Cultura

José Sacristán: «ETA tiene que pedir perdón de una puta vez»

El actor, y ahora también autor, se remanga en la presentación del recital que firma en homenaje a su amigo y maestro Fernán Gómez, «El hijo de la cómica»

El actor José Sacristán firma un nuevo texto en el que se adentra en la niñez de su amigo Fernando Fernán Gómez
El actor José Sacristán firma un nuevo texto en el que se adentra en la niñez de su amigo Fernando Fernán Gómez FOTO: Cristina Bejarano La Razón

En términos bursátiles, José Sacristán cotiza al alza. Y que nadie lo dude. Tiene que vivir con la ya eterna coletilla de lo maravilloso que luce. Como si cada película, obra o premio que se cruza en su vida fuera un maná de la eterna juventud. Es, como se dice, como el buen vino. Precisamente, como ese caldo que, en mano de un señor anónimo y en mitad de la entrevista con el actor en el salón de la Filmoteca Nacional, interrumpe la conversación: «José, es un honor, le quiero dejar este regalo». Y ahí que se queda Sacristán entre mascarillas, grabadoras, con la maleta preparada para irse de bolo a Valencia y dentro del ambiente cinéfilo con la botella de Valdepeñas apoyada en la mesa. Pero por supuesto que no termina ahí el imán del intérprete con las masas. Se levanta un momento para ir al baño, pues por muy bien que luzca, la vejiga siempre es caprichosa, y le interrumpen a mitad de camino para una foto. Se detiene, se la hace y regresa a la mesa. Todo en mitad del bullicio de la presentación de El hijo de la cómica, una lectura dramatizada que interpreta, dirige y con la que se estrena en esto de las autorías.

−¿Ha nacido un autor?

−No está mal eso de nacer a los 84 años... Pero déjate, mientras el cómico tenga trabajo, el director y el autor pueden esperar tranquilos.

Y la verdad es que ese cómico del que habla tiene trabajo y, también, cuerda para rato. Empalma estrenos en el cine con grabaciones, con la gira de «Señora de rojo sobre fondo gris» y con el nuevo recital.

−En julio, con el Nacional de Cine, dijo que esperaba que fueran llegando más premios y ya tiene el Goya de Honor. ¡Vaya año!

−Está bien. Siempre digo que es temerario vivir pendiente de los premios, pero, cuando llegan, la verdad es que se agradecen.

−¿Papá o mamá, cine o teatro?

−Un buen papel y una buena historia. Me da igual el género.

−60 años de carrera, ¿sabría ser un buen jubilado?

−No, de momento, no. Mientras pueda seguir jugando aquí estaré al pie del cañón.

−¿La clave está en jugar?

−Desde luego ha sido mi principio moral.

−«Entrega, pasión, ética...» son algunos de los términos que le dedica la Academia con el Goya. ¿Se reconoce en ellos?

−No los rechazo. Uno ha puesto entusiasmo en todo lo que puede.

La excusa del abordaje al actor es ese recital que liderará (junto a Tina Sainz, Emma Suárez, Nuria Gallardo, Gabino Diego y Javier Godino) los días 14 y 15 de diciembre en el teatro que, justamente, lleva el nombre del homenajeado, Fernando Fernán Gómez, aunque la verdad es que nunca es mal momento para robar unos minutos a Pepe Sacristán (Chinchón, 1937). Lo último que tiene entre manos es esta «profunda y sincera declaración de amor y respeto a alguien al que tuve el privilegio de conocer en profundidad». Uno de esos hombres renacentistas que hicieron de todo (y bien) y que le enseñó incluso más que sus padres, «entre otras cosas, porque tenía muchos más datos que ellos», asegura.

−¿Qué le enseñó?

−Una serie de cosas de las que Venancio y Nati no tenían ni puñetera idea. Aprendí de él lo que es una profesión como esta en un país como este, en el que hay que resignarse, buscar el equilibro y, sobre todo, no caer en lo patético de creerse nadie. Siempre con los pies en la tierra.

−¿Qué palabra define su relación con Fernán Gómez: maestro, amigo, espejo...?

−Cordialidad, consejo, referente...

−¿Cuál es ese «territorio particular», que dice, que rescata en esta lectura dramatizada?

−La España de los años 20, la historia de una cómica que no estaba en casa, las pensiones, los colegios y la vida precaria. Pero siempre dentro de un entorno de amor y protección como el que tenía, principalmente, a través de la figura de su abuela.

