El año de los héroes anónimos

Pocos conocen los nombres de los miles de ciudadanos que durante los peores meses de la pandemia decidieron aparcar su miedo para ponerse al lado de los más vulnerables y salvar a una sociedad que temblaba ante el avance de un virus descontrolado. A punto de dejar atrás el fatídico 2020, LA RAZÓN pone rostro a algunos de estos filántropos que se convirtieron en nuestra mejor vacuna

A cualquier iluminado que se le preguntara hace un año por lo que nos depararía 2020 ni de lejos habría rozado la realidad. El planeta colapsó ante la llegada de un fatídico virus exportado de China que nos replegó a todos los ciudadanos ante el miedo, la enfermedad y la muerte. La Covid-19 trastocó los planes de vida de una población que asistía incrédula a una pandemia digna de una película de ciencia ficción. Y en medio de un sufrido encierro, de la incertidumbre y la angustia, surgieron miles de personas que de manera altruista y fines meramente filantrópicos quisieron poner su granito de arena para que el dolor fuera más llevadero.

Anónimos que lejos de buscar la fama, el poder o el dinero que marcan las constantes vitales de nuestra sociedad optaron desde la sombra por remar a favor de una solución al caos para el que ni los políticos ponían freno. Personas generosas que estuvieron al lado de los más vulnerables y que, sin saberlo, se convirtieron en un paliativo que quedará grabado para siempre en el recuerdo. Hoy, a punto de entrar en el nuevo año, LA RAZÓN habla con algunos de estos héroes que, precisamente, huyen de tal apelativo porque para ellos no fue más que instinto, un impulso de supervivencia para que un virus no consiguiera arrancar de cuajo los cimientos de una sociedad que tantos siglos llevamos construyendo.

Yolanda Martín, 48 años. Esta hostelera de Cogeces del Monte, en Valladolid, fue la responsable de que a sus 400 vecinos no les faltara comida ni medicamentos durante las peores semanas de confinamiento total. Cada mañana, después de anotar todas las necesidades, iba en coche junto a su marido a hacer la compra para ellos, les cocinaba y vigilaba que todos estuvieran bien. A día de hoy, todavía le agradecen su iniciativa por las calles del pueblo.
Yolanda Martín, 48 años. Esta hostelera de Cogeces del Monte, en Valladolid, fue la responsable de que a sus 400 vecinos no les faltara comida ni medicamentos durante las peores semanas de confinamiento total. Cada mañana, después de anotar todas las necesidades, iba en coche junto a su marido a hacer la compra para ellos, les cocinaba y vigilaba que todos estuvieran bien. A día de hoy, todavía le agradecen su iniciativa por las calles del pueblo. FOTO: Alberto R. Roldán La Razón

Yolanda Martín es una de ellas y en el pueblo vallisoletano de Cogeces del Monte no hay nadie que no se emocione cuando se pronuncia su nombre. En este pequeño municipio en el que residen poco más de 400 personas, la mayoría de avanzada edad, esta mujer de 48 años fue la que garantizó que a ninguno de sus vecinos le faltara comida ni medicinas. Ella hizo a diario la compra para todos, les cocino y acudió a la farmacia con sus recetas. Yolanda quita importancia a su generosidad con un sencillo «es lo que había que hacer» mientras relata cómo gestionó la situación junto a su marido, Modesto.

«En cuanto nos confinaron me di cuenta de que había muchos vecinos que estaban solos, eran mayores y tenían miedo, así que me puse en contacto con el Ayuntamiento y propuse gestionar sus necesidades. Así, a primera hora de la mañana apuntaba todos los pedidos, iba a la compra, cocinaba varios platos y recogía las medicinas en la farmacia. Era también una manera de saber que todos estaban bien porque cuando veía las persianas bajadas durante días pensaba que les pasaba algo. Normalmente hacía media docena de pedidos al día», relata Yolanda, hostelera de profesión.

Monedas en el cazamoscas

Yolanda todavía recuerda cómo varios vecinos querían dejarle propina por su dedicación: «Y yo les decía que ni se les ocurriera, faltaría más. Yo lo hacía encantada. Era curioso como, en aquel momento en el que no sabíamos ni cómo se contagiaba el virus, muchos me pagaban el pedido a través de la ventana y con el dinero metido en el cazamoscas», recuerda. Para evitar cualquier contacto, ella dejaba las bolsas en el umbral de la puerta e intercambiaba algunas palabras con ellos, «para así darles conversación y hacerles el confinamiento más agradable».

