El verano musical del covid

Ha sido el estío más complicado que se ha vivido en esta industria, incluyendo el género clásico y la ópera

Sí, ha sido el verano musical más complicado que hemos vivido y lo peor es que no sabemos ni cuándo ni cómo saldremos del hoyo. Repasemos algunas de las cosas acaecidas. Empezamos sin poder asistir a conciertos y nos tuvimos que contentar con los streamings. Curioso fenómeno que la pandemia ha impulsado por encima incluso de los objetivos de Apple, Microsoft y otras plataformas virtuales. Una de las primeras amarguras de este procedimiento la vivimos cuando Jonas Kaufmann cantó «Dichterliebe» desde una Ópera de Munich totalmente vacía. Al terminar hubo de expresar lo mismo que sentimos los espectadores: «Esto no es un concierto». No fue raro que Joyce DiDonato acabase llorando en su camerino al terminar su concierto en El Escorial. Por cierto, Kaufmann ha sido el artista ganador de la pandemia, con numerosas actuaciones y nuevos discos. Por eso supo a muy poco los 5.000 euros que donó a los cantantes líricos alemanes con problemas. No solo los alemanes, todos los artistas se han encontrado en el paro y sin ERTES, sobreviviendo como pueden. Y no solo los artistas, también sus agentes. La emblemática Columbia ha cerrado y otros están con el agua al cuello, al igual que el resto de instituciones musicales: teatros, auditorios, revistas, etc. Baste apuntar el ejemplo del mítico Met, que suspendió de empleo al coro y la orquesta, redujo la plantilla de su departamento de administración, su director renunció a su sueldo y presentó una campaña de donaciones para recaudar fondos y frenar los calculados 60 millones de dólares en pérdidas. Sus célebres murales de Chagall son garantía de pago de las deudas. Plácido Domingo resucitó (según palabras de Rubén Amón), pero también Levine, Gatti, Kuhn y algún otro. La Prensa ha apodado a Italia como «Refugium peccatorum». Curioso que en cuatro primerísimos teatros de allí –Milán, Nápoles, Florencia y Torino– manden extranjeros. Impresentable la corrupción que se ha extendido por la lírica italiana, con varias investigaciones procesales a intendentes y agentes artísticos. Gran parte de los festivales fueron cancelados y el resto quisieron simplemente mantener presencia mediática, salvo excepciones como aquí Granada, un milagro que no pudo conseguir Salzburgo en su centenario, presentando una penosa «Elektra». Si los atriles de las orquestas se han tenido que separar tanto como para hacer inviable buena parte del repertorio post romántico, aún peor ha sido el caso de los coros. Inconcebible cantar con mascarilla, todavía peor que asistir con ella como espectador. El Real vivió su apuesta por «Traviata» como una reivindicación admirable, pero lo que se dice arte no lo era. Teresa Berganza y yo la vimos juntos por TV y desconectamos en el descanso. Veremos cómo se resuelve «Ballo in maschera». Queda mucho por contar, como la inanición de algún ministro de Cultura ante la crisis, pero tiempo habrá para ocuparnos de ello.