«Vietnam olía a mierda quemada»

El libro recoge las historias que presenciaron soldados que participaron en el conflicto y cuentan cómo vivían, morían y trataban a los prisioneros

En marzo de 1965, el fotógrafo Horst Faas tomó esta imagen de una ofensiva americana
En marzo de 1965, el fotógrafo Horst Faas tomó esta imagen de una ofensiva americanaHORST FAASAP

«Seguí moviendo cadáveres y, al final, dejé de vomitar, pero la situación no era para tirar cohetes. Cuando se dieron cuenta de que llevaba un rato sin vomitar, me dejaron descansar diez minutos. Seguían riéndose y cachondeándose. Le encontraban la gracia a cualquier mierda. Después, me ordenaron patear un cadáver en la cabeza hasta que se le salieran los sesos por el otro lado (…). Joder. Cuando me di cuenta de lo que estaba haciendo pensé que me iba a morir, en serio, pensé que me moría». Vietnam. Muchos soldados ni siquiera sabían que ese nombre era un país. Solo eran chavales de dieciocho o diecinueve años. Infantería que hacía la instrucción en Hawái o en alguna otra isla del pacífico. Para ellos la vida era rock & roll, chicas, playas, disparar rifles y ejercicio físico. Para muchos era mejor que pudrirse en unos pueblos donde no tenían futuro. Otros traían detrás historias familiares que no las envidiaría ni el mismo Oliver Twist. Algunos recuerdan que en Okinawa, ir a ese lugar lo llamaban «bajarse al sur». Toda una aventura. Uno de ellos cuenta cómo fue a parar allí: «Cuando empezó la guerra, mi viejo me dijo: " Ve. Aprenderás, te harás un hombre “. ¡Joder! Si mis viejos hubieran tenido que mandar al caniche a la guerra, habrían llorado más». Otro relata: «Cuando llegamos al campo de entrenamiento, nos pidieron que escribiéramos por qué nos habíamos unido a los marines. Yo puse: para matar, porque, joder, eso era básicamente lo que quería hacer. Pero tampoco es que quisiera matar a todo el mundo, yo solo quería cargarme a los malos».

Así eran. Tipos que venían de las cunetas de la civilización. Muchachos licenciados y aburridos de recibir clases. Chavales con la cabeza imbuida de ingenuidad y que quizá habían visto demasiadas películas de John Wayne. Algunos representaban a los americanos perfectos. Tenían éxito en el instituto, en el deporte y con las chicas. Eran hasta guapos. Pero decidieron defender sus ideales. Quisieron ir a la guerra. Ir a Vietnam. Y fueron. Sus testimonios los reúne ahora Mark Baker en «Nam» (editorial Contra), un libro que cuenta cómo fue esa guerra, a qué olía, que sensaciones dejaba. Todo un testimonio de una generación de soldados que llegaron con la idea de que iban a divertirse, que iban a dar una paliza a los villanos. Pero aquello no tenía nada que ver. Enseguida se dieron cuenta de que eso no iba como habían pensado. Desde el principio: «Cuando se abrieron las puertas, me llegó el olor a Vietnam. ¿Qué haces cuando tienes quinientos mil hombres y no hay alcantarillado? ¿Dónde metes toda la mierda que cagan? La solución que se les ocurrió y luego llevársela a algún sitio, empaparla en gasolina y prenderle fuego. El pobre desgraciado que metiera la pata hoy se encargaría al día siguiente de remover la mierda, para asegurarse de que ardiese bien. A mediodía, cuando se llevaban a cabo estos asuntos, el olor a mierda quemada era increíble».

Soldados durante el conflicto en Vietnam

A partir de ahí todo era brutalidad. Nada se parecía a lo que les habían contado en los campos de entrenamiento. Un recluta, al llegar al campamento se puso el uniforme de combate que le ofrecieron. Luego un compañero le preguntó que qué hacía: se había equivocado de mostrador y se había equipado con la ropa de los cadáveres. Otros recuerdan que en los campamentos no les dejaban las armas. Estaban cansados de que se mataran por fingir duelos de vaqueros. Una vida aburrida, salvo cuando te exponías a morir. El resto eran tragaperras, cerveza y las muchachas que pillaban por ahí. Algunos mataban el aburrimiento lanzando cuchillos contra las puertas. Cuando salían de patrulla, no tenían ni idea de contra quiénes disparaban y pronto aprendieron a desconfiar de los sargentos que miraban los mapas con lupa y compás. Después sobrevenía el combate. Y la cosa cambiaba: «Tienes tanto miedo que se te arruga el ano. Tal cual: el agujero del culo se te arruga, literalmente, es como si se te metiera para dentro. Es una reacción involuntaria», cuenta uno. Otro explica su experiencia cuando el vietcong los pilló desprevenidos en un descanso: «El Vietcong entró acribillando a tiros el barracón, pero pensaron que yo estaba tieso y se marcharon. Yo seguí allí tirado, haciéndome el muerto». Recuerda que el suelo estaba lleno de sangre, la de sus compañeros, y que permaneció quieto hasta que reaparecieron los suyos. Los «charlie» estuvieron un rato merodeando a su alrededor. El resto eran disparos, explosiones de granadas o de morteros y el sonido de los helicópteros.

Prisioneros y heridos

Los heridos eran trasladados al hospital. Muchos dejan constancia de la impresión que les causó. Más que personas, los hombres allí parecían chatarra. «Me ingresaron durante un mes en el hospital de Guam. Allí veíamos dos películas al día. Había un montón de pilotos sin piernas. Y, si las tenían, eran como ramitas chamuscadas. Yo me iba sacando trozos de metralla de la cabeza. Se quedan entre el hueso y la piel; todavía tengo algunos. Al finalizar el mes, volví al frente».

Esa era la vida corriente allí. Jungla, sudor, fumeteo, drogas y caminatas con mochilas que a muchos los vencía. Allí no había segundas oportunidades. Nadie podía quedarse atrás. Nadie podía fallar al que tenía al lado. No se podían cometer errores. Algunos novatos le habían costado la vida a pelotones enteros por «entrar en pánico» y no mantener el control. El resto era lo habitual. Almorzar con bombardeos y acostumbrarse al ruido de las explosiones, como si fuera un ruido más de la selva, habituarse a la humedad, a la ropa húmeda, al olor de los cuerpos y a la falta de privacidad. Al dormir, por supuesto, existían reglas. Muchos no conocían la principal y después se arrepentían. Creían que aquello que contaban era una tontería. ¿Para qué ponerte el casco sobre la cara y arroparte todo el cuerpo con la manta? Así no se puede conciliar el sueño. Algunos descubrieron la razón demasiado tarde: cuando las ratas les habían arrancado de un mordisco la mitad de la cara y se los tenían que llevar desfigurados. Y eso era lo mínimo. Lo segundo era que tuvieras suerte y que no te hubiera contagiado la rabia.

Luego estaban los prisioneros. Ahí es donde muchos descubrían que no existía la humanidad. «Cuando oigo hablar de prisioneros y cosas así, no tengo ni idea de a qué se refieren. Nosotros no hacíamos esas tonterías. Les disparaba y listo. Los ponías de pie contra la pared, les apuntabas bien cerca de la cabeza y les decías: «¡Habla o aprieto el gatillo!». También podías agarrar a la mujer o a la hija del tío y follártela delante de él, y así se le soltaba la lengua. Si ni por esas hablaba, le pegabas un tiro a la mujer, y luego a él. Quitar una vida no significaba nada. Era lo normal». La filosofía era esa: «Que muriera un americano sí que era una pérdida, pero matar a un vietnamita era como pisar una cucaracha».