No hay peor sordo que el que no quiere oír

Fuentes Reta sube al escenario «Tribus», un texto en el que la autora británica Nina Raine habla de la incomunicación

De izda. a dcha., Enric Benavent, Marcos Pereira y Laura Toledo; en el suelo, Jorge MurielmarcosGpuntoCDN

Puede que el gran público escuche el nombre de Nina Raine y se quede igual, pero citar a la dramaturga británica son palabras mayores. Como dato, la última vez que se programó un texto suyo en España, «Consentimiento», la directora de aquel montaje, Magüi Mira, terminó alzándose con el Premio Valle-Inclán, que no es poco. Reconocimiento que la valenciana sigue ostentando después de que este año, por cuestiones pandémicas, no se celebrara la edición de 2020. Haciendo bueno el nombre del galardón, la función se estrenó en el Teatro Valle-Inclán de Lavapiés, donde repite Raine en esta ocasión, aunque con otro texto, «Tribus», y otro director, Julián Fuentes Reta, un tipo que también triunfó en su última visita a la capital, hace un año, con «Las cosas que sé que son verdad», del australiano Andrew Bovell.

Con esta carta de presentación tan rimbombante llega la pieza de Raine para hablar de lo que ella mejor sabe hacer: poner encima del escenario temas de contenido social y de la vida cotidiana. Es la constante de una autora que invita directamente al debate y a la reflexión. Para «Tribus», la inspiración llegó gracias a un documental sobre una pareja de sordos que estaban esperando un hijo y deseaban que fuera, también, sordo: «Me llamó la atención la idea de que esto era realmente lo que muchas personas sienten, sordas o no. Los padres disfrutan mucho al presenciar las cualidades que han logrado transmitir a sus hijos, y no solo un conjunto de genes, sino valores, creencias. Incluso un idioma en particular», explica Raine.

La familia se convierte entonces en una tribu de lucha interna, pero intensamente leal. Al conocer el entorno de los judíos ortodoxos de Nueva York, Nina pensó que, «al igual que algunas religiones pueden parecer dispares para los no creyentes, los rituales y jerarquías de una familia pueden parecer absurdos para un extraño». Durante el proceso de documentación y aprendizaje, la autora también estudió nociones del lenguaje de signos y reflexionó en la manera que tenemos de expresar nuestra personalidad a través de la forma en la que hablamos.

Al mismo tiempo, se basó en su entorno, en su propia familia, con sus excentricidades, reglas, bromas y castigos, y reflexionando sobre ello se planteó qué pasaría si alguien en su familia hubiera nacido sordo. Unas preguntas que se removieron en su cabeza para formar «Tribus»: «Todo lo que sabía era que al principio nos veríamos inmersos en una cena familiar. La primera escena fue fácil de escribir. Lo hice sin tener idea de los nombres de los personajes, o de cuántos hermanos había. Pero, curiosamente, es una de las escenas que apenas ha cambiado. Se quedó allí mucho tiempo». Más adelante retomaría la historia de esa «familia loca», dice Raine. «Ya solo tenía que averiguar qué les había pasado».

Así se fraguó una pieza que sube a las tablas a una familia de clase media-alta e intelectual que tiene tres hijos que regresan a casa. El pequeño, Guille, es sordo y se comunica leyendo los labios porque en su casa no eran partidarios de usar el lenguaje de los signos, entre otras cosas, para no integrarlo en una minoría. Aunque todo cambia cuando Guille (Marcos Pereira) conoce a Silvia (Ángela Ibáñez), una joven igualmente sorda que le introduce en esa comunidad y en el aprendizaje de los signos.

La sordera, añade Fuentes Reta, «es una especie de metáfora para hablar de la incomunicación» más allá del caso concreto. El aislamiento «podría existir entre una persona que habla inglés y otra que se expresa en alemán o en idiomas más alejados, pero aun así no sería tan claro como la metáfora que plantea la autora –continúa el director–. Es una obra hecha para que los oyentes entendamos muchas cosas sobre el mundo de las personas sordas», expone de una pieza que ha introducido a personas sordas en el propio proyecto. Lo recuerda Ángela Ibáñez, que resalta «que lo importante de esta obra no es que parte de los actores sean sordos o que esté dirigida a seres con discapacidad, sino que está pensada para todo tipo de personas y que sobre todo habla de la falta de comunicación».

«Es muy fácil que la sociedad se olvide de que hay individuos diferentes porque somos nosotros los que siempre estamos adaptándonos –añade Ibáñez, sorda–, y eso da lugar a que nos traten como si fuéramos “normales”. Nosotros somos sordos, no oímos y nunca vamos a oír igual que un oyente, pero nos educan tanto en la lectura labial y en “oír” con los implantes coclear o audífonos para alcanzar un ideal de oyente/parlante. Cuando hacemos las cosas cotidianas nos sentimos responsables de tener que hacerlas como los oyentes, pero nunca vamos a poder alcanzar ese ideal. Eso nos lleva a un estado de frustración continua, pues, por mucho que lo intentemos, nunca vamos a ser oyentes», cierra la actriz.

«Tribus», en fin, reflexiona sobre la idea de familia como un grupo que transmite valores y sistemas de creencias de una generación a otra. Y también sobre cómo las personas tienen problemas para encontrar su propia voz. Otra de las vertientes temáticas gira en torno a la comunidad de sordos y sus reivindicaciones para crear un paralelismo con una sociedad con dificultades de comunicación. Con ello se plantea lo complejo que es aceptar socialmente la diversidad funcional, a la vez que se examina el tópico de una familia disfuncional desde la falta de entendimiento. Nos habla de cómo aceptar al otro teniendo en cuenta que sin la empatía que requiere una relación no se puede producir un buen intercambio.

Dónde: Teatro Valle-Inclán, Madrid.
Cuándo: hasta el 27 de diciembre.
Cuánto: 20 y 25 euros