La parábola de los talentos de Bale

“Nadie le echará de menos. Deja un club que le dio mucho más de lo que él le devolvió”

La parábola de los talentos es perfecto epítome, en sentido inverso, para resumir las siete temporadas de Bale en el Madrid. Dios le otorgó cinco talentos para jugar al fútbol, tantos como los del siervo más beneficiado en la alegoría bíblica. Este último los multiplicó por dos cuando su amo le pidió cuentas devolviéndole 10. Nuestro protagonista entró por la puerta grande del mejor club de la historia en 2013 con cinco talentos y se larga por la de atrás habiéndonos reintegrado un talento, uno y medio a lo sumo. Que sus condiciones eran portentosas se vieron antes siquiera de fichar por el Tottenham en 2007.

El Southampton se percató de sus dotes cuando apenas tenía nueve años y lo fue preparando para dar el salto de la triste Gales a la algo más divertida ciudad portuaria del sur de Inglaterra. Debutó con ¡16 años! Hasta entonces había destacado en todo lo que se había propuesto: desde el hockey hasta el rugby, pasando por el atletismo. Su velocidad es única. Al punto que un estudio científi co elaborado por el Pachuca mexicano determinó hace tres años que era el pelotero más rápido del planeta con una velocidad punta de 36,9 kilómetros por hora, dejando a años luz a Cristiano (33,6) y a Messi (32,5). Pero no era un simple velocista. Dominaba el balón francamente bien, militaba en el elenco de los mejores regateadores y tenía uno de los disparos más potentes del universo. Por si fuera poco, lanzaba faltas mejor, a mi juicio, que el mismísimo CR7. Notarán que hablo en pasado porque el, hasta el viernes, «11» del Madrid no es ni una triste sombra del gigante que fue. Su periplo por Chamartín empezó dejándonos boquiabiertos al ganar él solito la Copa de 2014 en una jugada que permanece indeleble en la memoria de madridistas, antimadridistas y mediopensionistas.

Ese desborde a Marc Bartra, en el que llegó a correr metro y medio fuera de la línea de banda, la posterior galopada de cuarenta y tantos metros y la culminación con ese golazo que dio la victoria a los merengues frente a los culés fi gura por derecho propio entre las mejores de la historia. Su otro hito fue el tanto por la escuadra que clasificó al Madrid para la fi al de esa Champions de Milán que supuso el inesperado primer exitazo de un Zidane, que tomó un equipo muerto y en cinco meses lo puso en la estratosfera. La finalísima de Kiev también es para enmarcar: ese antológico golazo de chilena, que encarriló un partido que hasta el minuto 61 vio desde el banquillo, consta igualmente en los anales.

El problema es que a un jugador que costó 100 millones, que ganaba 17 netos al año siendo el segundo mejor remunerado tras CR7, debe aportar más, muchísimo más que tres jugadones. Sus dos últimas temporadas son para llorar. Sin olvidar esa innata tendencia a lesionarse o lesionarse. ¿Cuántas veces se fue a jugar a golf estando de baja médica? Unas cuantas. ¿Cuántos encuentros se perdió por lesión? Exactamente, 101, un 40 por ciento de los que disputó con la camiseta blanca (251). Lo peor de todo es que teniendo talento para ser Balón de Oro se haya quedado en un jugador en permanente sospecha por culpa de su mala cabeza y su querencia a vivir más en Marte que en la Tierra. Nadie lo echará de menos. Tanta paz lleve como descanso deja a un club que le dio mucho más de lo que él le devolvió.