Además, como buena cocinera y regente del restaurante Maryobeli, preparaba cada día tres primeros y tres segundos, para que los vecinos eligieran menú. «Sé que muchos me hacían encargo para que mi negocio pudiera sobrevivir, porque ellos podían cocinar perfectamente. Era su muestra de agradecimiento y yo no lo olvidaré. En definitiva creo que nos ayudamos los unos a los otros como pudimos», subraya. Algunos, incluso, le encargaban el menú de toda la semana «y yo lo hacía tan contenta, luego se lo llevaba a su casa y me servía para sentirme útil», añade.

Angelines Duque, 80 años. Maestra de profesión, se puso manos a la obra en la elaboración de mascarillas desde que saltó la alarma por la escasez de equipos de protección individual para los ciudadanos. Desde su casa de Espirdo, en Segovia, se coordinó con otras vecinas para levantar una cadena de costureras que llegaron a producir más de 3.000 unidades
Angelines Duque, 80 años. Maestra de profesión, se puso manos a la obra en la elaboración de mascarillas desde que saltó la alarma por la escasez de equipos de protección individual para los ciudadanos. Desde su casa de Espirdo, en Segovia, se coordinó con otras vecinas para levantar una cadena de costureras que llegaron a producir más de 3.000 unidades FOTO: Alberto R. Roldán La Razón

Quien también sintió esta necesidad fue Angelines Duque, una abuela de 80 años que en cuanto escuchó que no había mascarillas suficientes para los ciudadanos decidió ponerse manos a la obra. Ella tenía una máquina de coser en casa y aunque se reconoce como poco ducha en la materia no dudó en contactar con otras amigas del pueblo para formar un pelotón de costureras solidarias. Y así, en Espirdo, Segovia, media docena de mujeres se dedicaron a cortar y coser durante días. Mañana y noche. Sin descanso. «Yo vivo sola y, la verdad, me sirvió también para distraerme porque las horas del día se hacían largas. Así que si además de estar entretenida podía colaborar un poco a que todo fuera mejor, qué más puedo pedir», dice la octogenaria.

Ella se especializó en el corte «y, oye, cómo cansa cortar esa tela», dice. El material lo donó de manera gratuita su sobrino, que trabaja en una tienda de telas en la capital. «Lo traían hasta mi puerta, lo dejaban en una bolsa y yo iba cortando trocitos de 20x20 centímetros que amontonaba hasta que tenía una buena cantidad y se lo pasaba a la siguiente», rememora.

Poco a poco fueron perfeccionando la técnica y ahora, que siguen haciendo algunas unidades para organizaciones benéficas, incluso las decoran con bonitas ilustraciones que suele hacer Angelines. Ella llegó a cortar en el punto álgido de la crisis sanitaria hasta 50 unidades al día. «Creo que fue de utilidad para cubrir la demanda de aquel momento. Si no me equivoco, llegamos a fabricar en total unas 3.000 mascarillas, con las que cubrimos las peticiones que había en nuestro Ayuntamiento que integra a tres pueblos: Espirdo, Tizneros y La Higuera. Creo que, finalmente, repartimos un par por habitante», puntualiza.

Pedro Javier Cerrajero, 47 años. Cuando gran parte de la población temía estar en contacto con sanitarios que trataban la Covid, este taxista madrileño se ofreció a llevar de manera gratuita a los médicos y enfermeros de los centros de salud en sus visitas domiciliarias a pacientes infectados. Realizó más de un centenar de carreras gratis.
Pedro Javier Cerrajero, 47 años. Cuando gran parte de la población temía estar en contacto con sanitarios que trataban la Covid, este taxista madrileño se ofreció a llevar de manera gratuita a los médicos y enfermeros de los centros de salud en sus visitas domiciliarias a pacientes infectados. Realizó más de un centenar de carreras gratis. FOTO: Jesús G. Feria La Razon

Pedro Cerrajero fue otro de esos ciudadanos altruistas que no pudo permanecer impasible ante las infinitas necesidades que surgieron de la noche a la mañana. Este hombre de 44 años, taxista de profesión y padre de dos hijos, no dudó un momento a la hora de unirse a la iniciativa solidaria de la emisora Radio Teléfono Taxi (RTT). Cada día, este hijo de taxista, compaginaba su trabajo, considerado esencial, con la demanda de viajes gratuitos que le llegaban a través del grupo de WhatsApp.

