Sociedad

Ramón y Cajal eran dos personas y ésta es su increíble historia

Aunque no mucha gente lo sabe, la recurrente broma de que “Ramon y Cajal” eran dos personas tiene un viso de verdad y aquí contamos la historia.

De izquierda a derecha, podemos ver a Pedro Ramón y Cajal y Santiago Ramón y Cajal. Bajo ellos están sus hermanas, Pabla Ramón y Cajal y Jorja Ramón y Cajal.
Revista Serrablo, Marzo 1990, Volumen 20
De izquierda a derecha, podemos ver a Pedro Ramón y Cajal y Santiago Ramón y Cajal. Bajo ellos están sus hermanas, Pabla Ramón y Cajal y Jorja Ramón y Cajal. Revista Serrablo, Marzo 1990, Volumen 20 FOTO: Revista Serrablo Creative Commons

Hoy es el día de los inocentes y mentiría si no reconociera que eso ha afectado al titular de este artículo. En parte es una inocentada aprovechando la conjunción que hay a mitad de los apellidos de nuestro premio Nobel, Santiago Ramón y Cajal. De hecho, no soy el primero que hace la broma de que Ramon y Cajal son dos personas, incluso tres si contamos a Santiago. Tanto se ha abusado del chiste que me genera hasta urticaria, pero aquí hay algo más. No habría estado cómodo engañando a los lectores, ni siquiera en un día como este. Y, precisamente por eso, me alegra aclarar que no hay falsedad en el título, efectivamente, Ramon y Cajal fueron dos personas, aunque tal vez no del modo en que estés pensando.

La clave está en que no fueron Ramón por un lado y Cajal por el otro, sino Santiago y Pedro, ambos Ramon y Cajal de apellido, unidos por eso y por una relación fraternal. Eran hijos de Justo Ramón y Antonia Cajal, igual que lo fueron sus hermanas Pabla y Jorja. La diferencia fue que, en aquellos tiempos más machistas que los presentes, las oportunidades estuvieron del lado de los dos varones, haciendo de ellos reputadísimos médicos y científicos de renombre. Por eso es su historia la que contamos hoy. La del desconocido hermano pequeño, el niño aplicado que huyó de casa para hacerse polizón, el bala perdida que luchó en las américas y el hijo pródigo que volvió a su tierra para revolucionar el estudio del sistema nervioso. El nombre de Pedro se ha perdido en la historia, oculto por la sombra del corpulento Santiago, pero sus aportaciones científicas fueron inolvidables.

De estudiante modelo a polizón a la fuga

Santiago había nacido en 1852, dos años antes que Pedro y, para desgracia de su padre, el primogénito había cosechado la peor de las famas para el apellido “Cajal. En Ayerbe todos conocían al pequeño Santiago por sus travesuras, su falta de respeto a la autoridad y su personalidad poco aplicada en cuanto a los estudios. Choca pensar que, en un momento dado, aquel niño apasionado por la pintura sería forzado por su padre para que estudiara medicina, como él hiciera en el pasado. El muy granuja acabó encontrando la motivación y la mordió con tal ahínco que no volvió a separarse de ella en vida, empujándole a través del mundo académico hasta fundar la neurociencia moderna.

Pedro, en su madurez, llegó a un lugar parecido, pero lo hizo mediante un viaje completamente diferente. Él era el niño modélico, un fuera de serie en la escuela, el que sufría la mala fama de su hermano sin contribuir lo más mínimo a ella. La realidad es que Pedro estaba motivado por un miedo atroz a su padre, porque Justo tenía por costumbre castigar duramente a Santiago, tanto en lo psicológico como en sus huesos. Su estrategia para evitar problemas era ser tan perfecto como pudiera, pero no todo está en nuestras manos y Pedro lo descubrió cuando suspendió por primera vez. Era una asignatura del último curso de bachillerato y, como no podía evitar la furia de su padre estudiando (porque el suspenso ya era un hecho), decidió huir de casa para esquivar la bala.

El joven viajó desde Huesca hasta Burdeos, cubriendo (mayormente a pie) los 400 kilómetros que había entre medias. Allí, con una determinación sorprendente para un adolescente de 17 años que jamás había roto un plato, se coló como polizón en el velero “Queen”, que puso rumbo a Uruguay. Sin embargo, el viaje no fue como Pedro esperaba y pronto le descubrieron. El castigo para los polizones estaba claro, eran tirados al mar y arrastrados bajo la quilla del barco, pasándolos de babor a estribor o viceversa. Los afortunados sobrevivían con la piel hecha jirones, lacerada por los parásitos que acorazaban las maderas del barco. El resto morían ahogados. No sabemos qué pensó Pedro mientras los moluscos violentaban sus carnes, pero sabemos que sobrevivió.

Guerrillero en Uruguay

Las bribonerías de Santiago habían sido un juego de niños en lo literal, pero ahora, comparadas con las de Pedro también lo eran en lo figurado. Y es que, ya en Uruguay y tras esquivar la muerte en alguna que otra ocasión más, decidió enrolarse en la guerrilla de Timoteo Aparicio. Por aquel entonces, Uruguay estaba librando contra sí misma la revolución de las lanzas, que tuvo lugar entre 1870 y 1872. Un conflicto armado entre partidos políticos que libero algunas de las tensiones acumuladas desde tiempos de la dictadura de Veneciano Flores, terminada dos años antes. Aquello de la revolución de las lanzas no era un termino poético, sino que hacía referencia que aquella fue la última contienda donde se empleó la lanza de tucaura, tradicional de Uruguay.

