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Arturo Pérez-Reverte: “Las revoluciones las pierden quienes las hacen”

El novelista describe el magnetismo que ejerce la guerra en “Revolución”, una novela de aventura, amor y aprendizaje ambientada en el México violento de Pancho Villa

El escritor Arturo Pérez-Reverte, antes de presentar "Revolución"
El escritor Arturo Pérez-Reverte, antes de presentar "Revolución" Alberto R. Roldán La Razón

Una novela tarda en escribirse un año y medio, pero madura a lo largo de una vida entera. Esta historia nació en la imaginación de Arturo Pérez-Reverte muy temprano, cuando aún era niño y escuchaba en casa los relatos que contaban sobre aquella revolución que discurrió al otro lado del Atlántico, en tierras de México, con hombres de espesos bigotones, carrilleras cruzadas sobre el pecho y ojos enrojecidos por el humo de la pólvora. Fue una época de discursos y de ilusiones, cuando los pueblos todavía creían en las antiguas utopías que aspiraban a alcanzar el sueño de la justicia social, la añorada esperanza del destierro de la miseria y las pobrezas arraigadas. De aquellas cartas, recortes de diarios, recuerdos y fotografías desvaídas que atisbaba en las revistas, le quedó al novelista el sedimento de una historia que las vivencias primero y la reflexión, después, fraguó en un libro de grandes balconajes literarios, provisto con las honduras adecuadas para sumergirse en el terreno de la aventura, pero también de los grandes valores, donde los lugares comunes que guardamos sobre el bien y el mal se desvanecen y las líneas habituales que los separa se vuelven grises y confusas.

En «Revolución» (Alfaguara), una narración vertiginosa, con remansos, pero de pocos respiros, Arturo Pérez-Reverte ha modelado un personaje muy separado de sus inquietudes intelectuales, pero paradójicamente apegado a ciertas aristas personales, que ha sido, por decirlo de alguna manera, calafateado con una parte de sus andamiajes biográficos, algo que lo vuelven muy vivo y cercano.

Un buen botín

Este Martin Garret, ingeniero de minas y un joven aún de muchas mocedades, que protagoniza el libro ha heredado las experiencias que el autor reunió durante su época de reportero. Una destilación que está en el eje de esta aventura y que trata de responder a las preguntas como ¿qué engancha de una guerra? o ¿qué se aprende de ellas? «No es una obra autobiográfica. Hay elementos, eso sí. La ventaja de ser mayor es que uno puede usar pasajes de la propia vida y pasarlos por los filtros de la literatura. Nada de lo que pasa ahí me ha sucedido, pero sí es mío la manera en que Martín Garret mira el mundo. Aquellos años me dejaron enormes aprendizajes. Descubrí cosas que me sirvieron mucho, que me fueron útiles como persona y luego como novelista. Este botín iniciático se lo he dado a este personaje para darle espesor».

Después de «La reina del sur», Pérez-Reverte regresa a México, a uno de los sucesos capitales que marcaron su devenir histórico y que el cine y los libros han teñido de romanticismos, aunque él presente la revolución mexicana con toda su dureza y crueldad. «Como periodista he cubierto muchas revoluciones, la de Rumanía, la nicaragüense... Las revoluciones las pierden quienes las hacen y las ganan los que se apropian de ellas». El escritor, sombrero azul, chaqueta de ante, se toma un respiro antes de proseguir: «Esta novela está recorrida por esa melancolía. Tanto valor, tanta violencia, tantas ilusiones, para después ver el México de ahora, con el caciquismo, la injusticia y la humillación que aún continúan. Es triste el haber visto esos procesos, la ilusión que despiertan las palabras revolucionarias».

Pérez-Reverte hace un alto antes de matizar que su protagonista, que se codea con Pancho Villa, que conoce el nombre de Emiliano Zapata, que vive con valientes guerrilleros y mujeres-soldado de rudas formas, pero de corazones honestos, no cree en la revolución «ni en la causa del pueblo. No le importa si el mundo será después mejor o si se deben demoler las viejas estructuras. Martin Garret es un joven desprovisto de ideología en su comportamiento, que descubre con asombro que los revolucionarios hacen cosas y que eso que hacen le ayuda a aprender más sobre la vida. Para él es una buena escuela de aprendizaje. Se queda ahí por eso. Solo es un hombre que mira. No cree en la causa, sino en los seres humanos».

El escritor aleja malentendidos y reconoce de manera abierta: «Soy escéptico con las revoluciones, aunque hay que hacerlas. Y con violencia, porque las revoluciones pacíficas, aunque las hay, no logran nada. Lo que sucede es que una vez hechas, quien ha dado la cara, quien se la ha jugado por ellas y se ha roto el alma, es apartado y el que ha estado detrás todo el rato viene para decir, quítate tú, que esto lo voy a terminar yo. He presenciado revoluciones, como la de Nicaragua, donde ahora está Daniel Ortega sentado en su finca, que yo conozco... Es triste».