Fueron días extraños, con un Madrid vacío por completo. En lo peor del encierro domiciliario Pedro llegó a realizar más de un centenar de servicios para los médicos y enfermeras de los Centros de Salud que tenían que acudir a visitar a los enfermos a sus viviendas. En ocasiones la ruta le podía llevar hasta cuatro horas, ya fuera porque había varios pacientes a los que asistir o porque la gravedad de uno en concreto así lo demandaba.

«Los recogíamos en el centro y luego los llevábamos de vuelta. No te voy a negar que sentíamos miedo por la situación, aunque lográbamos superarlo y poner por delante la necesidad que había. Yo pensaba que cualquiera de esos enfermos podía ser mi padre o yo mismo», cuenta Pedro. Él no sabe si ha pasado la Covid-19 porque no ha tenido síntoma alguno, aunque siempre trató de extremar las medidas de precaución al regresar a casa para no infectar a los suyos, que apenas salían de casa.

Encuentro inesperado

Todavía se le quiebra la voz cuando recuerda cómo fueron aquellas jornadas tan amargas. Hubo un viaje que le causó una emoción especial entre el más del centenar que llegó a realizar: «Recibí una llamada de Bohadilla del Monte para que recogiera a una enfermera y cuando llegué me di cuenta de que era una de las mejores amigas de mi mujer». Los sanitarios que se sentaron en su taxi también cargaban con sus propios temores que dejaban a un lado porque «todos tratábamos de hacer nuestro trabajo lo mejor posible». El Ayuntamiento de Alcorcón quiso homenajear a Pedro y a otros compañeros por su importante contribución al bienestar de los demás en un acto en el que les entregaron un sobre con una cantidad simbólica para llenar un depósito de combustible. La crisis que afronta el sector es ahora la principal preocupación de este buen ciudadano que hace cuatro años compró su taxi por una cantidad que, a día de hoy, es menos de la mitad.

Juan Carlos Sánchez, de 52 años. El día que este administrativo del Hospital Vithas La Milagrosa escuchó por televisión que el laboratorio Janssen iba a realizar un ensayo clínico de la vacuna contra la Covid en España llamó para apuntarse. De hecho, es el único estudio que se ha realizado en nuestro país y en el que participan 225 personas.
Juan Carlos Sánchez, de 52 años. El día que este administrativo del Hospital Vithas La Milagrosa escuchó por televisión que el laboratorio Janssen iba a realizar un ensayo clínico de la vacuna contra la Covid en España llamó para apuntarse. De hecho, es el único estudio que se ha realizado en nuestro país y en el que participan 225 personas. FOTO: Jesús G. Feria La Razon

Otro de estos rostros anónimos es el de Juan Carlos Sánchez, uno de los contados españoles que han participado en el único ensayo de la vacuna contra la Covid-19 que se está realizando en nuestro país. Este administrativo de 52 años del Hospital Vithas La Milagrosa de Madrid acudió raudo a apuntarse al estudio del laboratorio Janssen en cuanto lo escuchó por televisión. Actualmente son 225 españoles los que forman parte del ensayo que se encuentra en la fase dos. «Yo sé que soy uno de los 180 que hemos recibido la vacuna. A pesar de que el estudio es doble ciego, es decir, que ni sanitarios ni pacientes saben sin les están inoculando el virus, yo sí he presentado algo de febrícula después de las dos primeras dosis que ya he recibido», explica a este diario.

Juan Carlos asegura que no se siente un héroe por haber decidido someterse a esta investigación ni tampoco le gusta que se refieran a él como «conejillo de indias»: «Es algo que había que hacer, si no hubiera personas que aceptaran probar la vacuna, ésta no habría podido ser desarrollada. Si tenemos vacunas es porque hay personas que se han prestado como voluntarios. Yo lo valoré y la verdad es que lo tenía bastante claro».

