Historia

Stéphane Courtois: “El comunismo bueno solo existe en los sueños”

Se reedita «El libro negro del comunismo» porque las nuevas generaciones «tienen que conocer la realidad del siglo XX y no la propaganda y la mitología difundidas», defiende el historiador francés

El historiador Stéphane Courtois defiende que el comunismo se ha convertido en el símbolo de la «antilibertad»
El historiador Stéphane Courtois defiende que el comunismo se ha convertido en el símbolo de la «antilibertad» FOTO: dreamstime dreamstime

Cuando «El libro negro del comunismo» se editó por primera vez, en 1997, no tardaron los críticos en saltar por la supuesta exageración en las cifras de víctimas. Más de dos décadas después, no se han podido desmentir aquellos números, abrumadores. Es más, Stéphane Courtois (1947) asegura que las investigaciones realizadas desde 1998 así lo han «ratificado» porque «el texto no ha sido contradicho en nada. Se ha confirmado la dimensión criminal de los regímenes comunistas». Precisamente por eso, entre otras, Arzalia reedita el título que Courtois publicó junto a Werth, Panné, Paczkowski, Bartosek y Margolin, aunque hay otro motivo fundamental, según el historiador francés, que lleva a recuperar esta biblia: «La nueva generación, que no había nacido en 1997, tiene que conocer la realidad del comunismo del siglo XX y no la propaganda y la mitología difundidas».

–¿Qué ha cambiado en el comunismo en este tiempo?

–Un componente fundamental se ha hundido: el sistema comunista mundial organizado alrededor de la URSS y del Partido Comunista bolchevique desde 1918-1920. Pero siguen existiendo numerosos partidos y grupos comunistas o neocomunistas en la Unión Europea y tienden a reconvertirse adoptando los temas de la ecología radical, la descolonización o la teoría de género. Y, sobre todo, todavía hay Estados comunistas poderosos, como China, Corea del Norte, Cuba o Vietnam. Y tanto Rusia como Bielorrusia siguen estando gobernadas por cuadros del régimen totalitario soviético, que no han renegado, en absoluto, de sus antiguas creencias y prácticas de terror.

–¿Y qué diferencias hay entre los sistemas de ayer y de hoy?

–El comunismo de los años 1920-1950 fue un totalitarismo de alta intensidad en el que la ideología, la propaganda y el terror de masas estaban en su momento álgido. El sistema soviético de los años 1960-1980 y la China popular de 1980-2000 vivieron un totalitarismo de baja intensidad en el que la sociedad civil recuperó un poco de independencia, aunque no hubiera democracia. Después de 1989-1991, la antigua URSS se convirtió en un régimen autoritario. Y, en la China popular, la llegada al poder supremo de Xi Jinping marca, desde hace una década, un totalitarismo de baja intensidad muy sofisticado y que utiliza tecnologías de control ultra modernas, aunque continúe practicando el terror tradicional contra los tibetanos, los uigures o los demócratas de Hong Kong.

–¿Hablamos de una utopía?

–Sí. En origen, el comunismo se construyó, desde el final de la Revolución francesa, en 1795, con Gracchuis Babeuf, sobre la utopía de crear una sociedad en la que la propiedad privada y el enriquecimiento personal habrían desaparecido, lo que se suponía que haría desaparecer todos los conflictos entre los seres humanos. Marx había desarrollado una teoría pseudo histórica y Lenin trató de aplicarla, al igual que Mao. Hay que recordar que, si el sistema soviético se desmoronó, fue, en primer lugar, porque en el plano económico –y social– era totalmente ineficaz y obligaba a la población a vivir en la penuria permanente.

–¿Por qué los regímenes comunistas se tornan en dictaduras sangrientas?

–Al querer imponerse a cualquier precio, los poderes se vieron muy pronto confrontados a resistencias; primero, violentas y, después, más o menos masivas. Al oponerse fundamentalmente al principio democrático del voto que designa una mayoría que respeta el derecho de oposición de la minoría, solo tenían una solución: el terror de masas como forma de gobierno.

–¿Existe una cifra de víctimas?

–No hay datos precisos, pero podemos llegar a estimaciones bastante fiables: cien millones de muertos, básicamente víctimas del régimen soviético entre 1917 y 1953, bajo Lenin y Stalin; y, del régimen maoísta, al menos de 40 a 50 millones de campesinos muertos de hambre por la política del gran salto adelante de 1959-1961.

–¿Es posible hablar de comunismo «bueno»?

–Si lo hay, es imaginario, de ensueño, de pensadores utópicos.

–¿Por qué costó tanto hablar del «terror comunista» en las democracias de todo el mundo?

–Fue el resultado de un clima intelectual creado por los comunistas y sus cómplices (socialistas, anarquistas, a veces, cristianos, nacionalistas...) para impedir que fuera conocida la verdad sobre los regímenes comunistas.

–En Madrid se ha usado recientemente la expresión «comunismo o libertad». ¿Es correcta? ¿Son términos opuestos?

–La experiencia histórica del siglo XX ha demostrado que había una incompatibilidad total de ambos términos. El comunismo se ha convertido en un símbolo de «antilibertad» y de rechazo del Estado de derecho.

–¿Es equiparable el comunismo con el fascismo y con la extrema derecha?

–Evidentemente, el de tipo soviético puede –y debe– ser comparado con los regímenes fascista italiano y nazi alemán. Los tres fueron totalitarios. Es un tipo de sistema político inventado por Lenin, específico del siglo XX y diferente de otros tipos de dictadura bien conocidos desde Aristóteles.

–Antes ha citado a Cuba, ¿está próximo el final del comunismo en esta isla caribeña?

–Su población no aguanta más las penurias de la vida corriente y es, sin ninguna duda, por eso por lo que el régimen caerá y se transformará en uno autoritario en cuanto Raúl Castro haya desaparecido.

–¿Cómo se derrota al comunismo y cómo se sale de él?

–El problema es que se basa en una idea de igualdad y de felicidad que era la de la parte más radical de la Revolución francesa bajo Robespierre. Y esta idea es extraordinariamente demagógica porque remite a la perfección humana. Ahora bien, todo demuestra que la realidad es cruel y que la condición humana es imperfecta y difícil. Evidentemente, es muy importante actuar de modo que el ser humano pueda vivir lo menos mal posible, tanto en el plano económico y en el social, como en las relaciones entre razas, naciones y sexos; y eso depende en parte de la existencia de un buen gobierno. Pero hacer creer que se puede instaurar un paraíso en la tierra es una impostura que debe ser combatida sistemáticamente.

  • «El libro negro del comunismo» (Arzalia), de VV. AA., 1.088 páginas, 39,95 euros