¿Dónde están las bombas de Palomares?

De los cuatro proyectiles que cayeron en la localidad almeriense hubo dos que no esparcieron su contenido por el campo y, tras recuperarlos, ahora son visibles en un museo

La Guardia Civil y los vecinos de Palomares ayudaron al Ejército de EE UU en la limpieza de la zona tras el accidente del 17 de enero de 1966
La Guardia Civil y los vecinos de Palomares ayudaron al Ejército de EE UU en la limpieza de la zona tras el accidente del 17 de enero de 1966FotoLa Razón

Aquel 17 de enero de 1966 marcó el antes y el después de Palomares en la historia española. Situó en el mapa a una pequeña villa de pescadores que hubiera preferido saltar a los titulares de la Prensa por otro motivo. Le hubiera bastado con que Manuel Fraga lo hubiera elegido para pasar las vacaciones con su familia en el destino más exótico posible para un señor de Villalba (Lugo), pues hablamos de las antípodas peninsulares de la localidad lucense. Pero no, el entonces ministro de Turismo de Franco no bajó hasta allí para publicitar la zona, sino para demostrar que aquellas aguas eran “seguras”.

Era la forma que tuvo el régimen de blanquear un incidente que bien es cierto que no pasó a mayores pero que, si nos ceñimos a las cifras, podría haber sido una verdadera catástrofe. Solo basta con recordar el destrozo que ocasionó el “Enola Gay” en Hiroshima cuando soltó a “Little Boy” sobre Hiroshima. Fue la primera vez que un avión lanzaba una bomba nuclear y todavía hoy lo recordamos. Pues bien, si aquel proyectil que marcó a la humanidad por su crudeza y por la destrucción que ocasionó en el ocaso de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico (a las 8:15 horas del 6 de agosto del 45), la repercusión de las cuatro bombas termonucleares que cayeron en suelo almeriense podía haber sido mucho peor. Concretamente, 75 veces peor que Hiroshima. Esa era la potencia de la munición perdida por los aviones “yankees”.

Así, no tardó Washington en activar todos los protocolos. Estupefacto, Franco recibió la noticia en El Pardo y, tras ello, comenzó un secretísimo plan de búsqueda de las cuatro bombas perdidas. Ejército norteamericano, Guardia Civil y vecinos de Palomares se lanzaron a los campos costeros en busca de un proyectil que se encuentra “intacto”, otros dos que han esparcido su contenido radiactivo sin tapujos y una cuarta bomba nuclear que es una incógnita. Se desata así una cuenta atrás para encontrar el artefacto que puede desencadenar la mayor explosión atómica de toda la historia.

Es ese episodio el que, 55 años más tarde, recoge “Palomares. Días de playa y plutonio”, la nueva serie documental de Movistar+ en la que se reconstruye por primera vez, y en clave de “thriller”, presentan, lo que ocurrió en aquellos 80 días de búsqueda gracias a la documentación que tanto el gobierno norteamericano como el español mantenían como clasificado hasta ahora.

Será el accidente, cuando un bombardero B-52 estadounidense chocó con la nave con la que intentaba repostar en pleno vuelo, lo que abra el proyecto. Inmediatamente después murieron siete hombres, se dispersaron los artefactos y comenzó la función. “La historia de Palomares es demasiado increíble para ser cierta, si se contara como ficción probablemente no se creería”, explica Álvaro Ron, director de la producción.

No fue pequeña la operación pues Estados Unidos desplegó 1.600 soldados en esta pequeña aldea para deshacerse de todo el material radiactivo. Los poco más de 1.000 lugareños permanecieron atónitos ante una campaña que ni podían imaginar allí, un lugar en el que apenas tenían luz y agua corriente. Sin embargo, la rapidez del despliegue encontró su reflejo en la velocidad de la retirada. Después de eliminar buena parte de la tierra contaminada desaparecieron dejando atrás sus promesas y ante los silencios cómplices del Gobierno español, que optó por no agitar demasiado el asunto para no manchar la incipiente imagen turística del país.

Los vecinos se sintieron desprotegidos y pidieron ayuda a todo el que se preocupaba por ellos. Una de estas personas fue Luisa Isabel Álvarez de Toledo y Maura, la aristócrata rebelde del franquismo. La mujer que creció junto a la Familia Real en Estoril y que fue apodada la Duquesa Roja. A ella acudieron los campesinos y pescadores de la zona: “No tenemos amparo de nadie, y aunque no queremos que Vd. se perjudique en absoluto, por favor le pedimos que se ocupe de nuestro asunto hasta el final”, le rogaron.

Álvarez de Toledo, la XXI duquesa de Media Sidonia, aceptó: “A medida que la opinión pública olvidaba el incidente, las promesas se fueron evaporando, y los responsables decidieron enterrar el asunto”, reconocía a la vista de que la ayuda prometida no llegaba. Se implicó tanto que hasta se puso al frente de una manifestación en el aniversario del accidente, aunque el paseo no duraría demasiado. “Apenas doscientos metros. Suficiente −recordaba años después−. La policía me detuvo y fui procesada, pues en España las manifestaciones pacíficas son contrarias a la ley”. Su fuerza fue estéril ante dos gobiernos como el estadounidense y el de Franco y su papel en la protesta le valdrían diez mil pesetas de multa y una condena de un año de cárcel. Dentro de todo ese secretismo que se mantiene hasta hoy, en España apenas se cubrió la detención de la patrona. No así en el extranjero, donde fue portada hasta en “The New York Times”.

Actualmente, Bruselas ha dado un ultimátum a España para que informe sobre la contaminación nuclear actual en Palomares. Tiene de plazo hasta finales de año. Y en febrero de 2020, la Audiencia Nacional instó al Gobierno a que desclasificase el Plan de Rehabilitación para el área contaminada con plutonio en Palomares.

Mientras, las bombas de la discordia descansan a muchos kilómetros de aquí. En plena Guerra Fría, EE UU no estaba por la labor de que su arsenal estuviera desperdigado por el mundo para que Rusia pudiera descubrir el mínimo de sus secretos. De ahí esa incesante búsqueda de los restos del incidente que hoy descansan en el Museo Nacional de Ciencia e Historia Nuclear de Albuquerque, Nuevo México. Se trata de “los casquillos de las dos bombas que no detonaron, la que cayó al mar y la otra cuyo paracaídas se desplegó”, explican de “uno de los incidentes más notables que involucran armas nucleares pertenecientes a los Estados Unidos”.

Una historia que ni el régimen de Franco ni el ocultismo de la Guerra Fría pudieron tapar por completo y que, a pesar de haber “pasado medio siglo ya, nadie lo había contado, ni Hollywood ni Buñuel, que lo intentó”, recuerda Moreno −experto implicado en el nuevo documental− en referencia a un proyecto inédito del cineasta aragonés del que se tuvieron noticias gracias a unas cartas inéditas dirigidas a su amigo y coguionista Jean-Claude Carrère. «The Bombs of Palomares» era el nombre elegido.