El cuadro que Dalí regaló a Pujol y fue escondido en la Generalitat

“Diosa apoyándose en el codo” forma parte de las desastrosas relaciones entre el pintor y el político catalán

La pintura de 1960 que Salvador Dalí entregó a Jordi Pujol
La pintura de 1960 que Salvador Dalí entregó a Jordi Pujol FOTO: Fundació Gala-Salvador Dalí

El 10 de junio de 1982, Salvador Dalí se dio cuenta que todo estaba perdido, que aquello que siempre reivindicó sobre la inmortalidad no era cierto. Todos estamos condenamos a morir, incluso él mismo y su musa Gala que acababa de fallecer en Port Lligat después de pasarse sus últimos años tratando de hacerle trampas al paso del tiempo, queriendo ser tan joven como siempre. Su excesivo tren de vida, con escapadas a los casinos de Montecarlo y lujosísimos regalos a sus variados amantes, la habían llevado a hacer los más oscuros negocios con todo tipo de galeristas y corsarios.

El día de la muerte de su muerte, el cadáver fue trasladado ilegalmente hasta el castillo de Púbol para simular que el fallecimiento se había producido allí, el mismo lugar en el que sería enterrada en una de las dos espacios preparadas para la pareja surrealista. Incluso se había pensado en poner una suerte de puertecita entre las tumbas para que las manos de la pareja se cogieran para siempre cuando Dalí muriera. Pero el pintor nunca fue inhumado allí, en el castillo que compró para ella y donde su esposa se encerraba con sus otras parejas.

Dalí, sin embargo, decidió que lo mejor era pasar lo poco que le quedaba de vida entre los muros infranqueables del castillo de su amada, cerca de ella. Pero tomó la decisión de empezar a suicidarse a cámara lenta, apagar la luz y empezar a marcharse despacio. Por eso, quedó sumido en una profunda depresión que le hizo rechazar alimentarse, lo que hizo que se le suministraran alimentos mediante una sonda. Dalí se convirtió en su propio prisionero.

Pero mientras Salvador Dalí se hundía físicamente también lo hacía su propia obra que protagonizaba titulares en todo el mundo, pero no por su maestría sino por el número importante de piezas falsas que estaban invadiendo el mercado, ya fueran dibujos, pinturas o litografías. La muerte de Gala y la enfermedad de Dalí había propiciado que todo tipo de corsarios, algunos nuevos y otros veteranos en esas lides, vieran la luz a la búsqueda del enriquecimiento más fácil e ilegal ante la falta de control.

Desde hacía algún tiempo el Gobierno había tratado de poner remedio a la situación, sobre todo pensando en la posibilidad de que los bienes del artista pasaran tras su fallecimiento al Estado. Para ello se logró convertir a Miguel Doménech, cuñado del presidente Leopoldo Calvo-Sotelo, en el abogado personal de Dalí desde la primavera de 1981. Por esas fechas, la Generalitat, en aquellos días en el inicio de la presidencia de Jordi Pujol, quiso también mover ficha. El primer paso importante lo dio el 7 de abril de 1981 cuando en el Palau de la Generalitat se reunió con algunas de las personas que habían formado parte del entorno del artista hasta fecha reciente, entre ellas el que había sido su secretario personal Enrique Sabater y el matrimonio de coleccionistas Reynolds-Morse. El propio Sabater, muchos años después, explicó al autor de estas líneas que habló de manera clara de los problemas que iba a tener Dalí de manera inmediata. El más importante de todos era el relacionado con las amistades peligrosas de Gala y su intento por mantener los lujos de siempre, pese a que Dalí había decidido dejar de pintar a consecuencia del párkinson que padecía. Gala había empezado a tratar con un antiguo conocido de la pareja, Jean Claude Verité, quien había encontrado una fórmula para seguir haciendo negocios. Si bien Dalí ya no podía crear nuevas imágenes ni podía firmar litografías, se podían realizar nuevas a partir de los cuadros más conocidos del repertorio daliniano. ¿Y la firma? Otra solución condenada a la polémica: se creó un sello a partir de la huella de uno de los dedos del pintor. ¿Quién controlaba eso? Verité y su socio Gilbert Hamon, un comerciante francés de obra gráfica que acabó siendo detenido por traficar con obra falsa.

