Crítica de “Una ventana al mar”: Hacia el amor infinito ★★★✩✩

Director: Miguel Ángel Jiménez. Guión: Luis Gamboa, M. Á. Jiménez y Luis Moya. Intérpretes: Emma Suárez, Akilas Karazisis, Gaizka Ugarte. España, 2019. Duración: 105 minutos. Drama.

Suena el coro, una mujer se dobla sobre sí misma y cae al suelo. Recuerda a Kieslowski, a su debilidad por la comunión entre música y dolor, entre música clásica estridente y vida, duplicidad o muerte. María, una funcionaria vasca de 55 años, tiene cáncer, y de pronto comienza a girar, como siempre, la maldita ruleta, las sesiones de quimioterapia, las miradas piadosas y esa obstinación tan triste y humana por negar la evidencia. A pesar de la tremenda noticia y de la oposición familiar, ella decide hacer un viaje a Grecia ya planeado con sus dos mejores amigas, y allí recala María, en la isla de Nisyros, donde decide quedarse más días de los pactados aunque en casa le espere el tratamiento para el tumor.

La de Miguel Ángel Jiménez es una película sobre la nuca, los hombros oscilantes y los ojos de Emma Suárez, lo mejor del filme, sobre la firmeza de una actriz que parece envejecer cada cinco, diez años, una firmeza que recuerda a la de esas rocas milenarias donde María apoya la espalda mientras mira a Stefanos (Akilas Karafisis, todo rudeza y silencio), el adusto pescador de esponjas marinas que bebe demasiado, y piensa que, quizá después de todo, algo mereció la pena porque acaba de toparse en el tiempo de descuento con la última, con la más hermosa historia de amor de su existencia, la misma que se va apagando.

Escenas como la del baile entre ambos protagonistas durante una boda (no podía faltar hablando del país heleno, la verdad es que algún estereotipo se le escapó al cineasta), o la lacerante despedida de una madre y su hijo al que sabe no verá más en este mundo aporta a la cinta la dosis adecuada de tragedia sin rozar el melodrama, y, también, cierta esperanza, porque existen muchos tipos de despedidas aunque todas contengan la palabra más penosa del mundo. Adiós.

Lo mejor: Emma Suárez, capaz de cargar a su personaje con el justo peso de dolor y miedo sin estridencias

Lo peor: El saber cómo acaba la película, aunque sin melodramas, le dolerá a muchos espectadores