Revela que en ningún momento ha pasado miedo, ni temido por las posibles consecuencias de someterse a este ensayo. Eso sí, a su familia decidió decírselo un tiempo después de presentarse como voluntario porque sabía que se preocuparían. «Al principio recibieron la noticia con incredulidad y sorpresa. Pero más tarde, todo mi entorno me ha felicitado y dado ánimos. Hasta me han dicho que soy un valiente. Yo no lo veo así, soy una persona normal que ha decidido poner su grano de arena en la búsqueda de la solución para esta pandemia».

“Por el bien de todos”

Juan Carlos, que ha trabajado durante 36 como celador del hospital, aunque recientemente se cambió al área administrativa, es una persona altamente concienciada con la ayuda al prójimo. De hecho, dona sangre unas 2 o 4 veces al año, «en total llevaré unas 65 donaciones», apunta, y es también donante de médula y órganos. A la espera de recibir la tercera dosis en marzo, la cual ya ha sido administrada en Estados Unidos con muy buenos resultados, explica a LA RAZÓN que durante el proceso ha podido hacer vida totalmente normal.

«No te prohíben nada, bueno, no puedo donar sangre y eso me da bastante rabia, pero por lo demás es todo normal. Sigo con los controles que me hacen, las analíticas, los diarios de incidencias y las revisiones propias del estudio. Además tengo un teléfono de contacto 24 horas por si ocurre algo. La verdad que este laboratorio daba todas las garantías para sentirse seguro y así ha sido. A ver si se completa en breve y disponemos de una nueva vacuna», asevera a modo de deseo para el nuevo año.

Andoni Martínez, 50 años. Este tenor vasco decidió amenizar a sus vecinos cada tarde con una pieza de ópera. Su iniciativa comenzó de manera espontánea y luego se convirtió en una rutina. Después de los aplausos de las 20:00 y un breve silencio, Martínez «daba algunos gritos», como él dice entre risas. Su voz conquistó a todo el vecindario, que incluso le hacían peticiones. ¿El mayor éxito?: «O sole mio».
Andoni Martínez, 50 años. Este tenor vasco decidió amenizar a sus vecinos cada tarde con una pieza de ópera. Su iniciativa comenzó de manera espontánea y luego se convirtió en una rutina. Después de los aplausos de las 20:00 y un breve silencio, Martínez «daba algunos gritos», como él dice entre risas. Su voz conquistó a todo el vecindario, que incluso le hacían peticiones. ¿El mayor éxito?: «O sole mio». FOTO: La Razón

En Getxo nos atiende una de las personas que durante semanas, desde el balcón de su casa, hizo que a sus vecinos les pasaran más rápido las desesperantes horas de confinamiento. Andoni Martínez, tenor profesional, ante el silencio que reinaba en su patio a la ya conocida como «hora de los aplausos» decidió «salir a dar unos gritos al balcón». Unos gritos bien entonados que ya le gustaría a más de uno, eso sí. «Fue como una llamada de Tarzán, empecé a entonar el ’'O sole mio’' con una base musical de fondo y un bafle. Al empezar a escuchar los gritos la gente comenzó a salir. Se quedaron un poco alucinados, pero según pasaban los días se animaron y hasta me hacían peticiones», recuerda.

Lo que para él comenzó como algo «impulsivo», se convirtió casi en un trabajo: «Me dedicaba gran parte del día a seleccionar canciones, entre clásicos y algunos más populares. Elegía la base instrumental y calentaba la voz. Me sirvió para mantenerme ocupado, pero claro con el tiempo la presión era cada vez mayor porque se hizo viral y tenía que prepararme bien, era toda una responsabilidad», recuerda.

Así entonó más de 55 temas, entre los que triunfó sin duda el Nessun dorma de la ópera Turandot de Puccini y algún que otro bolero. La plaza de San Nicolás de Algorta, donde reside el cantante lírico, se convirtió en un absoluto templo de la ópera. Los vecinos, que desconocían tener un artista entre ellos, se animaban incluso con los coros. «Fue algo muy bonito. Además, noté que había muchos jóvenes entusiasmados y me alegró porque fue también un modo de acercar este tipo de música a una población que no suele hacerle demasiado caso», reflexiona.

