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Julia Navarro: «Alejandría o la miras con los ojos de la literatura o no ves nada»

En «Tú no matarás», convertida en un «best seller», sitúa la acción, además, en Madrid y París. Como en «Historia de un canalla», quiso reflexionar sobre el peso de la conciencia.

  • Julia Navarro: «Alejandría o la miras con los ojos de la literatura o no ves nada»

Tiempo de lectura 4 min.

06 de enero de 2019. 00:44h

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Marta Robles.  6/1/2019

Cada vez que Julia Navarro saca un nuevo título el mercado literario se revoluciona. ¿No era que se vendían menos libros? ¿Que los más grandes habían recortado sus cifras? ¿Que ya nadie leía historias tan extensas? Nada de eso sirve con esta escritora de éxito, cuya entrada en lo audiovisual de la mano de otra de sus novelas, «Dime quién soy», está a punto de producirse, pese a que a ella no le entusiasme: «El lenguaje audiovisual es muy distinto al literario y para mí está siendo una experiencia agridulce». Pues en lo audiovisual se verá, pero en lo literario Julia tiene varita en vez de pluma y todo lo que escribe se convierte en oro puro. Incluida, como no, su última obra, con un elemento inesperado, la posguerra. Y eso que en más de una ocasión había dicho que no quería escribir sobre ese periodo. «Y no lo he hecho –asegura la escritora–. He escrito sobre el peso de la conciencia y la venganza. Ese es el fondo de la novela».

No cabe duda. Pero el escenario en el que coloca a sus personajes es la España de los años 40. «Mi afán no ha sido contar la Guerra Civil, ni la posguerra, ni la II Guerra mundial, sino hacer una reflexión sobre el ser humano». Algo muy característico en Julia Navarro. Por eso sus novelas son libros de personajes sobre los que construye las reflexiones que constituyen la intención narrativa de sus novelas. «Efectivamente. Hay una segunda reflexión más allá del peso de la conciencia que, de alguna manera, está en el principio del libro, que comienza con el poema “Ítaca”, de Cavafis, que viene a decir que a veces no llegamos a nuestro destino y nos tenemos que conformar con hacer la travesía. Y que todo lo que no nos llevemos en ese viaje a lo mejor no lo encontramos en ese destino, si es que llegamos a él. Así que esa sería la tercera reflexión de este libro: la travesía de la vida, los objetivos que nos fijamos, los sueños que tenemos y que pocas veces logramos que se cumplan».

Una ciudad literaria

En «Tú no matarás» hay tres personajes, a los que luego se irán sumando más, sobre los que descansa el peso de esa reflexión. Tres exiliados en un exilio diferente al habitual, Alejandría. «Cuando tenía veinte años me regalaron “El cuarteto de Alejandría”, de Durrell, lo leí y me enamoré de Alejandría, una ciudad absolutamente literaria. Si uno va, o la ve con los ojos de la literatura o no ve nada. A mí se me quedó pegada en la retina y, aunque es cierto que el exilio español no fue a Egipto, como era mi novela decidí que yo sí llevaría a mis personajes a Alejandría, que en los años 40 era una ciudad apasionante, bajo el mandato de los ingleses, llena de espías, aventureros y comerciantes y donde podía pasarles de todo a mis protagonistas».

La historia de estos es muy compleja emocionalmente. Tanto como para que su autora la comenzara al tiempo que «Historia de un canalla» y tuviera que abandonarla. «Tenía el reto de escribir sobre el peso de la conciencia y tenía dos relatos, uno era “Historia de un canalla” y el otra “Tú no matarás” y empecé a escribirlas a la vez porque, aunque son radicalmente distintas, el trasfondo es el mismo. Pero fue imposible. Era una locura. No tengo esa capacidad. Además, en el caso de “Tú no matarás”, hacer ese viaje a los años 40 empezó a tener un coste emocional enorme. Me acordaba de mis abuelos, de lo que me contaban sobre cómo habían vivido en aquella época, sobre cómo era Madrid, mi ciudad, y cómo era vivir en aquella España... Tuve que guardar la novela en un cajón no solo porque no pudiera escribir ambas a la vez, sino porque, de repente, “Tú no matarás” empezó a tener un coste emocional enorme que no imaginaba que fuera a tener». Al final esperó su turno y vio la luz y alumbró, según su autora, a los perdedores, pero haciendo un homenaje a libreros, editores y lectores. «Esta novela es un homenaje a la literatura. Primero a los que escriben –en este caso el que lo hace es un poeta–, y un homenaje en concreto a la poesía; pero también a los editores, libreros y lectores. Creo que leer sigue siendo la mayor de las aventuras, ahora que el mundo se ha empequeñecido, que la globalización hace que parezca que no hay territorios por descubrir. Cada vez que abrimos las páginas de un libro nos lanzamos a una aventura que no sabemos a dónde nos llevará. Y leer, siempre es vivir».

Una novela de novelas

Esta novela se vive en tres partes, casi en tres libros, con tres escenarios: Madrid, Alejandría y París. «Sí, el Madrid en blanco y negro de la posguerra, de los fusilamientos, de la represión; la Alejandría del tecnicolor, de la luz y la aventura, y el París que siempre nos queda». Varias novelas en una. Una novela de novelas. «Creo que todas mis novelas son una especie de matrioscas, pero ésta quizá más que ninguna, por la cantidad de personajes, de subtramas y de sorpresas», asegura Navarro. Pese a esa complejidad, sus novelas son, cuando las escribe, tal cual las imagina. «Hay muchas formas de afrontar una obra. Hay escritores que según van escribiendo dejan que los personajes vayan adquiriendo vida propia y marcando lo que hacen. Yo les doy muy poco margen. Tengo muy claro lo que quiero contar y me desvío muy poco de lo que he pensado. Hay variaciones, pero la novela es lo que yo imagino en el primer momento que va a ser».

Y es, una vez más, una novela superventas. De esas que algunos miran con recelo pensando que si se vende tanto no será tan buena. «Eso sucede en España, no en el mundo anglosajón. Aquí hay una mirada muy elitista y desconfiada; como si un libro que se vende no pudiera tener calidad. A mí siempre me ha parecido un punto de vista arrogante y lleno de prejuicios. Hay libros que se venden y son extraordinarios y otros que no se venden y son malísimos, como otros que no se venden y son buenísmos. Establecer ese parámetro de que todo lo que se vende está bajo sospecha es, a mi parecer, tener muy cortas las miras». O mucha envidia.

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