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Luigi Ghirri: El fotógrafo que no pisó la Luna

El Museo Reina Sofía inaugura la temporada con una gran exposición dedicada al artista italiano, figura clave en la Europa de los setenta, sobre todo, por el uso que hizo del color.

  • «El mapa y el territorio» es el nombre de la exposición que se puede ver hasta enero de 2019 en el Reina Sofía. Posteriormente viajará al Jeu de Paume de París. En la imagen, «Módena, 1972» (copia de 1979)
    «El mapa y el territorio» es el nombre de la exposición que se puede ver hasta enero de 2019 en el Reina Sofía. Posteriormente viajará al Jeu de Paume de París. En la imagen, «Módena, 1972» (copia de 1979)

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26 de septiembre de 2018. 02:48h

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Gema Pajares .  26/9/2018

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Luigi Ghrirri murió prematuramente a los 49 años. Pero tuvo tiempo suficiente para dejar un legado importante, tanto como para ser considerado uno de los veinte fotógrafos imprescindibles del siglo XX. Para James Lingwood, estudioso de su obra y comisario de la exposición que presenta su trabajo en el Museo Reina Sofía (y con la que inaugura temporada el centro), «no hubo nadie más que construyera un cuerpo de trabajo en color con tal rango y profundidad en la Europa de los años 70». En ese momento, Italia está sufriendo una transformación, una convulsión tanto a nivel social como en el más puro sentido artístico, con el povera enarbolando la bandera, Michelangelo Pistoletto en el punto de mira y un encendido debate provocado por el libro de Umberto Eco «Apocalípticos e integrados», recuerda Manuel Borja-Villel, director del centro. Buen caldo de cultivo para quien había decidido no ser ni lo uno ni lo otro y situarse en una posición intermedia, la de una clase media que adornaba con un humor fino y ciertas dosis de ironía.

Frente a la fotografía neorrealista, estaba el color de Ghirri, tan desvaído, tan setentón, el color que se halla en los objetos que rodean la vida cotidiana. Cuando se le preguntaba el motivo de no usar el blanco y negro ( y alejarse de esa manera de los totems, los padres de la imagen, tan inamovibles en su pedestal), él se escudaba en que la paleta de colores estaba ahí y que el mundo los tenía. «Podemos situarle como un catalizador de tendencias en Europa, un artista fundamental como referencia para generaciones posteriores», señala Borja-Villel.

Poesía de lo marginal

«Mi objetivo no es tanto hacer fotografías sino mapas o cartografías que se conviertan en fotografías», decía el artista. Los 27 años marcan el arranque de su trabajo como fotógrafo. Anteriormente se había dedicado a la topografía, pero su manera de ver le hace dar un paso al frente y fijarse en los objetos que hay fuera de casa: una pared, unas escaleras, una vista de la playa, un anuncio de refrescos, de ropa interior o de un dentífrico. «Los objetos marginales», de los que habla Lingwood, son los que le dan ese don a Ghirri, muy alejado de los grandes nombres a los que admiraba, léase Eugène Atget, August Sander, Walker Evans, Robert Frank, Lee Friedlander, Eggleston. Y el color también se convierte en marginal en esos setenta, «pues era objeto de sospecha, caía del lado de lo popular» y no estaba nada bien visto, aunque las chaquetas fueran rojas, las sombrillas de tonos chillones, los campos verdes y los parques de atracciones, que conforman una de las series más impactantes del fotógrafo, un arco iris. Para él eran un mundo inventado dentro del mundo, un universo ficticio dentro del mundo en que vivimos. Lingwood dice que la elección del color «era arriesgada, lo fue en su momento. Él no aspiraba a ser un fotógrafo serio, sino un artista. Revelaba en una tienda normal donde cualquier persona iba a recoger sus carretes de fin de semana. Se comportó entonces como un ''amateur'' que se aleja de la fotografía social y del blanco y negro».

Sus inicios como topógrafo serán una base importante para mirar de otra manera, delinear, remarcar, evitar los ángulos, el drama, la emoción. «En los setenta su obra es como un grupo abierto», comenta el comisario, y de ese grupo se han seleccionado 250 imágenes que comprenden desde sus instantáneas de anuncios, de «paisajes de cartón», a los detalles de exterior, las imágenes de atlas y mapas tomadas desde muy cerca «que dejan de indicar el lugar concreto para convertirse en otro poético», según Lingwood, o las imágenes construidas sobre la ficción, por ejemplo, de una ciudad en miniatura (caso de «A escala», sería tomada en Rímini entre 1977 y 1978 y en la que hace sentir al espectador como un Gulliver en Liliput. O sobre un tiovivo, una noria en suspenso. Sin dejar de lado las «Vedute» (1970-1979) con un omnipresente cielo azul en Módena, Rímini, París o Marina di Ravenna.

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