Sociedad

La araña incorrupta de la Provenza tiene más de 23 millones de años y brilla

El grado de conservación de una araña fósil fallecida en el oligoceno ha dado pistas sobre cómo surgen estos restos de conservación excepcional

La araña en cuestión con unos campos de observación al microscopio fluorescente superpuestos con el centro de la imagen.
La araña en cuestión con unos campos de observación al microscopio fluorescente superpuestos con el centro de la imagen. FOTO: Anónimo Creative Commons

Durante el confinamiento, Matthew, un estudiante de doctorado de la Universidad de Kansas, estaba analizando el fósil de una araña espectacularmente conservada en roca. Aquel animal había muerto durante el Oligoceno, que se extendió desde hace 34 millones de año hasta hace apenas 23 millones de años, y a pesar de su pequeño tamaño, era bastante fácil distinguir su silueta en la roca, en un color más oscuro que el resto del material. Hay que comprender que no es frecuente encontrar fósiles tan bien conservados, y menos siendo de animales sin huesos ni conchas, cuyas únicas partes duras están formadas mayormente por quitina, como nuestras uñas, y que, por lo tanto, no fosilizan demasiado bien.

No obstante, lo que más sorprendió a Matthew no fue eso, sino que, al observarla con un microscopio fluorescente, su silueta comenzó a brillar. Ahora era incluso más sencillo distinguirla del fondo. Ahora Matthew Downen es doctor y acaba de publicar una investigación donde indaga, junto con otros expertos, en los motivos de la excepcional conservación de aquella dichosa araña. El fósil necesitaba un análisis más en detalle para encontrar alguna otra anomalía y fue entonces cuando Matthew dio con el segundo punto clave de esta historia.

Neumáticos y arañas

Al parecer, los átomos de carbono de la araña (tan indispensables en la química orgánica que nos forma a todos los seres vivos) se habían unido a otros de azufre formando una estructura mucho más estable que la original, como si le pusiéramos contrafuertes a un edificio para que superara los envites del tiempo. Esta unión había formado un polímero negro parecido al alquitrán con el que se cubren las carreteras. El proceso, en cuestión, es muy parecido al que utilizamos para estabilizar el caucho de nuestros neumáticos. Su nombre es “vulcanización” y, aunque en la industria está muy perfeccionado, como vemos, es un proceso natural que consiste a grandísimos rasgos en vincular átomos de azufre al carbono de los neumáticos.

En este caso, en lugar de goma, lo vulcanizado fue el exoesqueleto de quitina que recubre a las arañas y otros artrópodos como los insectos y los miriápodos (ciempiés, milpiés, etc.) No obstante, la historia no había terminado, porque, aunque la estructura de la quitina pueda favorecer la vulcanización bajo la situación adecuada, para que ocurra hacen falta unas condiciones de conservación muy estrictas, entre ellas, la ausencia casi total de oxígeno.

Algas asfixiantes

La otra sorpresa de Matthew vino al encontrar una grandísima cantidad de fósiles de algas microscópicas llamadas “diatomeas”. Y lo curioso no era tanto la cantidad, como lo que estas implicaban, porque podían ser, precisamente, la clave de la excelente conservación del fósil. Estas algas microscópicas suelen producir una sustancia pegajosa con la que cubren. Esta película habría aislado a la araña del oxígeno y de otras condiciones “agresivas” de su medio. Al hacerlo, la ausencia de oxígeno habría facilitado la unión del azufre al carbono, completando a la vulcanización y haciendo mucho más estables los tejidos de la araña.

Esto no significa que las diatomeas sean las únicas responsables de su conservación, pero hemos de tomar consciencia de lo difícil que es que se forme un fósil. Puede que tengamos la sensación de que no es tan complejo porque, a fin de cuentas, los museos están llenos de fósiles, pero piensa en la cantidad de seres vivos que hay ahora mismo sobre el planeta. Ahora imagina todos los que ha habido alguna vez desde que empezó la vida. Si la fosilización fuese frecuente, la tierra debería estar repleta de cadáveres petrificados, como si fuera el inquietante baúl de juguetes de algún niño. Para que se conserven adecuadamente hace falta, por ejemplo, que la temperatura no sea exageradamente alta, que el pH no sea extremo, que no haya mucha actividad bacteriana que pueda degradar los tejidos, etc.

Los fósiles de conservación excepcional, que así se llaman, son los restos de seres vivos que murieron en esas condiciones tan ideales. Normalmente, tejidos que quedaron inmediatamente enterrados en sedimentos con las propiedades químicas adecuadas. Sin embargo, ahora parece que las algas podrían contarnos más de lo que creemos y, tal vez, su presencia en tantos fósiles de conservación excepcional pueda tener algo que ver con esa asombrosa capacidad de sobrevivir al paso del tiempo.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • El confinamiento supuso numerosos cambios para la vida de los científicos. Más allá de la evidente migración de grupos de investigación hacia temas más o menos relacionados con el coronavirus y las pandemias en general, la reclusión les obligó a dejar de lado los trabajos de campo y los experimentos de laboratorio que les permitirían obtener nuevos datos. Hubo que cerrar algunos animalarios y, en general, se paralizaron multitud de investigaciones que no pudieran hacerse desde casa con un ordenador. Por un lado, eso ha supuesto cierto retraso en algunas líneas de investigación, pero, por otro, ha obligado a que los expertos busquen en el baúl de los recuerdos estudios, hechos y muestras del pasado para, ahora, analizarlos bajo otro prisma.

REFERENCIAS (MLA):