Reconocimiento a pie de calle

Después de varias semanas «dando el cante», «a mis hijos les deba bastante vergüenza lo que hacía, pero son adolescentes y hay que entenderlo», decidió que había que poner fin a esta iniciativa espontánea que se había convertido ya en un auténtico compromiso laboral: «Cuando se permitió salir a pasear decidí que era el momento de la despedida. Fue muy emotiva. A día de hoy la gente, cuando me ve por la calle, me sigue agradeciendo lo que hice. Para mí fue un placer», reconoce. De hecho ha grabado un disco con los doce temas más exitosos de «su balcón» a través de una colaboración solidaria con Cáritas. Ahora, Andoni espera que los coliseos regresen a su actividad habitual, que abran las puertas al público y así poder retomar su profesión al 100%.

Abril Rodríguez, 12 años. Esta joven madrileña fue una de las que, durante los meses más duros de confinamiento, decidió escribir cartas desde su casa a los enfermos de Covid que permanecían ingresados en el hospital. Todo surgió a raíz de la propuesta de uno de los ex alumnos de su colegio Mirasur de Pinto, a la que después se sumaron más alumnos. En total, escribieron más de un centenar de misivas.
Abril Rodríguez, 12 años. Esta joven madrileña fue una de las que, durante los meses más duros de confinamiento, decidió escribir cartas desde su casa a los enfermos de Covid que permanecían ingresados en el hospital. Todo surgió a raíz de la propuesta de uno de los ex alumnos de su colegio Mirasur de Pinto, a la que después se sumaron más alumnos. En total, escribieron más de un centenar de misivas. FOTO: Luis Díaz La Razón

Si algo bueno ha traído esta terrible pandemia es que ha despertado una conciencia solidaria intergeneracional que difícilmente se habría dado de otra forma. Éste fue el caso de Abril Rodríguez Barco y de toda su clase de sexto de Primaria del colegio Mirasur de Pinto, en Madrid, que durante el confinamiento escribieron más de un centenar de cartas a personas ingresadas en el hospital de Segovia. La iniciativa partió de un ex alumno del centro, José María Alonso, que trabaja como médico en dicho centro y rápidamente los niños y niñas del Mirasur se pusieron a ello.

A Abril le motivó el hecho de pensar que habría enfermos que se sentirían muy solos y quiso transmitirles un mensaje de esperanza entre tanto dolor: «Traté de ponerme en sus zapatos y de sentir lo que ellos estarían sintiendo. Quería decirles que cuando una puerta se cierra, hay otras muchas ventanas alrededor que se abren y que debemos dejar de concentrarnos en esa puerta para ver las otras salidas», explica.

La hora del vermut

Pero esta no fue la única iniciativa solidaria de Abril durante la época más difícil de la crisis sanitaria. Con su madre, Almudena, se dedicó a dinamizar la calle de casas adosadas en la que vivían y en la que apenas conocían a sus vecinos. Todo ello cambió. Cada tarde, después del aplauso de las ocho, ponían una canción diferente y cuando se enteraban de que era el cumpleaños de algún vecino Abril le grababa un audio especial y lo reproducían para toda la urbanización.

También se inventaron la «hora del vermut» de los sábados. Ponían canciones de pasodoble en los altavoces y las parejas más mayores se marcaban unos pasos de baile en el patio trasero. Todo aquello le fue devuelto a Abril con creces. El día de su cumpleaños el pasado mes de mayo, todos los vecinos decoraron sus casas con flores y guirnaldas en su honor. Era su forma de felicitarla y de agradecerle los ánimos que les había insuflado.

Juanjo Amorín, 46 años. La foto de una bandeja de empanadillas caseras que este empresario subió a Twitter desató un movimiento que traspasó fronteras. La gran acogida que tuvo su idea de cocinar para los sanitarios durante los primeros meses de la crisis sanitaria llegó incluso a suramérica. En tres días, y gracias a voluntarios, se creo la web «Yo te cocino» en la que se apuntaron más de 1.000 personas que ofrecían túpers caseros en las inmediaciones de los hospitales.
Juanjo Amorín, 46 años. La foto de una bandeja de empanadillas caseras que este empresario subió a Twitter desató un movimiento que traspasó fronteras. La gran acogida que tuvo su idea de cocinar para los sanitarios durante los primeros meses de la crisis sanitaria llegó incluso a suramérica. En tres días, y gracias a voluntarios, se creo la web «Yo te cocino» en la que se apuntaron más de 1.000 personas que ofrecían túpers caseros en las inmediaciones de los hospitales. FOTO: Alberto R. Roldán La Razón

