.

Uno de ellos lo encontró en una cárcel de Alicante en un momento en el que no pocos pensaban que ya estaba muerto o que era mejor que lo estuviera. El 3 de octubre de 1936, gracias a una invitación de Rodolfo Llopis, subsecretario de la Presidencia de Francisco Largo Caballero, Allen pudo conocer al más famoso de los reos de esa prisión. Era José Antonio Primo de Rivera, el líder y fundador de Falange, a quien se había detenido el 14 de marzo de 1936, justo cuando el gobierno republicano había calificado a la formación como ilegal. José Antonio, hijo del dictador que había dirigido el país con el visto bueno de Alfonso XIII, había estado conspirando contra el Gobierno, pero el golpe de Estado perpetrado por un grupo de militares entre el 17 y el 18 de julio. Sin embargo, no pudo ser finalmente uno de los principales actores al seguir entre rejas cuando Franco y los suyos se levantaron en armas en África y Canarias antes de que todo aquel desastre pasara a la península un día más tarde.

Allen sabe de las andanzas de Primo de Rivera cuando traspasa los muros del presidio alicantino. No estará solo mientras realice la entrevista porque estará vigilado por los milicianos que hay en el penal, los mismo a los que no les hace ni pizca de gracia que se haya autorizado el encuentro. Al periodista, como explica Paul Preston en su libro “Idealistas bajo las balas”, no le quedó otra alternativa que tener que convencer a la Comisión de Orden Público de Alicante, con mayoría de anarquistas. Dos reuniones después, pudo ir al presidio tras varios debates.

Finalmente, un día Allen, acompañado de un grupo de anarquistas, salió de su hotel en dirección a su ansiada entrevista. Al llegar a la cárcel, el director del presidio le advirtió que los reos estaban en el patio haciendo ejercicio. Cuando llegó a esa zona, Jay Allen se encontró con José Antonio y su hermano Miguel. Él era la primera visita que tenían desde hacía meses. Escribe el reportero:

"José Antonio, el más delgado de los dos, me da la mano cortésmente. Encuentra difícil disimular su desilusión al ver que soy solamente yo. Los cuatro camaradas del Comité están a pocos pasos.

– ¿No fue hace dos años cuando comimos juntos en el Savoy, de Madrid, con el príncipe?

Los camaradas escuchan con interés. Digo, muy profesionalmente:

– ¿Seguimos con la entrevista?"

A José Antonio le interesaba subrayar que él no sabía que pasaba más allá de la cárcel. Probablemente pensaba que esa era su última oportunidad de salvarse de morir ejecutado. No lo tenía nada fácil. En la mente de algunos estaba la posibilidad de que pasara a ser moneda de cambio entre los republicanos y los sublevados, pero ya hacía algún tiempo que Franco había decidido no saber nada de ese asunto. Al fin y al cabo, nunca le había caído bien aquel tipo, cuya ideología y camisa azul adoptaría como propias. Varias veces ha tenido Franco sobre la mesa la posibilidad de poner en marcha una operación de rescate, incluso con la intervención de los nazis dispuestos a ceder un submarino para la misión, pero el futuro dictador siempre ha mirado a otro lado.

Allen apunta en su texto que "tenía sus ojos posados en mí. Quería noticias; ardientemente las deseaba. ¿Qué podía decirle yo? Se me adelantó diciendo:

– ¿Pero qué está pasando ahora? No sé nada. Le dije:

– Estoy seguro de que estos amigos no me han traído aquí para informarle, pero le haré unas preguntas hipotéticas que usted puede contestar o no".

Y ese el camino por el que optó Jay Allen. Especular ante un José Antonio Primo de Rivera que se mostraba públicamente ignorante sobre el apoyo que los suyos habían dado a la sublevación militar. Sin embargo, aquello no era así. El historiador Joan Maria Thomàs ha demostrado que hasta mediados de agosto, el preso gozaba de una situación de cierta permisividad que le permitía recibir comunicaciones del exterior. Cuando en ese mes tomó las riendas de la cárcel Adolfo M. Crespo Obrios se descubrió que, por ejemplo, en las celdas de los hermanos Primo de Rivera se guardaban dos pistolas, además de un mapa y un croquis de los frentes de guerra. Probablemente José Antonio y Miguel pensaron usar ese material, especialmente las pistolas, el 18 de julio, pero Alicante siguió en poder de la República. No sería descartado pensar que los carceleros del líder fascista informaran previamente a Jay Allen de todo esto.

"– ¿Qué pensaría usted si le dijese que yo opino que el movimiento del general Franco se ha salido de su cauce, cualquiera que fuese, y que ahora en adelante simplemente la vieja España lucha por perdidos privilegios?

– Yo no sé nada, pero no creo que sea verdad. Si lo es, es un error.

– ¿Y si le dijese que sus muchachos están luchando al servicio de los terratenientes?

– Le diría a usted que no".

¿Mentía José Antonio? ¿Intentaba salvar desesperadamente el pellejo de esta manera, con esa ingenua mirada a la realidad? El fundador de Falange se escudó ante Allen recordándole que él ya había advertido que “si las derechas, después de octubre de 1934, se mantenían en su política negativa de represión, Azaña volvería al poder muy pronto. Ahora ocurrirá lo mismo. Si lo que hacen es únicamente retrasar el reloj, están equivocados. No podrán sujetar a España si sólo hacen esto”. Pero Allen contrapreguntó y le recordó el papel que estaban realizando los falangistas en la guerra. Primo de Rivera se excusó argumentando que “creo y deseo que lo que usted me dice no es verdad. Pero recuerde que no tenían jefatura después de que fui arrestado y acuérdese también que había mucha gente empujada a la violencia por la política provocativa de Casares Quiroga”.

Allen atacó otra vez con argumentos: “¿Qué diría usted si le dijese que Franco, el patriota nacionalista, había traído aquí a alemanes e italianos, prometiendo entregar territorio español -Mallorca a los italianos, las Islas Canarias a los alemanes- y que había llevado a Europa más cerca que nunca de la guerra?”

“Yo no sé nada. Ni sé si estaré incluido en el nuevo Gobierno, si ganamos”, dijo para agregar que acabaría en la cárcel ganara quien ganara.

El periodista le recordó a José Antonio que había podido entrevistar a Franco. De hecho, fue el primero en hacerlo tras el golpe. “Franco me dijo que el Fascismo Español no se puede comparar con otros fascismos y que es simplemente una defensa de la Iglesia”, le matizó Allen. El entrevistado estalló y añadió que “el problema con todos los españoles es que no dedicarán diez minutos de su tiempo a hacer una estimación objetiva de las personas o de las cosas”…

Pero José Antonio no pudo acabar su respuesta. Jay Allen tomó un avión y no volvió a ver al reo que fue fusilado el 20 de noviembre de 1936.