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Teatro

Gran estreno operístico

El Teatro Real salda su deuda con "Arabella"

Christof Loy y David Afkham dirigen las siete funciones de la ópera de Richard Strauss que se presenta por primera vez en Madrid 90 años después de su estreno

Una escena de los ensayos de «Arabella» en el Teatro Real
Una escena de los ensayos de «Arabella» en el Teatro Real Javier del Real

Cuando Richard Strauss (1864-1949) componía «Arabella» junto a su libretista de cabecera Hugo von Hofmannsthal, diez años menor que él, ya contaban en su bagaje con un puñado de obras, como «Electra» o «El caballero de la rosa», con las que el músico había dinamitado los cimientos de la ópera contemporánea y lo habían convertido en uno de los grandes compositores del siglo XX. En el año 1927, Strauss escribía a Von Hofmannsthal solicitándole un «segundo Rosenkavalier». Esto es, una comedia romántica de ambientación vienesa que les permitiera renovar uno de los más grandes éxitos de su carrera, aunque ahora con la trama desplazada a la Viena de 1860, cuando el imperio austrohúngaro se resquebrajaba bajo los oropeles de una aristocracia corrupta e hipócrita, empeñada en esconder su decadencia y ajena a las convulsiones políticas y sociales que se fraguaban fuera de los salones y las fiestas.

La obra se alumbró ya con los peores presagios: Hofmannsthal murió en 1929 de un ataque cardiaco afectado por el suicidio de su hijo sin haber terminado la revisión de los dos últimos actos; el director de orquesta Fritz Busch, que había de estrenarla, fue despedido de la Staatsoper de Dresde tras el ascenso de Hitler al poder; finalmente, la coincidencia de la fecha de su estreno con una convención nazi en esta ciudad, el 1de julio de 1933, supuso que «Arabella» se presentara al público en una sala repleta de camisas pardas.

Una escena de "Arabella"
Una escena de "Arabella" Javier del Real

Pero pese a la desafortunada lista de imprevistos, esta comedia con reminiscencias de la opereta y el vodevil y con final agridulce, es una digna heredera de «El caballero de la rosa», que atesora en grandes dosis –especialmente en su mágico tercer acto– el arte del viejo y polémico compositor. En «Arabella», Strauss y Hofmannsthal «van a convertir aquella Viena en crisis de 1866 en un espejo de la situación de los años 1920 y 1930: jóvenes vividores que se dedican a perseguir mujeres en fiestas disolutas, condes arruinados por las deudas, tiradoras de cartas arribistas, jugadores crápulas que pierden sus haciendas, todo en un ambiente aparentemente gozoso y bajo un tono de comedia que, en este espacio de encopetada depravación, tiene mucho de cínico y, casi, de desesperante», explica Joan Matabosch, director artístico del Teatro Real.

Acontecimiento operístico

El enredo parte de un tema aparentemente muy sencillo: un noble empobrecido por el juego y el despilfarro ofrece la mano de su hija mayor, Arabella, a ricos pretendientes, para salvar la familia de la ruina económica, mientras que la hija pequeña, Zdenka, es criada como un chico, porque los padres no pueden permitirse mantener a dos señoritas según su posición social. La protagonista acepta ese papel degradante ocultando su humillación en un juego de seducción que cree controlar hasta acabar con Mandryka, un rico y hosco provinciano ajeno a la hipocresía y depravación de los salones vieneses.

""Arabella" se presenta por primera vez en Madrid reparando una laguna inadmisible, quizá la más importante en el repertorio del Teatro Real"

Joan Matabosch

«Arabella» se presenta por primera vez en Madrid, 90 años después de su estreno en Dresde «reparando una laguna inadmisible, quizá la más importante en el repertorio del Teatro Real –afirma Matabosch–. Un hito que supone, sin duda, el gran acontecimiento operístico de esta temporada. Con ella queremos saldar una cuenta pendiente que se ha alargado demasiado tiempo y es necesario subsanar». Y apostilla: «Es imprescindible dar a conocer en Madrid una obra tan maravillosa como esta, una de las mejores de Strauss». Ópera que 1962 fue estrena en el Gran Teatro del Liceo de Barcelona, con el debut de Montserrat Caballé. Esta icónica producción del director de escena Christof Loy fue creada originalmente para la Ópera de Gotemburgo y posteriormente subió a los escenarios de Frankfurt, Ámsterdam y Barcelona. Este es el tercer título de Richard Strauss que el director alemán dirige en el Real después de «Ariadne auf Naxos» (2006), el «Capriccio» (2019) y «Rusalka» (2020). La dirección musical es de David Afkham, gran conocedor de la música de Richard Strauss, que, después de «Bomarzo» (2017) dirige su segunda ópera en el foso del coliseo madrileño al frente de su Coro y Orquesta Titulares.