Y al tiempo que Abril escribía cartas, Juanjo Amorín preparaba túpers. Tal fue su éxito que llegó a crear todo un movimiento que se llamó «Yo te cocino». «Todo surgió el primer fin de semana de la cuarentena. Suelo cocinar en grandes cantidades para toda la semana. Hice un montón de empanadillas sin darme cuenta, se me fue de las manos. Subí una foto a Twitter en la que ponía: ’'Si algún sanitario está hasta arriba de trabajo y no tiene tiempo para cocinar que pase a recoger alguna empanadilla. Me fui a duchar y cuando me conecté de nuevo comprobé que había un hilo enorme de respuestas», rememora.

Varias personas contactaron con él para desarrollar una plataforma en la que pusiera en contacto a cocinillas con sanitarios y así ofrecerles túpers de manera gratuita. «En tres días se creó una plataforma tipo Bla Bla Car, que en otras condiciones habría tardado más de tres meses en lanzarse. Muchísima gente de manera desinteresada se puso manos a la obra. Aluciné». A lo largo del confinamiento más de 10.000 personas ofrecieron comida. Juanjo todavía recuerda el último plato de lentejas que preparó para dos enfermeras del Hospital La Princesa de Madrid a primeros de mayo. El procedimiento era el siguiente: los cocinillas, la mayoría residentes en zonas cercanas a los hospitales, ofrecían sus servicios y los sanitarios, a través de la web, contactaban con ellos y se intercambiaban los teléfonos. Acordaban una hora y el «chef» dejaba en el rellano su túper. Sin contacto físico.

“El honor de vivir esto con mi hijo”

Este empresario digital de 46 años asegura que para él este reto supuso un máster total en nutrición: «Los voluntarios me preguntaban detalles sobre cocina sobre los que yo no tenía ni idea. Así que buscaba por internet y les respondía sobre procesos, grados de cocción, tiempos, los productos que se pueden congelar y los que no... etc. Incluyo llegué a hacer propuestas de recetas fáciles», dice.

«Fue un momento de imaginación total. Para mí fue maravilloso poder compartir esta experiencia con mi hijo, fue una lección de valores. De hecho, el movimiento se expandió también por Suramérica. Esto me ha demostrado que en este mundo en el que vivimos hay más gente buena que mala, lo único que los malos hacen mucho más ruido», concluye.

Josué Labios, 22 años. Universitarios contra la pandemia fue una iniciativa que llevó a cabo este estudiante de Económicas junto a su novia Aitana. Al principio se sumaron otros cuatro amigos de la Carlos III de Madrid, pero a los pocos días eran más de 650 voluntarios los que ofrecían gratuitamente sus conocimientos a las familias que no podían atender a sus hijos y necesitaban un apoyo extra. En total, ayudaron a más de 1.200 personas.
Josué Labios, 22 años. Universitarios contra la pandemia fue una iniciativa que llevó a cabo este estudiante de Económicas junto a su novia Aitana. Al principio se sumaron otros cuatro amigos de la Carlos III de Madrid, pero a los pocos días eran más de 650 voluntarios los que ofrecían gratuitamente sus conocimientos a las familias que no podían atender a sus hijos y necesitaban un apoyo extra. En total, ayudaron a más de 1.200 personas. FOTO: ©Gonzalo Pérez Mata La Razón

En la primera categoría a la que hace referencia Juanjo también se encuentra Josué Labios, un estudiante de Economía y Estudios Internacionales que, junto a su novia Aitana, decidió volcar su conocimiento en un proyecto de clases particulares gratuitas para los escolares que habían quedado «descolgados» tras el parón en las aulas. «No podíamos quedarnos de brazos cruzados. Temíamos que los más pequeños que no tuvieran refuerzo en casa o que no pudieran tener un acceso correcto a las clases online quedaran rezagados. El impacto social podía ser enorme. De este modo hicimos una página web, llamada Universitarios contra la pandemia, en la que se ponía en contacto a voluntarios universitarios con las familias que no podían ayudar a sus hijos. Lo movimos por redes y fue un éxito total. El crecimiento fue exponencial», reconoce.