Poco después, en 1873, su hermano Santiago viajaría a Cuba para servir en el frente como médico del ejército. Su estancia sería accidentada y atípica, volviendo a los dos años y contando una historia bien diferente a la de Pedro, que luchó por una patria que no era suya, no en el hospital de campaña, sino lanza en mano. En cualquier caso, ambos sobrevivieron, Santiago con secuelas de la malaria y Pedro con una gran cicatriz en su costado. Era hora de que los Ramón y Cajal volvieran a su tierra. Sin embargo, su motivación fue distinta. Pedro disfrutaba de aquella vida de aventuras, desertando de la guerrilla y retando a duelos con cucharas de madera. Por ambas cosas fue condenado a muerte, y, aunque de la segunda se escabulló fácilmente mientras todavía viajaba en el Queen, la segunda hizo que su vida estuviera en verdadero peligro.

La traición a la guerrilla se pagaba con la vida, y si no hubiera sido porque su compañero de deserción, italiano él, estaba en contacto con su familia, ambos habrían fallecido en ultramar. La familia del italiano consiguió contactar con el consulado y este con su homólogo español en Uruguay. El esfuerzo conjunto de ambas instituciones logró rescatarles sanos y salvos. Pedro había conseguido salvar su vida, pero aquella misma acción, paradójicamente, había dado muerte a sus aventuras. A regañadientes, aceptó volver a la madre patria para reencauzar su vida y retomar la medicina casi una década después de su partida.

El milagro y la neurociencia

Ya volviendo a su hogar, Pedro decidió apearse un momento del tren, aprovechando una de sus paradas, y así rezarle a la Virgen del Pilar. Era un hombre devoto, en parte por convicción y en parte por la cuenta que le traía, pues pocos coquetean tanto con la muerte como lo había hecho él en su viaje; y escudarse en el azar tiene peor prosa que creer en ángeles de la guarda. Creencias que se vieron reforzadas cuando el vagón en el que viajaba explotó, precisamente, mientras él rezaba en tierra, a salvo del desastre.

No sabemos bien cómo le recibió su padre, pero su hermano nos cuenta que Pedro estaba arrepentido, o al menos eso decía. Arrepentido no de sus aventuras, sino de su huida. Sea como fuere, no le costó demasiado volver a los estudios y completarlos con éxito para hacerse ginecólogo. Empezó como médico rural, igual que su padre, pero su dedicación le llevó a obtener una cátedra en la Universidad de Zaragoza. Su trabajo como investigador, de hecho, se centra bastante en este mundo de la anatomía femenina, concretamente en los procesos patológicos, las enfermedades y cómo alteran la estructura de los tejidos. Sin embargo, hubo otra rama en la que destacó incluso más, una apartada de su labor clínica, simplemente motivada por la curiosidad y, en cierto modo, el amor fraternal.

Pedro supo reconocer la importancia del estudio microscópico de las enfermedades, del desarrollo de teorías firmes sobre las que construir la medicina, algo que por aquel entonces no todos los médicos tenían tan claro. Fue por ello por lo que, al igual que su hermano, se volvió un gran experto de la histología y la anatomía patológica, esas disciplinas que estudian la estructura microscópica de tejidos sanos y enfermos. Esto le llevó a investigar el sistema nervioso, como hacía su hermano y, concretamente, a colaborar con él mano a mano. Le facilitaba preparados para observar al microscopio, investigaba satelitalmente para defender las ideas de Santiago con nuevas evidencias y le proporcionaba cimientos teóricos sólidos sobre los que desarrollar esa famosa doctrina neuronal que le valdría el premio Nobel.

Si tuviéramos que simplificar su trabajo, podríamos decir que ayudó a generalizar el conocimiento que Santiago obtuvo sobre el funcionamiento del sistema nervioso en seres humanos. Lo hizo estudiando otras especies de mamíferos, pero, sobre todo, de reptiles, anfibios, peces y otras formas de vida que resultaban dividir sus cerebros y nervios en las mismas unidades funcionales que nosotros, esas neuronas que llamaría Santiago y sin las cuales no podríamos haber llegado a desarrollar la neurociencia que tenemos ahora.

Podríamos seguir enumerando contribuciones, explicando la manera en que descubrió cómo se volvían a ramificaban los remates de las ya ramificadas neuronas o las diferencias que había entre ellas, determinantes para comprender la dirección del impulso eléctrico que transmiten las neuronas. Sin embargo, eso nos obligaría a convertir este artículo en un libro y, por nuestra parte, nos conformamos con haber rendido un humilde homenaje a una de las figuras más importantes y desconocidas de la neurociencia, ya no de España, sino del mundo. Aunque para ello hayamos tenido que jugar con el día de los inocentes.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Digan lo que digan, este artículo no es una inocentada. Lo que se cuenta en él es totalmente cierto y, aunque la figura de Pedro Ramón y Cajal no tenga el peso de la de su hermano, no podemos permitir que la grandeza de unos eclipse la de otros solo porque la comparación entre dos hermanos sea tentadora.

REFERENCIAS (MLA):