El Somme, la batalla del millón de muertos

Fue la ofensiva más mortífera de la Primera Guerra Mundial y solo sirvió para avanzar diez kilómetros después de varios meses de lucha

A los ingleses todavía les cuesta hablar del Somme. En un día como hoy, pero de 1916, los ingleses sufrieron uno de los días más fatídicos de su historia militar. En menos de veinticuatro horas, tuvieron 57.740 bajas, de las cuales, 19,240 murieron, por no contar prisioneros ni desaparecidos. Una tragedia. La fecha más negra en el ejército inglés. No lo supera ni Dunkerque ni Galipolli. Su nombre pertenece a esos mitos sobre los que nadie desea pronunciarse.

A un lado estaban los aliados (británicos y franceses), con alrededor de dos millones de hombres y, enfrente, los alemanes, con un millón. Los números finales todavía resultan escalofriantes: Más de 620.000 bajas entre los primeros y 500.000 entre los segundos. Siempre se la ha conocido como la batalla en la que fallecieron más de un millón de soldados, pero las cifras actuales rebajan la cifra. Lo que se sabe bien es que todo comenzó a las siete y veinte de la mañana, con la explosión de una serie de galerías que se habían excavado y cargado con material explosivo para debilitar las defensas alemanas. La intención del ataque era liberar la presión que padecían las tropas que luchaban en Verdún, donde se libraba el pulso de un combate estremecedor que arrasó los bosques de los alrededores: el fuego y las explosiones quemaron los árboles de las colinas y convirtió el paisaje en un terreno baldío donde los muertos asomaban entre el barro.

El Somme comenzó con un atronador bombardeo de las posiciones alemanas que se había realizado para despejar el avance de la infantería a través del terreno que separaban a los dos ejércitos. La artillería, igual que sucedió años más tarde en Normandía, no resultó efectiva al cien por cien y eso siempre es fatal. Es cierto que destrozaron la segunda línea y que alcanzaron gravemente la tercera, pero, también, que la primera se mantuvo y que ahí los daños fueron menores. Muchos alemanes sobrevivieron al impacto de los obuses. Sobre todo aquellos que lograron refugiarse en los búnker y las áreas mejor preparadas para resguardarse de las bombas, que hacían temblar el suelo y que fueron en parte responsable de una secuela terrible: el temblor que muchos combatientes sufrieron después.

La masacre

En cuanto dejaron de disparar los cañones, los boches (palabra que los franceses empleaban para referirse a los alemanes y que significaba «asno») regresaron a sus posiciones, empuñaron su fusilería y sus ametralladoras y se dispusieron a rechazar el ataque. Los ingleses, confiados, salieron de las trincheras y al paso atravesaron la tierra de nadie. Una locura. Para sus enemigos era como asistir a una feria de pueblo. En cuanto abrieron fuego, comenzaron a caer soldados sin parar. El drama se acentuaba porque los ingleses se habían agrupado en pelotones formados con hombres procedentes todos de las mismas aldeas. El resultado: hubo pueblos que ese día perdieron sus jóvenes. El drama obligó a los generales a revisar el sistema de reclutamiento para impedir que hubiera localidades que se quedaran sin todos sus muchachos en una serie de desgraciadas jornadas.

A pesar de que hubo algunos contingentes que alcanzaron sus objetivos, lo cierto es que eran tan escasos y estaban tan poco preparados para resistir, que apenas se encontraban en situación de retener la posición. Para llegar a su meta habían acarreado con unos equipos pesados, haberse dejado el aliento en una carrera jalonada de hoyos, hondonadas, alambradas, disparos, granadas y fuego de mortero. Los pocos que alcanzaron las líneas enemigas y se apoderaron de ellas, estaban exhaustos, sin fuerzas y sin nadie detrás que los pudiera reemplazar o apoyar para aguantar ningún contraataque. Es justo lo que ocurrió, en cuanto los alemanes se reorganizaron, los ingleses y franceses tuvieron que replegarse. En el camino habían dejado cientos de compañeros sin vida, heridos o mutilados gravemente. ¿Y todo para qué? Para nada. Esa jornada no se conquistaron ni diez metros.

Ni victoria ni derrota

En los días posteriores, los aliados afinaron la puntería y les fue mejor, pero el frente estaba atascado y no se llegaba a ninguna conclusión definitiva: ni a la victoria ni a la derrota. Comenzó a intuirse lo que muchos después han confirmado: que fue un enfrentamiento inútil que los generales se podían haber ahorrado o, al menos, diseñado de una manera distinta. Aquello se convirtió en una masacre por ambos lados a lo largo de las siguientes semanas. Los asaltos se simultaneaban con periodos de inactividad. Entre esas tropas había un escritor famos: J. R. R. Tolkien, que se llevó esa experiencia consigo a casa (sería determinante para la creación de su trilogía «El señor de los anillos).

Mientras tanto, en ese tiempo irrumpieron por primera vez en la historia bélica, los tanques. De hecho, el Somme se conoce, entre otros motivos, por su irrupción. Jamás se había visto algo igual en el campo de batalla. Esas bestias de vientre de hierro asustaron mucho a los alemanes en un principio, pero enseguida se revelaron inútiles e inoperativos, y tenían serias dificultades para superar una serie de obstáculos que los detenían o los dejaban varados. Una desilusión. Su momento todavía no había llegado y tendrían aún que aguardar a posteriores ataques por parte de los aliados para que mostraran su efectividad y se demostrara que podían ser una pieza clave dentro de un ejército.

En medio también se dieron refriegas duras y combates amargos, de los que dejan muy tocados a quienes participan en ellos, como fue el caso del pueblo de Pozières y la granja Mouquet, donde las bajas fueron altísimas. Pero tampoco se resolvió demasiado y lo único que se logró fue aumentar el trabajo de los sanitarios. El Somme dejó un triste balance cuando terminó. Después de varios meses, apenas se lograron ganar diez kilómetros y el precio que se pagó a cambio de ellos fue altísimo. Hay quienes sostienen que fue muy aleccionador, que ayudó a debilitar a los alemanes y que tampoco puede considerarse un fracaso. Los muertos no piensan igual.