La Ley de la confrontación
La norma de Memoria Democrática no persigue, en mi opinión, la dignificación de nadie sino la potenciación de una política frentista
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Tuve la fortuna de no vivir la guerra fratricida de 1936-39, de disfrutar de mi profesión desde 1970, de entusiasmarme con el espíritu de la Transición y de sentir la preocupación de una política sectaria desde 2004 y, de forma muy especial, desde 2018 con la aparición del Gobierno social-comunista con Pedro Sánchez de presidente.

Esta reflexión la compartía con mi amigo Rogelio a propósito de la aprobación del proyecto de Ley de Memoria Democrática, una Norma que no persigue, en mi opinión, la dignificación de nadie sino la potenciación de una política frentista.

Como Pablo Iglesias y demás acólitos se han hartado de proclamar «el cambio de la Historia reciente de España», a lo que añado «la apuesta por la instauración, quizá reinstauración, de las dos Españas», un escenario que, debo reconocer, pensé superado con la Constitución de 1978 y decenios sucesivos.

Me preocupan los políticos, pero me agobia más la ingeniería social para implantar en los españoles un pensamiento único y dogmático. No importa la verdad, se trata, en definitiva, de aprobar «…un texto profundamente nocivo…que confronta y separa a los españoles en buenos y malos...» como reflejaba ayer el editorial de LA RAZÓN. Así es la vida.