Arrimadas y la maldición de los cinco años

La líder de Ciudadanos asume una estrategia arriesgada para evitar el destino de los anteriores partidos liberales en España

Que el tiempo es un concepto relativo no es ninguna novedad: a veces transcurre lento y otras parece que se precipitara. En política, también. Hace ahora un año España estrenaba el primer Gobierno de coalición de la democracia. Por sorpresa (casi) para todos, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias sellaban un acuerdo que necesitó aún varios meses, hasta enero, para forjar una ajustada mayoría en el Congreso que los llevara a Moncloa. Pero lo lograron y esta semana han vuelto a repetir gesta de sumas complejas. Los presupuestos, la piedra de toque de todo gobierno, han dado los primeros pasos en su tramitación y, con ellos, el horizonte de la legislatura parece fijarse donde marca la ortodoxia de los cuatros años, es decir, en 2023. Con las cuentas aprobadas, los siguientes ejercicios podrían salvarse con las ya habituales prórrogas y garantizar a Sánchez e Iglesias su continuidad en el Ejecutivo. Aunque si el tiempo es relativo, los apoyos políticos pueden serlo aún más. Basta recordar lo que duró la estabilidad para Mariano Rajoy una vez aprobados los presupuestos en 2018. Exactamente el lapso temporal entre el «sí» del PNV del 23 de mayo y la moción de censura que triunfó el 1 de junio: unos eternos nueve días. Como el periodista Julio Camba describía en uno de sus artículos a principios del siglo pasado: «¡La prisa! ¡La calma! No hay dos palabras en las que se encierren conceptos más relativos».

Auges y caídas

Y aunque nada puede darse en política por seguro, todo apunta a que esta vez las cuentas sí sostendrán al Gobierno por un periodo más prolongado, sobre todo teniendo en cuenta que la mayoría de la moción (que después se convertiría en la de la investidura) se consolida votación tras votación en el Congreso. En este primer año de legislatura (que ha transcurrido rápido y lento, según se mire), PSOE y Podemos están aprendiendo a convivir; independentistas, nacionalistas y regionalistas, van ensamblando sus alianzas parlamentarias con la bancada azul; el PP marca sus primeras (y contundentes) distancias con Vox, y Ciudadanos intenta defender su espacio en el espectro electoral y retener el papel de actor relevante. De todos los partidos y de todas las circunstancias, Inés Arrimadas se enfrenta a la encrucijada más agónica y decisiva. Recibió una herencia de diez diputados y unas siglas en proceso de deconstrucción en un país en el que el centro ha sido sistemáticamente canibalizado por la derecha, por la izquierda o por ambas a la vez.

Desde la Transición han existido en España hasta cuatro partidos que se han situado en ese ámbito ideológico y que han visto cómo sus expectativas electorales han fluctuado a gran velocidad, con auges y caídas vertiginosas. La Unión de Centro Democrático (UCD) de Adolfo Suárez logró la victoria en las elecciones de 1977 y 1979 con 165 y 168 escaños de los 350 del Hemiciclo. En apenas cinco años, en los comicios del 82 y con Landelino Lavilla como candidato, perdió casi cinco millones de votos y 157 diputados. El Centro Democrático y Social (CDS), que coincidió con UCD en el centro político, consiguió una modesta representación en el Congreso en las legislaturas del 82, 86 y 89 con un máximo de 19 escaños.

Años más tarde, Rosa Díez fundó Unión, Progreso y Democracia (UPyD), otro partido que trató de desligarse del tradicional eje izquierda-derecha, y que obtuvo representación parlamentaria en las convocatorias de 2008 y 2011 para desaparecer de la carrera de San Jerónimo en 2015. UPyD confirma el patrón que repiten los partidos de centro: irrumpen en la vida política para desvanecerse en un plazo de unos cinco años (según la cadencia de las legislaturas). Como si hubiera un techo de cristal en el centrismo.

Un dilema existencial

Desde 2015 Ciudadanos enarbola la bandera liberal, moderada o de la tercera vía (que de todas estas formas puede definirse). El partido, liderado entonces por Albert Rivera, obtuvo 40 diputados aquel año; logró 32 en 2016 y vivió en 2019 su particular esquizofrenia electoral pasando de los 57 escaños de abril a los diez de noviembre. Una estrepitosa caída que lleva de nuevo al centro político al borde del abismo. Gestionar esta debacle requiere de una operación arriesgada y Arrimadas la ha puesto en marcha pese a los obstáculos internos y externos. Aunque fuentes de Ciudadanos insisten en negar las críticas que cuestionan el acercamiento a Sánchez, la realidad es que mantener abierta la negociación con el PSOE, mientras Otegi se consolida como socio habitual, genera dudas entre fundadores y miembros destacados del partido que lo consideran incompatible con sus principios liberales.

A este frente interno se suma, además, la dificultad para explicar ese complicado equilibrio al potencial electorado de Ciudadanos (o, al menos, al millón de votantes que hace un año se escaparon a la abstención). Arrimadas se enfrenta al dilema de diluirse, por estar demasiado cerca del PP, o marcar perfil propio para ser decisiva, pese al riesgo claro de cierta renuncia ideológica. Quizá haya recurrido al consejo que daba Suárez (único líder de centro que ha llegado a Moncloa) cuando afirmaba que «la vida siempre te da dos opciones; la cómoda y la difícil». De momento, ella apuesta por la «política útil» y la «mano tendida» para evidenciar que Sánchez no está abocado a pactar con ERC y Bildu. Y aunque el primer reto no está lejos (el 14 de febrero son las elecciones catalanas), solo el tiempo, ese relativo, dirá si la estrategia de Arrimadas se traduce en éxito político y si logra vencer al fantasma que cada cinco años visita a los partidos de centro.