Ciencia

La droga de la belleza: de las orgías a los hospitales

La belladona empezó usándose como ocio y cosmético, se convirtió en un veneno y finalmente nos dio algunos de los fármacos más importantes de la historia.

Es posible que alguna vez la hayas visto. Se trata de una planta de metro y medio de altura con hojas redondas y bayas oscuras. Sus flores forman campanas pintadas de verde y púrpura, colores poco vistosos que le ayudan a ocultarse en la penumbra. La belladona (Atropa belladonna) crece en prácticamente todo el hemisferio norte en zonas oscuras y húmedas, entre la maleza y bajo frondosos árboles. No parece gran cosa, una hierba más en el bosque, sin embargo, la historia de la belladona y la humanidad han caminado a la par desde antes de las primeras civilizaciones hasta nuestros días. Ha pasado de ser usada como sustancia recreativa a dar a luz algunos de los fármacos más relevantes de nuestro tiempo.

Orgías, guerras y brujería

Normalmente, las bayas de la belladona se han adaptado a ser devoradas por pájaros. Se trata de un mensajero perfecto, capaz de enviarlas lejos sin masticarlas ni dañarlas. De hecho, los jugos gástricos de los pájaros las ayudan a germinar, debilitando el duro exterior de las semillas. Desgraciadamente para ellas su sabor es dulce, lo cual las ha convertido en un manjar interesante para otros animales algo más destructivos, como nosotros, sin ir más lejos.

Remontándonos en el tiempo podemos encontrar bayas de belladona en asentamientos prehistóricos, pero su uso comenzó a popularizarse con la civilización. Los efectos de la droga convencieron a los antiguos egipcios que empezaron a usarla para “relajarse”, como narcótico. Más adelante, los griegos revolucionaron su uso, introduciéndola en las orgías dionisiacas cumpliendo una función presuntamente afrodisiaca. Su uso infundía valor en los guerreros y en algunos sitios se entretejió con rituales religiosos y con la espiritualidad misma. La belladona había llegado para quedarse y no le costó abrirse camino hasta el siglo XVI.

Los alquimistas solían utilizarla y tras ellos tomaron el relevo las supuestas brujas. Todo ello desde el oscurantismo, procurando que sus supuestos conocimientos no se filtraran al resto de sociedad, la cual, estaba utilizándola para fines bien distintos. Fue precisamente en aquel momento cuando la droga recibió el nombre con el que la conocemos ahora: belladona. Se habían popularizado sus infusiones como cosmético entre las mujeres. La atropina, uno de los principios activos de la belladona, dilata las pupilas y sonroja la piel, produciendo coloretes naturales. El origen del nombre es precisamente este, del italiano “mujer hermosa”. Hasta entonces se la llamaba atropa, por Átropos, una de las tres Morias que en la mitología griega tejían y cortaban la vida de las personas. Átropos era la última en actuar, la que segaba el hilo, poniéndole fin a la vida de su propietario. Una analogía que nos da pistas sobre el siguiente paso que esta droga dio en la civilización.

Un oscuro giro de los acontecimientos

Por supuesto, por muy popular que fuera, la belladona es una droga, como el tabaco, el alcohol e incluso el café. No todos sus efectos son tan agradables y su consumo excesivo puede llevar incluso a una muerte por sobredosis. De hecho, cuanto más se conocía la sustancia, más casos de muertes por belladona ocurrían, algunos por descuidos, otros no.

Los síntomas son de lo más variados: sequedad de boca, ojos, dilatación y parálisis de las pupilas, pérdida del control muscular, alucinaciones, somnolencia, aumento del ritmo cardíaco y por supuesto, ese enrojecimiento que tan atractivo parecía en su uso cosmético solo que acompañado de una intensa fiebre. Complicaciones que comienzan en unos pocos minutos, pero que para hacerlos desaparecer pueden pasar días.

Otra vuelta de tuerca

Con tan solo 10 bayas en adultos y 2 o 3 en niños puede alcanzarse una sobredosis letal. Tal vez suene altamente peligroso, pero piénsalo. Significa que hay un margen que podemos emplear. Habiendo visto a cuántos órganos afecta, es normal pensar que la belladona pueda tener propiedades interesantes para la medicina, y efectivamente, ese es el caso.

Cuando hablamos de belladona como droga nos referimos a un cóctel de sustancias que se acumulan en distintas concentraciones en sus hojas, tallos, semillas y raíces. Entre ellas hay dos que han llamado la atención de los farmacólogos: la atropina y la escopolamina.