Comenzaron a ejercer de profesores particulares seis amigos del grupo de la universidad Carlos III, donde todos estudiaban y al poco tiempo sumaron más de 650 en todo el país: «Nos escribían voluntarios para decirnos en qué áreas de conocimiento podían apoyar a los niños. Luego recibíamos las solicitudes de las familias que nos contaban sus necesidades y a través de un algoritmo que hicieron algunos compañeros se les ponían en contacto. Luego ya entre ellos gestionaban las horas de la clase».

Una experiencia inolvidable

Lo que Josué quiere dejar claro es que en ningún momento trataron de sustituir a la educación formal ni a los profesores particulares, sino servir de apoyo a la alta demanda que en aquel momento se generó. «De hecho, la plataforma ya está cerrada. Estamos orgullosos de haber ayudado a más de 1.200 familias. Enviamos una encuesta de satisfacción para ver cómo podíamos mejorar y la verdad es que la reacción fue estupenda, nos llegaron muchas felicitaciones».

Este estudiante, que confiesa que no baraja dedicarse a la docencia en el futuro, «prefiero la consultoría», confiesa que las primeras semanas fueron de trabajo constante mañana y noche. Él empezó dando clases de matemáticas y de inglés, pero más tarde tuvo que dedicarse en exclusiva a la administración de la oferta de profesores y demanda de los mismos. «A raíz de esta iniciativa, hay muchas familias que siguen en contacto con los estudiantes-profesores. Me ha asombrado la capacidad de ayudar que tiene la gente y la disposición de los estudiantes. Creo que esto dejará huella», vaticina.

Enrique Arribere, 44 años. El parón forzoso de este piloto le llevó a volcarse en algo sobre lo que llevaba mucho tiempo pensado: ayudar a otros de manera desinteresada. Frente a su casa constató como las conocidas como «colas del hambre» crecían cada día. "Dábamos hasta 1.300 raciones al día", recuerda
Enrique Arribere, 44 años. El parón forzoso de este piloto le llevó a volcarse en algo sobre lo que llevaba mucho tiempo pensado: ayudar a otros de manera desinteresada. Frente a su casa constató como las conocidas como «colas del hambre» crecían cada día. "Dábamos hasta 1.300 raciones al día", recuerda FOTO: Jesús G. Feria La Razon

Fueron miles de personas las que durante semanas sacaron lo mejor de sí, que empatizaron con los más necesitados y demostraron la grandeza de una sociedad que, habitualmente, está más acostumbrada a la crispación que al entendimiento. Otro caso representativo es el de la familia de Enrique Arribere que, cada día, a la hora de los aplausos, saludaba a los «vecinos» del Centro de Día situado al otro lado de la calle. Este piloto militar, de 44 años, acababa de volver a España después de varios años en Qatar para incorporarse a Iberia cuando llegó el mazazo del coronavirus.

El parón forzoso del confinamiento le sirvió en bandeja la oportunidad de hacer lo que llevaba mucho tiempo dando vueltas en su cabeza: ayudar a otros de forma desinteresada. Una madre que acudía cada día a recoger a su hija al Centro de Día le dio la idea y se puso en marcha. Desde finales de abril, acudió fiel a su cita de lunes a viernes con las personas necesitadas que hacían cola frente a la Iglesia vallecana de San Ramón Nonato.

El «Legado de María de Villota» ha alimentado desde el principio de la crisis sanitaria a miles de personas. «La primera vez para mí fue un ‘shock’ total, la plaza estaba llena de gente, las filas daban la vuelta a la manzana. Hubo días que llegamos a dar hasta 1.300 raciones. Al principio fue todo complicado y tenso, había que organizarlo y en ocasiones nos faltaba comida», recuerda Enrique en conversación telefónica. Con el paso de los días, fue desarrollando intimidad con los que se acercaba en el que, sin duda, era el momento más duro de sus vidas: «Acabamos conociéndolos por su nombre, eran personas que se habían quedado sin trabajo y que nunca imaginaron que acabarían pidiendo comida. Recuerdo especialmente el caso de un camarero de 50 años que tenía tres hijos y que al que nunca le había faltado trabajo», cuenta este piloto.

