"Por el amor de Dios", la calavera con diamantes de Hirst que pronto fue copiada
"Por el amor de Dios", la calavera con diamantes de Hirst que pronto fue copiada FOTO: Por el amor de Dios. Damien Hirst Por el amor de Dios. Damien Hirst

¿Están los artistas en peligro de extinción?

William Deresiewicz revela el terrible futuro que aguarda a los creadores en su nuevo ensayo

Si hubiera que destacar una de las muchas afirmaciones descorazonadoras que realiza William Deresiewicz en «La muerte del artista. Cómo los creadores luchan por sobrevivir en la era de los billonarios y la tecnología», la elegida no sería otra que «se les pide que trabajen a cambio de nada de manera sistemática; se trata de una de las pesadillas de la vida creativa en el siglo XXI. O que lo hagan para ganar ’'visibilidad’', lo cual es sinónimo de nada». En estas pocas líneas se resume la tragedia del creador contemporáneo: trabajar gratis. Y ello obedece a que, a ojos de una gran parte de la sociedad, escribir, componer e interpretar música, pintar, fotografiar, ilustrar… es algo que no supone esfuerzo alguno. Es más, se trata de algo que no se considera un trabajo. Haciéndose eco de la opinión de no poca gente, Deresiewicz se pregunta: «¿Para qué pagar a los escritores si van a escribir pase lo que pase?».

Lo que sucede es que se suele olvidar que crear –lo que sea y en el soporte que sea– es un trabajo, que hay muchas personas que aspiran a vivir de él y que, para adquirir la capacitación que les permita hacerlo, han invertido mucho tiempo y dinero. La precarización de la actividad artística contemporánea es tan alarmante que –como conjetura Deseriewicz– resulta probable que, en no muy poco espacio de tiempo, el arte, tal y como lo conocemos, termine por desaparecer del todo. No hay sector más explotado que el de la cultura. En tiempos de indigencia como el que vivimos, la «economía de lo gratis» se ha convertido en el «pan para hoy y hambre para mañana»: «pan», en el sentido de que la no remuneración a los artistas permite a las instituciones, colectivos y organismos privados mantener una aseada programación cultural; y «hambre», en tanto en cuanto que la supervivencia de estos profesionales que malviven con su trabajo tiene los días contados. Internet ha tenido la gran virtud de que cualquier usuario pueda mostrar sus creaciones sin mediadores que se encarguen de filtrar el contenido.

Sin embargo, esta democratización de los contenidos artísticos viene con las cartas marcadas: de un lado, y ante el aumento exponencial de la oferta, solo adquieren visibilidad los que ya la tenían antes –por lo que el sueño americano de las redes queda puesto en entredicho–; de otro, muchas personas sienten saciadas sus necesidades artísticas a través de lo que consumen en Instagram, Twitter, YouTube o en los millones de blogs que inundan internet. Y esto –como bien analiza Deresiewicz– ha traído una «amateurización» de la creación artística que amenaza con erradicar del paisaje aquellas propuestas verdaderamente innovadoras y osadas.

Falta de decoro

La industria cultural como tal ya no existe: los grandes venden más que nunca, pero los medianos y pequeños han sido barridos por las sucesivas crisis y la lógica maniquea del mercado. Un autor de éxito está viviendo de lo que escribe mejor que nunca. Pero los pequeños y medianos, aquellos que apuestan por fórmulas más transgresoras y menos complacientes con el mainstream, pagan la hipoteca y comen porque tienen otro trabajo –principalmente de funcionario-profesor–. No hay ni un solo poeta en España que viva de sus publicaciones. Por el contrario, la mayor parte de lo que se edita anualmente son autoediciones disfrazadas bajo la línea de publicaciones de un sello con solera. Salvo honrosas excepciones, la mayoría de las editoriales piden una cantidad de dinero en concepto de un número de ejemplares para el autor. Con esa cantidad, se sufragan los gastos de impresión y la editorial se asegura un «riesgo cero». Dicho de otra manera, la mayor parte de los escritores españoles no solo no ganan dinero escribiendo, sino que, además, lo pierden.

Los artistas son pluriempleados de la indigencia. Y sus obras, imprescindibles para el espíritu, pero irrelevantes para los que mandan –que, a fin de cuentas, son los que pagan. Que un creador pida cobrar el trabajo que realiza se está convirtiendo en una falta de decoro social. Deresiewicz cuenta el caso de un escritor que vendía sus libros de ciencia-ficción a 3′5 dólares y que recibió el mail admonitorio de un lector en el que le decía que como no distribuyera gratis sus obras, dejaría de comprarlas. Nos puede parecer un caso extremo, pero la realidad diaria y tozuda no dista mucho de esta situación. La cultura se rige por la «economía del don». Se parte de la idea perversa de que un artista acudirá raudo a la llamada de quien le ofrezca un mendrugo de pan. Y no es una idea equivocada. Mientras los ricos se hacen más ricos, los pobres se contentan con comer una vez al día. Esto es lo que hay. Nunca antes ha sido tan cierto aquello de que «el arte es helarte de frío».