Se trata de dos moléculas capaces de actuar directamente sobre nuestro sistema nervioso autónomo, la red de nervios que regula muchas de las funciones inconscientes de nuestro cuerpo, como los movimientos del tubo digestivo o la contracción del corazón. Normalmente, nos encontramos en un equilibrio entre las dos partes del sistema autónomo, la simpática y la parasimpática. Mientras que la primera nos pone a tono para luchar o salir huyendo, la segunda nos permite relajarnos y dedicarnos a cumplir nuestras funciones vitales básicas. Tanto la escopolamina como la atropina bloquean la activación del sistema parasimpático, lo cual quiere decir que lo inhiben, descompensando el equilibrio y haciendo que venza el simpático.

Ese es el motivo por el que las pulsaciones aumentan y las pupilas se dilatan, permitiendo que entre más luz para prepararnos ante un posible peligro. Solo con esto la sustancia ya parece interesante, pero hay más, porque cumplen una cualidad clave, y es que (en mayor o menor medida) son capaces de atravesar las barreras que separan al encéfalo del resto del cuerpo, como la barrera hematoencefálica. Esto permite que la droga llegue al cerebro actuando de forma centralizada sobre todo el organismo.

Por todos esos motivos, podemos utilizar la atropina para preparar al paciente ante una anestesia, o en caso de cierre de las vías respiratorias, paradas cardiopulmonares y o intoxicación por otras drogas. Y teniendo esto en cuenta, podríamos pensar: si todos estos beneficios ya estaban en la planta, ¿para qué necesitamos que una farmacéutica nos lo venda en pastillas?

La ruleta rusa de la naturaleza

Las mal llamadas medicinas alternativas, que de medicina tienen poco, son un peligro para la salud, y entre ellas se encuentra la fitoterapia, la naturopatía y la herboristería. Aunque tienen sus diferencias, las tres sostienen la falacia de que todo lo natural es mejor y proponen falsos tratamientos a base de plantas. No podemos negar que la belladona en correctas dosis puede tener un efecto positivo sobre el cuerpo, sin embargo ¿quién controla esas cantidades?

Por desgracia, las plantas no son laboratorios llenos de básculas de precisión y micropipetas y la concentración de sustancias en su interior es una verdadera ruleta rusa. Un ejemplo son los pimientos. Su picor depende de la concentración de una molécula llamada capsaicina, la cual, a su vez, se ve influida enormemente por la forma en que hayamos regado a las plantas. La temperatura, los nutrientes, la luz y tantos otros factores que bien podemos llamar “la aleatoriedad” hacen que las concentraciones de sustancias se vuelvan impredecibles.

De hecho, esta impredictibilidad es lo que produce tantas sobredosis por el consumo de setas alucinógenas y el motivo por el que las herboristerías han puesto en riesgo a más de una vida desencadenando, entre otras cosas, fallos hepáticos fulminantes. Cuando una farmacéutica sintetiza un fármaco mide con increíble precisión cuánta cantidad te está suministrando y, por lo tanto, puede asegurarte una minimización de sus efectos secundarios que ninguna tienda de naturopatía honrada te puede prometer.

Por otro lado, en el laboratorio se pueden aislar solo los compuestos que nos interesan de entre todos los que produce la planta. Esto es especialmente importante, porque cuando la belladona comenzó a producir atropina no lo hizo porque le supusiera una ventaja ayudarnos con nuestros problemas cardíacos, lo hizo para contar con un veneno, con el que defenderse, y eso significa que el coctel de sustancias que contienen sus semillas tiene muchas propiedades desagradables que más nos vale evitar.

Así es como la atropina ha viajado con nosotros desde un tormentoso pasado lleno de excesos y descontrol hasta salvarnos la vida en el presente. Dicen que la naturaleza es una farmacia, pero también es una estafa, un camello y un vendedor de venenos. Hemos visto cómo la atropina es mucho más de lo que la naturaleza o la belladona la han hecho. Es lo que nosotros hemos hecho con ella en cada momento de nuestra historia.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Los preparados de hierbas no sustituyen a los verdaderos tratamientos farmacológicos, de hecho, pueden ser contraproducentes, intoxicar a sus consumidores y, en casos extremos, llevarlos a la muerte.
  • Es cierto que los medicamentos reales también tienen efectos secundarios, pero han sido minimizados de tal modo que podemos asegurar que la opción que combina un mayor efecto beneficioso con el menor daño posible.

REFERENCIAS: