La batalla de los 20.000 muertos

La batalla del Ebro fue el enfrentamiento más duro de la Guerra Civil española

Cuando el Ejército del Ebro pasó el río, en el que sería el último intento de cambiar el signo de la Guerra Civil en favor de la República, dio comienzo la batalla más prolongada, de mayores dimensiones y más mortífera de toda la contienda.

Aludida en ocasiones con la expresiva denominación de “la batalla de los cien días”, se extendió de forma precisa entre el 25 de julio y el 16 de noviembre de 1938, fecha en la que la última unidad republicana, la XIII Brigada Internacional, regresó a su punto de partida más allá del Ebro. En conjunto, superó en extensión a cualquiera de las principales operaciones militares de la guerra, sobrepasando en duración a los intentos de 1936 de tomar Madrid por asalto por parte de los sublevados, a las largas campañas de Vizcaya y Asturias de 1937 y a la no menos relevante batalla de Teruel, concluida ya entrado el año 1938. Fue la firme determinación por parte de ambos bandos de asumir una campaña de desgaste la que propició una batalla tan dilatada. Para el Ejército Popular, mantenerse firme en el tiempo era una baza estratégica ante su retaguardia y ante el mundo, y para Franco la batalla planteada era una ocasión propicia para desgastar a un enemigo con escasos recursos como para reponer las pérdidas.

El hecho de que, además, el campo de batalla se redujera a una porción relativamente limitada de territorio –en torno a unos 800 km2– poco propicio para la maniobra, añadió intensidad a los combates. Un espacio concentrado que ambos ejércitos fueron alimentando de hombres y de material a lo largo de más de tres meses hasta convertir al Ebro en la batalla de mayores proporciones librada en España en toda su historia. El número total de combatientes involucrado solo puede estimarse de una forma bastante general. Buena parte de los autores dan por válida una cifra global de 250 000 hombres repartidos a partes iguales, aproximadamente, entre ambos bandos. Al comienzo de la ofensiva, el Ejército del Ebro lanzó una masa de maniobra de unos 100 000 efectivos contra un sector del frente defendido por 40 000 combatientes. Estos datos indican que el ataque se ejecutó contra un sector relativamente desguarnecido del frente, pero también permiten calibrar –y esto nos interesa más– el volumen de los contingentes que se desplazaron al Ebro en fechas sucesivas hasta alcanzar el cuarto de millón de hombres.

Sin embargo, a aquellas alturas de la guerra, este esfuerzo humano no tenía el mismo coste para ambas partes. Es ilustrativo que para la ofensiva la República tuvo que movilizar a los reemplazos de 1923 a 1926 y a los reservistas de 1919 a 1921; es decir, varones en los márgenes de una horquilla de entre dieciocho y cuarenta años. Así, en ambas trincheras, unidos jóvenes y viejos bisoños con veteranos, se conformó una constelación de experiencias vitales, grados de moral y capacidad de combate verdaderamente heterogénea.

Y con ello, un irrecuperable coste humano. Las cifras totales de bajas son tan difíciles de precisar como las de efectivos implicados. Con las debidas reservas, varios autores apuntan a 60 000 en el bando sublevado y 75 000 en el republicano. De entre ellos, en conjunto, se puede hablar de 20 000 muertos, aunque determinadas fuentes apuntan más alto. La proporción de fallecidos entre el total de bajas y de estas con respecto a las fuerzas implicadas es indicador de la magnitud y violencia del choque.

La gran batalla de la Guerra Civil –y la más trágica en términos humanos– fue además la última que se libró en condiciones de un mínimo equilibro. El Ebro marcó el inicio del último acto de la contienda, que no obstante se prolongaría otros cien días más.

“1938. La batalla del Ebro”

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