Opinión

Una política exterior lastrada por Podemos

Su oposición, por muy matizada que se haya vuelto, supone un factor de inestabilidad para el Gobierno, en una coyuntura que exige todo lo contrario

Editorial La Razón

El Gobierno no debería hacerse trampas en el solitario y reconocer que la sobreactuación de La Moncloa en los primeros compases de la crisis ucraniana justifica que la opinión pública se pregunte por la exclusión de nuestro país de una ronda de contactos de alto nivel, convocada por Estados Unidos, en la que participaban Italia y Polonia, junto con Francia, Alemania y Reino Unido. En cualquier caso, la imagen que proyecta España casa mal con la voluntarista afirmación de la portavoz gubernamental, Isabel Rodríguez, al término del Consejo de Ministros de ayer, de que el presidente Pedro Sánchez goza de un «absoluto liderazgo» en la escena internacional. Y casa mal porque lo cierto es que el Gobierno de un país miembro de la OTAN y de la UE, que ya tiene desplegadas unidades militares en la zona de conflicto y que se dispone a reforzarlas en el marco de una ampliación de la misión de la Alianza Atlántica, no ha participado, más que por representación interpuesta, en una reunión clave para el proceso de toma de decisiones. O lo que es lo mismo, el día que la fragata «Blas de Lezo» zarpaba hacia el mar Negro, nuestro Gobierno quedaba a expensas de la información que tuviera a bien trasladarle la presidenta de la Comisión Europea, Ursula Von der Leyen. Es cierto, y así lo venimos señalando, que el jefe del Ejecutivo, Pedro Sánchez, no escatima esfuerzos para robustecer las relaciones bilaterales con Washington, que no atraviesan, precisamente, su mejor momento, a tenor de los últimos acontecimientos, significativamente, el que supuso el respaldo de la Casa Blanca a las pretensiones de soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, cuyas consecuencias diplomáticas aún estamos pagando. A este respecto, el cambio de titular en Exteriores, por un profesional acreditado como José Manuel Albares, significaba un paso en la buena dirección, pero, de momento, no parece que sea suficiente. La realidad es que España no consigue trasladar la imagen de una política exterior que trascienda a los gobiernos de turno, por más que nadie pueda dudar de su firme alineamiento con lo que representan las democracias occidentales. Pero es que la imagen se construye, también, desde las formas y, ahí, el Gobierno actual viene lastrado por la presencia en su seno de una coalición radical de izquierda, que incluye al Partido Comunista, la mayoría de cuyos representantes no pierden una oportunidad de dar rienda suelta a un norteamericanismo primario, que llega a poner en duda la legitimidad de la OTAN, y que siempre les encuentra avalando o justificando algunas de las peores dictaduras del orbe. Lo hemos visto al inicio de la crisis de Ucrania, con las críticas destempladas al envío de refuerzos militares a la zona de conflicto, y no cabe duda de que su oposición, por muy matizada que se haya vuelto, supone un factor de inestabilidad para el Gobierno, en una coyuntura que exige todo lo contrario.