Tanto Sabater como Reynolds Morse también se refirieron a la situación económica de Dalí con varias cuentas corrientes en varios países, especialmente en Estados Unidos donde residía en el St. Regis Hotel de Nueva York. Solo en América, el matrimonio Gala-Salvador Dalí poseía 900.000 dólares. Por otra parte, el artista acariciaba la idea de instalar su residencia en el Principado de Mónaco hasta el punto de que el fastuoso Cadillac de los Dalí ya había sido matriculado en aquel país.

Un mes más tarde, Pujol viajaba en visita oficial. Era el 3 de mayo y, además de darse un baño de masas, se acercó hasta el Museu Dalí para conocer sus colecciones que en ese momento, si bien es cierto que poseía algunas obras maestras como “Leda atómica” o “La cesta del pan”, faltaba mucho para tener una mirada realmente completa al universo plástico del artista.

Pujol, sin embargo, ya se había reunido con Dalí por primera vez en el centro de operaciones del artista en París: el Hotel Meurice. Era el 24 de marzo de 1981 y Dalí lo recibió, a la manera de saludo, con una contundente ventosidad, tal y como explicó tiempo después Robert Descharnes, el por entonces último y muy polémico secretario del genio de Figueres. A partir de aquí siguieron una breve serie de encuentros que concluirían con la entrega al pintor de la Medalla de Oro de la Generalitat en un acto celebrado en el Teatre-Museu de Figueres y con la presencia de J.V. Foix, el gran poeta y amigo del artista.

Pujol en el momento de entregar a Dalí la medalla de oro de la Generalitat
Pujol en el momento de entregar a Dalí la medalla de oro de la Generalitat FOTO: ANC/Eugenio del Castillo/Generalitat de Catalunya

A partir de ese momento, Pujol siguió insistiendo a Dalí en reuniones en las que quería fijar que la colección se quedara para Cataluña. Incluso la Generalitat llegó a investigar la posibilidad que la hija que Gala tuvo con el escritor Paul Éluard pudiera reclamar parte de la herencia, hecho que propicio el llamado “Dossier Gala” que nunca ha hecho público el Govern. Pero Dalí siguió dando largas, pese a que Pujol pidió apoyo incluso al Rey Juan Carlos, hasta que en 1988 sucedió lo inesperado. En el enésimo intento por convencer al pintor, incluso empleando como argumento una hipotética reclamación de Anna Maria Dalí -cosa que no pasó-, saltó la sorpresa. Dalí decidió regalar una de sus más importantes obras: “Diosa apoyándose con el codo”, también titulada “Virgen formada por cinco cuernos de rinoceronte”, una gran tela de 1960. Pujol se quedó sin palabras y así lo recogieron los periodistas en aquel momento.

El cuadro acabó colgado en el Palau de la Generalitat. Allí estuvo a la vista solo del presidente de la Generalitat y los consellers. Pujol no quiso donarlo a ninguna institución. Tal vez el constatar, una vez muerto Dalí que todos sus cuadros eran heredados por el Estado le hizo pensar que lo mejor era que esa reinterpretación de espaldas del “Nacimiento de Venus” quedara encerrada en un despacho. O, probablemente, con la imagen de esa tela Dalí le había lanzado un mensaje que no supo leer.

La pieza, finalmente, fue cedida por la Generalitat al Museu Nacional d’Art de Catalunya (Mnac) en 2010. Acababa por fin su viaje y empezaba una nueva vida a la vista del público, aunque ahora está guardada en el almacén del museo en espera de una futura reubicación.