Los visigodos, “el pueblo que asesinó a Roma”, reciben el Premio Edhasa de novela histórica

El historiador asegura que “a los visigodos los han manipulado desde el siglo XVIII”

José Soto Chica, durante una visita al Parque Arqueológico de Recópolis, en Zorita de los Canes, Guadalajara
José Soto Chica, durante una visita al Parque Arqueológico de Recópolis, en Zorita de los Canes, GuadalajaraJesus G feriaLa Razón

El historiador José Soto Chica, profesor de la universidad de Granada, especializado en el imperio de Bizancio, autor de «Imperios y bárbaros» (Desperta Ferro), ha ganado el IV Premio de novela histórica de la editorial Edhasa con su libro «El dios que habita la espada», una obra ambientada en la época visigoda que relata conocidos capítulos del pasado y recrea con amenidad el pulso de ese periodo. La obra no solo muestra las batallas y las intrigas cotidianas que manejaban los hilos del poder de aquellos reyes y nobles, sino que también muestra cómo vivían, sentían y pensaban sus gentes. Lo hace a través de una galería de protagonistas inolvidables. «A los ocho años tuve mi primer libro de esta editorial. Es increíble. La historia no es una forma de vida. La mayor parte del día la paso en otros siglos», bromeó ayer al conocer el fallo de la editorial.

El argumento «está a caballo del mundo romano y una edad media que no se ha conformado». Está centrado en la familia de Leovigildo, el fundador del reino de Toledo, que después los musulmanes y los cristianos reivindicarían para asentar su propia legitimidad. «Leovigildo es un genio militar, capaz de construir de la nada una administración y una cultura. Pero este logro se conjuga con un fracaso personal. Por ambición deja de lado a su mujer, Goswintha, que es una reina ambiciosa, que también desea gobernar. Esta unión de conveniencia es muy curiosa y me parece de una enorme vigencia y modernidad», reconoce José Soto Chica. Pero él lleva la trama un paso más allá y relata también las desavenencias que se produjeron con sus hijos, Hermenegildo y Recaredo, que tampoco se llevaban muy bien. «Aquí nada es completamente blanco o negro. Aquí existe una enorme zona gris, que es donde se mueven todos estos nombres. Nadie es bueno o malo al cien por cien».

José Soto Chica hace más de un año publicó «Visigodos. Hijos de un dios furioso» (Desperta Ferro). Una exhaustiva monografía histórica centrada en los avatares políticos y culturales de este periodo. Reivindicaba las aportaciones de este pueblo y resaltaba su contribución al conjunto de Europa, no solo a España. Un libro que despejaba las brumas que siempre ha habido alrededor de los visigodos, que nunca han gozado de demasiada buena fama, como él mismo admite: «Ellos fueron los que humillaron a Roma. Estos bárbaros, que llegaron del norte, saquearon Roma. Son los asesinos de un mundo que todavía todos admiramos. Los visigodos son los malos, los que debilitan ese imperio y lo mata».

Manipulados

Pero Soto Chica también remarca otro factor crucial: «La historia es muy golosa para los políticos. No hay nada más peligroso que un político que no sabe de historia. A los visigodos los han manipulado desde el siglo XVIII porque han sido fuente de legitimidad para las culturas posteriores. Todos han querido acercarse a ellos durante los vaivenes políticos. Los visigodos pasaban del estrellato más asombroso al olvido más absurdo. Pero la realidad es que la edad media no se puede entender sin ellos. Tampoco la de Europa occidental, porque Francia también fue parte del reino visigodo, y en ellos está el origen de la marca hispánica y de los condados catalanes».

Soto Chica sólo se ha tomado dos licencias en esta novela. Como historiador y especialista en este mundo, ha evitado introducir anacronismos, ideas imposibles y veleidades de otras centurias. Ha sido estricto. Lo suyo no ha sido únicamente la reconstrucción de unos siglos y de unos sucesos, sino también de la mentalidad que imperaba en aquellos hombres y mujeres, y que las fuentes recogen, como la costumbre de matarse entre ellos. «Este morbo de asesinarse entre ellos lo tenían todos pueblos bárbaros, también los francos. Pero los godos eran un pueblo violento. Su Dios es una espada que clavaban en la tierra. Es un pueblo que derramó su sangre por toda Europa, que asentaba su hegemonía en que era una casta guerrera. Resultaron siempre difíciles de gobernar. El problema para los reyes es que ellos eran levantiscos. Cada vez que surgía un poder, saltaba su trono. Esta era su gran debilidad: nunca consiguieron establecer una sucesión. La conjura formaba parte de su vida cotidiana».

Soto Chica, con esta novela, también rompe tabús y tópicos. No era aquel un mundo incomunicado. Al contrario, las conjuras en ocasiones se trasladaban de Toledo a Bizancio o París, como asoma en estas páginas. Pero, como acierta a apuntar, es también un universo con un poso aventurero, con asesinos que encarnan monjes armados con cuchillos de filo envenenado y en el que se reparten pócimas que dejan a los gobernantes imposiblitados para el gobierno.