La mirada iconoclasta de Koldo Chamorro, el fotógrafo de Cristo

Enmarcada en la celebración de PhotoEspaña 2020, el Museo Lázaro Galdiano rescata la exposición “El Santo Christo Ibérico. Koldo Chamorro”, donde el inconfundible autor ofrece una visión pormenorizada y crítica de la liturgia religiosa durante los últimos años del franquismo

Ofrendas, santeros, apariciones marianas, bendiciones de campos, autos sacramentales, romerías penitenciales, procesiones de Semana Santa, fetichismo religioso y una sombra impenetrable con forma de cruz, larga como un ciprés y oscura como la tripa de un pozo, sobrevolando todos y cada uno de los escenarios elegidos por el ojo ávido y nutritivo del instinto. En las 63 fotografías de Koldo Chamorro que el Museo Lázaro Galdiano ha seleccionado para la elaboración de la muestra “El Santo Christo Ibérico” se puede contemplar la historia de España a través de su litúrgica estela de espinas y rezos. Lejos de adquirir un carácter propagandístico del régimen la obra de este fotógrafo vasco de nervioso mundo interior y creativa forma de mover las manos transitó durante los más de 35 años que duró su carrrera por caminos de identidad, símbolos y raíces. Fue en 1974 cuando comenzó a perfilar las líneas de este trabajo de exploración y profundo análisis social de los usos y disfrutes cristianos de la península ibérica en una época en la que la tierra se preñaba de misterios, las mujeres se vestían de luto y las lágrimas se enredaban en las mejillas de la tradición.

El comisario de la exposición, Clemente Bernad, describe las imágenes de Koldo con la sutileza entregada y oportuna del que observa con admiración: “No son balas de fogueo, sino cargas de profundidad que golpean bajo nuestra línea de flotación y consiguen desestabilizarnos e inquietarnos profundamente. Imágenes nada evidentes que juegan con nosotros y que no se agotan en una primera lectura, algo tan habitual en tiempos de fast-food visual en los que se busca satisfacer con rapidez los estómagos más mediocres. Están muy elaboradas y se sostienen en una cuidadosa escenografía y en una calculada composición que, más que buscar una confrontación con el caos, pretende expresarlo con eficiencia”. El desasosiego brota con relativa facilidad tras la contemplación de imágenes que van más allá del retrato puramente ornamental o estético. Los diferentes festejos religiosos, los distintos rincones rurales de la España vaciada, olvidada y anquilosada que figuran en las imágenes situados en Navarra, Zamora, Salamanca, Huelva e incluso urbes como Madrid son capaces de plantear cuestiones tan crípticas como el hundimiento de las raíces de la religiosidad en aspectos mucho más diversos relacionados con la identidad social y la psique.

La producción de Koldo no siempre estuvo marcada por un cariz espiritual, pero sí primitivo, físico e intuitivo. Antes de que asumiera “El Santo Christo Ibérico” como su particular “tránsito a la madurez creativa”, el artista vasco se contagió en los inicios de su andadura profesional de las corrientes fotográficas europeas y norteamericanas que encabezaban perfiles como Cartier-Bresson, William Eugene Smith, de quien le gustaba presumir que llegó a conocer de niño cuando en 1954 realizó el ensayo fotográfico sobre el doctor Albert Schweitzer en Lambaréné (Gabón) o Josef Koudelka con el que coincidió en la década de los setenta cuando el judío deambulaba por Europa tras haberse exiliado de Checoslovaquia. Arriesgados ejercicios de introspección, enfoques callejeros, discursos narrativos eminentemente documentales, composiciones sociales y tintes de orfebrería visual se fueron instalando de manera progresiva en la concepción artística del fotógrafo hasta entroncar de manera directa con una pléyade de compañeros de oficio formada por Fernando Herráez, Cristina García Rodero, Cristóbal Hara y Ramón Zabalza, que fueron bautizados por el comisario Alejandro Castellote como “Los cinco jinetes del Apocalipsis”.

La incidencia del contexto histórico condiciona la forma de mirar de Koldo y termina resultando crucial para comprender la síntesis de sus creaciones. A pesar de la significativa influencia que una figura como Koudelka ejercició ya no solo sobre el propio Chamorro, sino sobre el resto de jinetes, pronto entendieron que su labor tenía que distanciarse de la frivolidad estética del turista que por aquel entonces era capaz de encontrar un cuestionable exotismo en la España profunda y franquista que existía. Había que hundir las manos en el suelo. Sumergirse en la imaginería nacional. Explorar las huellas de lo religioso en circunstancias cotidianas, en situaciones inesperadas. Desequilibrarse con la relación de los cuerpos y las cruces. Y es en ese momento de búsqueda de estilo cuando el fotógrafo decide involucrarse en la construcción del proyecto que ahora recoge el Museo Lázaro Galdiano.

Afirma Bernard que a Koldo le encantaba una narración de Plinio el Viejo sobre el origen de la pintura en la que una joven traza en la pared el contorno de la sombra de su amado antes de despedirse de él, para no olvidarlo. “Se reconocía en esos trazos porque dicha representación nace precisamente de la ausencia, pero contiene la capacidad de generar cuerpo y volumen, superando esa limitación de nacimiento, algo a lo que él dedicó toda su vida. Por eso sus imágenes están cuajadas de sombras, que no solo nos hablan de un lugar concreto en el mundo en el que la luz del sol es determinante, sino que también lo hacen de aquello que queda fuera del cuadro”, subraya. Algo de ausencia, de olvido y de fantasmagórico hay en las fotografías que vertebran la muestra. De poema visual y de arriesgado juego.

Diez años después de la muerte del fotógrafo, parte de la compilación icónica de recuerdos y sombras de “El Santo Christo Ibérico” (hay un total de 1.200 imágenes que forman parte del trabajo completo) aterriza de forma gratuita en la capital como un gran proyecto monográfico de los distintos aspectos de las liturgias y manifestaciones religiosas propias de la península ibérica. Pero sobretodo como una magnífica concentración estética de redenciones y belleza en donde las imágenes nos interrogan “reencarnadas y dispuestas no a allanar territorios donde sentirnos más cómodos, sino a enrarecer el ambiente y a preguntarnos una y otra vez qué demonios hacemos aquí y qué quedará de nosotros tras este tránsito terreno”.