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Aquí tienen al auténtico diablo de Tasmania

Jordi Casanovas presenta un programa doble de teatro «verbatim» en el que el juicio de La Manada se solapa con el interrogatorio a Martin Bryant tras la Masacre de Port Arthur en Australia.

  • Adrián Lastra se mete en la piel de Martin Bryant, un papel que reconoce que, de primeras, «me provocó un ataque de ansiedad»
    Adrián Lastra se mete en la piel de Martin Bryant, un papel que reconoce que, de primeras, «me provocó un ataque de ansiedad»

Tiempo de lectura 4 min.

01 de marzo de 2019. 10:22h

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Julián Herrero Madrid. 1/3/2019

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Como todo lo que ha rodeado al «Prenda» y a sus secuaces desde la noche de marras, el caso de la Manada ha arrasado con todo lo que se ponía delante. Ya sea por el morbo o por la reivindicación, cada paso de estos cabestros ha sido diseccionado por medios y sociedad hasta el último de sus detalles. También lo fue la puesta en escena –a cargo de Jordi Casanovas y Miguel del Arco– del caso; la representación de las transcripciones del juicio en «Jauría» fue noticia por esas ganas de seguir alimentando al chismoso devorador de información. ¿Era el momento de hacerlo o convenía esperar? ¿Por qué es necesaria esta función? ¿Qué trato se da a las partes, todavía a la espera de una sentencia definitiva?... Eran algunas de las cuestiones que se solapaban en el patio de una obra que ya ha pasado por Avilés y Granada, pero detrás de todo ello había mucho más. Había teatro. Había un programa doble del que este impactante montaje no era más que la mitad.

Lejos de los focos iniciales

En un segundo plano quedaba la otra parte, «Port Arthur», al que, entonando el «mea culpa», solo miramos de reojo hasta llegado el estreno en el Pavón Kamikaze madrileño, ahora, cuando David Serrano –director del mismo– se rinde ante lo inevitable: «Era una situación que teníamos más que clara desde el principio. Se sabía que el tema de la Manada era tan potente como para acaparar todos los focos. Después ya comprobamos que se trata de una obra maestra de Miguel y Jordi».

Y es que así son los tiempos, y la vida. No te toca igual lo que le ha pasado al vecino de enfrente que al de tres barrios más allá –una vez subido al escenario ya es otra cosa–. En cristiano: los abusos de Pamplona, por cercanía en el tiempo y en el espacio, llegan a cualquiera de nosotros antes e infinitamente más al fondo que las barbaridades que pudiera hacer un chaval de 29 años hace más de dos décadas en nuestras antípodas: 35 muertos y 23 heridos en el mayor tiroteo realizado por un hombre en Australia, concretamente en la prisión colonial de Port Arthur (Tasmania). Fue el episodio negro que conmocionó al país oceánico el 4 de julio del 96 y que difícilmente recuerda hoy la gente. Un caso que desató las teorías de la conspiración al otro lado del mundo apuntando a Bryant como la cabeza de turco de las altas esferas para restringir la posesión de armas de fuego. Fue esta la historia con la que se encontró Jordi Casanovas después de mucho buscar. El éxito pasado de «Ruz-Bárcenas» había centrado sus esfuerzos en dar con la transcripción de otro juicio –interrogatorio en este caso– con tanta fuerza como aquel. «Y este lo tenía», afirma, «empecé a leerlo y cada vez me iba enganchando más porque me trasladaba a las referencias cinematográficas que existen de casos similares», cuenta Casanovas de lo que le pareció «una obra de Pinter o Mamet». Así que cogió el material y se puso a dar sentido a las frases recogidas en el proceso «aussie» hasta convertirlo en un thriller «donde la información se va dosificando y creciendo a medida que avanza la trama», continúa. «Te atrapa porque ves que están pasando cosas extrañas sin saber muy bien qué es lo que ocurre», añade un Serrano que durante la primera parte de la obra pensó «que estaban utilizando a este chico como chivo expiatorio, pero una vez que avanza e investigas se ven cosas mal hechas durante todo el proceso».

De esta forma, el espectador se va introduciendo en el interrogatorio a un acusado que no recuerda haber hecho nada malo. «Su bajo cociente intelectual le hace ser como un niño de diez años», explica quien le interpreta, Adrián Lastra –que comparte reparto con Joaquín Climent y Javier Godino–: «Por ello cuenta su historia llena de mentiras, como un crío dice su verdad». Bryant sufre una amnesia que no puede resolver y de la que, aquí llega la trampa, los policías tratarán de aprovecharse: «Ellos tienen muy claro lo que ha pasado, pero hay un momento en el que no sabemos si le están sugiriendo a Martin lo que tiene que declarar o de verdad le están sacando lo que tiene dentro de la cabeza», comenta Jordi Casanovas.

Es la mente de una figura en la que le ha «costado» entrar a Lastra. «Me entró un ataque de ansiedad al principio y dije “no puedo hacerlo” porque me resultaba muy difícil empatizar con alguien así. Luego ya entendí que no debíamos preguntarnos por qué cometió los crímenes, pues en su cabeza eso no existía, así que había que irse hasta el inicio, donde estaba el origen del rechazo que sentía hacia la sociedad», desarrolla el actor de un personaje que sufrió «bullying» y al que no se le pudo diagnosticar ninguna enfermedad. «Ni esquizofrenias ni sociopatías, solo un bajo cociente intelectual que le convertía en un niño». Es por ello que Lastra, «sabiendo la barbaridad que hizo», habla de Bryant como «un demonio angelical».

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