Una pelea necesaria

Arturo Pérez-Reverte, echándose hacia atrás, apoyándose en el respaldo de la silla, comenta luego: «Eso no quiere decir que no haya que hacerlas. Hay que hacerlas en muchas ocasiones. A veces hay que pelear, aunque sea sin esperanza, tan solo para hacer que al otro le sangre la nariz un poco».

En el eje de «Revolución» queda lo que atrae a Martin Garret, que «es lo que me deslumbró a mí en las primeras guerras», como revela el novelista. «Quedé fascinado por el horror y la cantidad de cosas insólitas que vi en los conflictos. Enseguida me di cuenta de que aprendería más en ellos que en diez años en Madrid. Lo que le asombra a Martin Garret es lo mismo que a mí: el ser humano, la causa por lo que el hombre se mata en el Líbano, en Ucrania. Lo que él mira es lo que yo miraba: cómo se comporta el ser humano y ver de repente cómo alguien educado y culto puede convertirse en un francotirador y matar niños; cómo el héroe de por la mañana puede comportarse igual que un villano por la tarde. Esto lo vi en Eritrea, con aquellos guerreros que por la mañana pelearon como leones, igual que los grandes héroes, y, por la tarde, saquearon, violaron y mataron a los prisioneros. Son esas contradicciones las que atraen a un joven de veinte años, las que moldean en él una visión particular del mundo y también las que rompen los esquemas que nos venden en las sociedades biempensantes. Me enganché a los conflictos bélicos por cómo son los seres humanos en la guerra, la gente que muere en ellas, por las lealtades que se generan, por el horror, por el amigo que manda fusilar... estas complejidades tan vivas y tan humanas». Y añade: «Por eso, cuando me insisten por ahí que me involucre, mójese con el colorado, con el verde, contesto siempre que esto no es así, que eso depende. Es un tiempo de consignas fáciles, de tuits. En este momento, donde resumimos ideologías en 180 caracteres, esto es muy difícil de entender. Yo solo pretendo contar una historia y dar una visión diferente de lo habitual. No intento congraciarme con el mundo en el que vivo, sino mostrarlo como lo veo ahora».

Zapata, Villa, guerrilleros y mujeres soldado

Hay en «Revolución» un retrato complejo de hombres y mujeres. De gente peligrosa, que, como explica Arturo Pérez-Reverte, son capaces de matarle a uno llamándole de usted y con las máximas galanterías y educaciones. Martín Garret los conocerá en el campo de batalla, donde las leyes de la guerra a veces se imponen a las lealtades de la amistad. Pero también en las civilizadas ciudades, donde el amor abre entre caballeros litigios personales que nada tienen que ver con la simpatía o la aversión. Arturo Pérez-Reverte, que siempre ha reconocido en México un país fascinante por su historia y su manejo de la lengua, ofrece el cuadro de esta revolución en crudo, sin tapujos, con un retrato de Pancho Villa muy vivo y real, «del que estoy orgulloso», en la que asoma la figura legendaria de Emiliano Zapata y en la cual reserva un papel especial para esas guerrilleras que marchan al lado de sus compañeros, con los hijos envueltos en refajos, vengan las cosas a favor o en contra, y a las que no desanima la dureza del camino ni las fatigas de los combates. «Jamás me han gustado las novelas ideológicas, no me apetece hacerlas. Las ideologías pueden engañar y manipular. Lo que yo quiero hacer es narrar cómo se comportan las personas en estas circunstancias y cómo sobreviven. Cuando acudí por primera vez a una guerra, reconocí geometrías, ángulos, rectas. Entendí que el azar y el caos tienen unas reglas propias y que a través de ellas puedes acercarte al mal, a la violencia, a la catástrofe y a la vida... Me fascinó». Las contiendas, como explica Arturo Pérez-Reverte, al igual que la navegación, desarrollaron en él una predisposición natural para detectar riesgos. «Tengo un acusado sentido del desastre. En las guerras y en el mar estás atento, no te relajas. Esta experiencia te hace ver cosas que otros no ven. No es que sea profético, y tampoco es inteligencia, sino cierta perspicacia para detectar cosas que otros no poseen». Quizá por eso aventuró hace varios años cómo Europa se acercaba a ciertas tesituras que hoy parecen haberse confirmado. «Hay cosas que me gustaría no saber o intuir. Ser Casandra no es una buena cosa. Hay asuntos que me gustaría ignorar, no intuir y tampoco imaginar».