Impulsos sexuales hacia un dictador como Videla

El escritor Martín Kohan propone de nuevo un relato, "Confesión", sobre la historia reciente de Argentina

La historia argentina, y en especial la historia argentina reciente (mejor dicho: los años de la dictadura cívico-militar que gobernó el país entre 1976 y 1983), es siempre la fuente de la que se nutre Martín Kohan para componer su obra. Ya lo hizo, allá lejos y hace tiempo, con “Dos veces junio”, uno de sus primeros libros, donde un partido disputado durante el Mundial de Fútbol de 1978 marca el contexto del relato, y vuelve a hacerlo ahora con “Confesión”, una novela breve cuyo trasfondo, claro, es el terror que se vivía y con el que se convivía en aquella época.

Dividida en tres partes, en tres relatos que dan forma a una misma historia, “Confesión” se abre con una confesión sacramental. Es el año 1941 y en Mercedes, una de las ciudades más antiguas de la provincia de Buenos Aires, una chica que está entrando en la adolescencia le cuenta al padre Suñé lo que siente sexualmente cuando ve pasar cada día bajo su ventana, o cuando lo encuentra en la misa, a un joven alto, parco, impoluto. Un joven que pronto entrará en el Ejército, que se llama Jorge Rafael Videla y que, en marzo de 1976, se convertirá en el primer presidente de la Junta Militar.

En la segunda parte, ese mismo joven, ahora presidente del país, es el blanco elegido por unos jóvenes revolucionarios pertenecientes al ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo), quienes en 1977 planificaron un atentado contra Videla en el aeroparque de Buenos Aires y que, por fallos y errores, no se produjo: las bombas destinadas a hacer estallar el avión presidencial no fueron detonadas o lo fueron, en todo caso, a destiempo. La tercera parte, por último, muestra a una anciana –la adolescente que tenía deseos inconfesables con Videla– que juega una partida de truco (un juego de cartas que tiene que ver con el arte de la mentira) con su nieto, que la visita a menudo en la residencia donde vive y a quien le cuenta, o le confiesa, mientras dura el juego, lo que le ocurrió a su hijo, el padre del narrador.

“Confesión” es una novela por momentos desgarradora y, por momentos, también es una novela glacial, porque lo que ofrece no es un testimonio sentimental, sino una confesión cruda, directa, de aquello que siempre estuvo ahí (que sigue estando ahí) y no puede decirse. Las tres historias, en ese sentido, aunque distantes en el tiempo y en el espacio, se refieren a lo mismo: al dolor, a la culpa, pero también a otra cosa: a la fascinación (una fascinación relacionada con lo sexual) que a veces produce el horror y que se encuentra, quizás, en el germen de todas las historias.