−Esa abuela era de un lugar muy cercano a su casa, era de Valdelaguna. ¿Se ve reflejado?

−Sí, lo hablaba siempre con él. Existe cierto paralelismo: esa hostilidad fuera de las puertas de casa, pero dentro yo también tenía la seguridad de mi tío y mi abuela, y de mi madre cuando estaba.

−Un buen homenaje a su amigo sería mandar «a la mierda» a alguien. ¿Tendría destinatario?

−[Se calla, piensa y mueve las manos como sin saber por dónde empezar] Los... [Vuelve a callar].

−¿No se le pasa el enfado con los antivacunas/negacionistas?

−Esos son la hostia. Si enfermaran desearía que se pagasen ellos todos los tratamientos. No hay derecho a que un imbécil de esos juegue con las vidas de los demás y desprecie a los sanitarios que se han estado dejando el pellejo durante meses por nosotros.

−¿Usted ya se ha puesto la tercera dosis?

−No porque no paro con la gira, pero en el momento que tenga un hueco lo haré, seguro.

−Cuando le dé caza la «señora de la parca», como llama a la muerte (algo que es una certeza para cada uno de nosotros), ¿cree que la derecha le querrá algo más que a Almudena Grandes?

−No tengo ni idea. Pero ni me lo planteo porque lo que pueda opinar la derecha sobre mí me es completamente indiferente. Respecto a Almudena, ahí está su obra para hablar por sí sola. Esta derecha es cicatera.

−Usted es un tipo malhablado cuando quiere, pero ¿qué opinión le merecen los insultos en el debate político?

−Es impresentable. Lo que más me jode y me preocupa es que estas actitudes obedecen a un patrón. Yo, cuando trabajo y por deformación profesional, elijo a Miguel Delibes o a Fernando Fernán Gómez. Estos políticos quieren la insolencia, como sus electores, y apelan a lo más innoble. Por ello, tenemos que ser conscientes de que eso nos da información sobre que no estaría mal que fuéramos más críticos con nosotros mismos y fuéramos capaces de neutralizar cualquier comportamiento impresentable. Todos tenemos nuestro nivel de responsabilidad.

−¿El «aquelarre», como llamó Casado a la reunión de Yolanda Díaz y compañía, le ilusiona?

−No me molesta. No me desagrada. Desde luego que me inspira más confianza que rechazo.

−Confió en Juan Carlos I, aunque hace tiempo que bajó de su barco. ¿Le ha decepcionado?

−Me es indiferente. Ha perdido todo el interés para mí. Que haga lo que quiera y donde quiera.

−¿Le preocupa que sus trabajos en Netflix y otras plataformas se puedan ver en catalán, vasco o gallego por ley?

−En absoluto. Hay una buena liada, sin embargo, no manejo los datos suficientes. Pero no me parece mal que cada uno defienda el derecho a que su idioma prevalezca.

−Esta semana se ha dado un pasito más con el fin de los ongi etorri, ¿qué siente cuando se sigue hablando de ETA?

−Los extremos siempre han sido una mierda. Y, por supuesto, que me gustaría que esta gente pida perdón de una puta vez por todo el daño provocado. Otra cosa es la mezquindad de la derecha al negar algo tan evidente como que ETA ya no existe. Las personas que están en las instituciones es porque se les ha votado y tienen el mismo derecho que ellos.

  • Dónde: Fernán Gómez Centro Cultural de la Villa (S. Guirau), Madrid. Cuándo: 14 y 15 de diciembre. Cuánto: 18 euros.

FERNANDITO Y LA CÓMICA

José Sacristán guarda en lo más adentro de su ser todas esas conversaciones que tuvo, durante años, con Fernando Fernán Gómez (en la imagen junto a su madre). Momentos que valen oro y que ahora trata de mostrar, en parte, en El hijo de la cómica. Es el nombre que ha escogido para titular la lectura dramatizada que firma y también es la forma con la que conocían a aquel niño que no paraba de jugar y alborotar. «¿Qué pasa, qué es eso?», decía los que pasaban por aquellas pensiones que fueron su hábitat natural. «Nada, es el hijo de la cómica», respondían los que le conocían. Todo ese mundo de la España de los años 20 es el que Sacristán ha querido condensar en 80 minutos. Un recital que se inicia con la primera parte de las memorias de Fernán Gómez, El tiempo amarillo, y que rinde tributo a la relación que tuvo el autor de «El viaje a ninguna parte» con su abuela, principalmente.