Confiesa que no sintió miedo pese a la gran incertidumbre que había por entonces sobre la forma de contagio. Quizá ayudó que su mujer, enfermera castrense en excedencia, también se ofreció al Ejército para lo que hiciera falta. A Enrique esta experiencia de voluntariado, que aún continúa ejerciendo, le ha aportado mucha «tranquilidad» porque se ha sentido útil en una circunstancia extremadamente difícil para otros. Se sintió inspirado por el ejemplo de sus padres, ambos jubilados y ahora colaboradores de Caritas. «Todos podemos conseguir mejorar las cosas si nos ponemos a ello, hubo hasta uno de los que acudía a por la comida que se ofreció para ayudar y acabó siendo voluntario», concluye.

Inmaculada Díaz-Regañón, 32 años. Los ancianos y dependientes siempre estuvieron en la mente de todos durante los días de encierro. Inmaculada fue una de las profesionales que no se separó de ellos ni un momento.
Inmaculada Díaz-Regañón, 32 años. Los ancianos y dependientes siempre estuvieron en la mente de todos durante los días de encierro. Inmaculada fue una de las profesionales que no se separó de ellos ni un momento. FOTO: Alberto R. Roldán La Razón

Con la misma generosidad actuó Inmaculada Díaz-Regañó, que asegura haber pasado el año más intenso de su vida. Esta fisioterapeuta de 32 años y apenas cinco de carrera profesional se puso al frente del cuidado y bienestar de 18 ancianos en una de las dos residencias de la Fundación Vianorte-Laguna. La situación provocada por el confinamiento forzoso redujo el equipo y a ella le tocó hacerse cargo de los pacientes con deterioro cognitivo, algunos con Alzheimer avanzado, junto a las auxiliares y dos enfermeras que hacían turnos de mañana y tarde.

Frente al miedo, coraje

Varios residentes contrajeron la Covid-19 y una de ellas falleció, pero Inma no faltó un solo día a su puesto de trabajo. Asegura que se dio cuenta de la importancia de que «los abuelos vieran una cara conocida porque su familia no podía visitarlos. Trataba de movilizarles lo que podía para que no estuvieran todo el día en la silla de ruedas. Como no podían juntarse, los sacaba de uno en uno de su habitación al pasillo para dar un pequeño paseo».

Confiesa que las primeras semanas se hicieron muy duras, que llegó a preguntarse qué estaba haciendo allí. Sin embargo, el espíritu de equipo con el resto de compañeros se impuso y acabó reafirmando su vocación de servicio. Y eso que tenía que protegerse doblemente porque sus padres, con los que convive, son personas de riesgo. Estuvo mucho tiempo sin verlos; apenas se saludaban por la ventana cuando llegaban las ocho y se asomaban a aplaudir.

Ella se instaló en su dormitorio porque tenía baño propio y así minimizaban los riesgos de contagio. Cada domingo, cuando se preparaba para volver a su puesto al día siguiente, le entraba la inquietud porque no sabía con lo que se iba a encontrar en la residencia. Otra parte importante de su trabajo fue lograr que los residentes mantuvieran el contacto con sus seres queridos: «Les ayudábamos a realizar las videollamadas a sus familiares, que también se quedaban más tranquilos cuando veían que nosotras estábamos bien»

¿Y cómo desconecta uno de tanta responsabilidad? Esta joven fisioterapeuta cuenta que por las noches y los fines de semana dejaba de lado sus «heridas de guerra», las marcas que le dejaban las gafas de protección en la cara o la irritación en las manos de tanto gel hidroalcohólico, y se ponía una serie o hablaba por teléfono con sus amigos. De esta dura experiencia se lleva el descubrimiento de la rama geriátrica de su trabajo porque ella siempre ha estado más centrada en el hospital de cuidados paliativos pediátricos.

Las historias de Inmaculada, Juanjo, Yolanda... las de todos ellos, conmueven y ponen de manifiesto que si algo bueno hemos sacado de la pandemia es reconocernos como una comunidad humanizada dispuesta a todo por hacer de la vida un valor innegociable.