Desde hoy hasta el 12 de febrero, el Teatro Real ofrecerá siete funciones de esta nueva producción procedente de la Ópera de Frankfurt
Desde hoy hasta el 12 de febrero, el Teatro Real ofrecerá siete funciones de esta nueva producción procedente de la Ópera de Frankfurt Javier del Real

Desde hoy hasta el 12 de febrero, el Teatro Real ofrecerá siete funciones de esta nueva producción procedente de la Ópera de Frankfurt, que estará protagonizada por un reparto de cantantes, actores y bailarines, entre los que destaca Sara Jakubiak (Arabella), Josef Wagner (Mandryka), Sarah Defrise (Zdenka), Martin Winkler (Conde Waldner), Matthew Newlin (Matteo) y Anne Sofie von Otter (Adelaide). «Loy está trabajando con todo el equipo de la ópera desde el inicio de diciembre, cuidando minuciosamente cada detalle de la dirección de los actores, concebida como una “coreografía emocional” precisa, honda y sutil, donde las pasiones y sentimientos de los protagonistas se esconden tras un velo de hipocresía que oculta la podredumbre y decadencia del imperio», señala Matabosch. Para la puesta en escena, el director alemán despoja la comedia de adornos palaciegos y trajes engalanados, transformando su lujoso hotel en un espacio concebido por el escenógrafo y figurinista Herbert Murauer, donde paneles deslizantes van dejando al descubierto las estancias interiores en las que se desarrollan las sucesivas escenas.

El secreto del texto

«Aunque Strauss y Hofmannsthal hablaban de componer un segundo “Caballero de la rosa”, “Arabella” no tiene nada que ver con él –explica Loy, que lleva profundizando en la lectura dramatúrgica de la obra desde hace casi dos décadas–. A ellos les gustaba tratar el tema de las familias disfuncionales y ese es el foco aquí, un drama familiar que al ampliarse nos permite acabar viendo la realidad de una sociedad en crisis económica y en declive profundo, los problemas personales de los personajes señalan con el dedo a esta sociedad que intenta preservar la fachada de un estatus que no existe y que se presenta como algo nostálgico. La pareja principal Arabella y Mandryka inician su historia como de cuento de hadas, pero se hacen daño, aunque sea sin querer y después aprenden a perdonarse tienen, finalmente, un “final feliz” que nos descubre la realidad del amor y de la vida real de la gente», afirma.

"El lenguaje que Strauss utiliza en esta ópera es una evolución, una ventana hacia el último paso de su lenguaje musical"

David Afkham

Por su parte, el también alemán David Afkham, muy relacionado con la obra de Richard Strauss, habla de las dificultades específicas de la pieza. «Musicalmente debemos entenderla desde el punto de vista del texto –indica– porque realmente es una conversación teatral. La música puede parecer algo rara a veces, como un puzle, con un lenguaje musical diferente a otros que conocemos de Strauss, como “Electra” o “Salomé”, pero aquí el secreto, la llave para entender esta música, está en el texto, en las palabras, y la orquesta no es solamente un acompañamiento, sino otro protagonista. Si hablamos de conflictos psicológicos o sociales, la partitura los describe perfectamente, y si aparecen elementos cómicos, la música contiene mucha ironía con pasajes, a veces grotescos, que representan la situación social y el adiós al viejo sistema de la nobleza, elementos que la música describe de una manera muy sutil y refinada. El lenguaje que Strauss utiliza en esta ópera es una evolución, una ventana hacia el último paso de su lenguaje musical, que tiene muchos elementos de música de cámara, de colores, y esa atmósfera que se crea en la escena que viene de la teatralidad del texto», añade antes de concluir: «Christof Loy y yo tenemos las mismas ideas sobre esta ópera y eso es maravilloso a la hora de trabajar juntos, es perfecto afrontar un trabajo así desde una misma perspectiva».