Supremacismo asimétrico

La plana mayor del independentismo, con el líder de ERC, Oriol Junqueras (i) y el presidente de JxCat, Carles Puigdemont (d), y el presidente de Omniun Cultural, Jordi Cuixart (c)
La plana mayor del independentismo, con el líder de ERC, Oriol Junqueras (i) y el presidente de JxCat, Carles Puigdemont (d), y el presidente de Omniun Cultural, Jordi Cuixart (c)Quique GarciaEFE

Se dirá mil veces y tendrá que repetirse otras mil: el independentismo no hace más que quejarse de que supuestamente no se les ofrece diálogo, pero cada vez que tiene la oportunidad de presentarse en un foro para dialogar se hace el loco y no acude. Es lógico: la idea de diálogo del pensamiento nacionalista es la incomparecencia o sumisión del contrario.

Con esa fórmula trató el catalanismo durante décadas a los emigrantes sin darse cuenta de que ese autoengaño no funcionaba fuera del ámbito de su propia sociedad cerrada, aquella que podían controlar porque mandaban en el reparto del trabajo. El punto débil del discurso independentista siempre ha sido ese abismo que separa sus palabras de sus hechos: una cosa es lo que dicen y otra lo que hacen, que casi nunca tiene que ver con su discurso oficial.

Puestos en esa contradicción permanente entre retórica y realidad no les queda más remedio que intentar disfrazar esta última para que bajo la pintura no se vea el latón de sus tristes intenciones. Para ocultar la realidad con palabras, nada mejor que el eufemismo. Por ese camino se usa el verbo «desinflamar» para decir «indulgencia», se usa la palabra «asimetría» para no tener que decir claramente en público «desigualdad», se usa «diálogo» para decir «exigencia».

Es comprensible que mucha gente encuentre repugnante esa retórica hipócrita, pero, más allá del rechazo instintivo que provoca en lo comunicativo, lo peor es que bajo un lenguaje tan poco recto es más que improbable poder levantar una patria o una matria (lo que más rabia les dé).

Un país de verdad nunca se podrá construir sobre repetidos insultos lingüísticos a la inteligencia. Cuando Aragonés no se quiere sentar a dialogar con el resto de sus homónimos lo que pone en evidencia es que desea sentirse más que un simple presidente autonómico. Si realmente fuera lo que le gustaría ser y no lo que es, no tendría problema en sentarse a intercambiar constructivos puntos de vista porque estaría seguro de su posición.

Pero cómo en realidad él nunca ha sido lo que se dice a sí mismo, rehúye el contacto para que la realidad no le muestre su sórdido lugar en toda esa comedia. Nos encontramos ante una curiosa versión administrativa de lo que sería, en psicología, el complejo de inferioridad compensado. Es asombrosamente parecido al discurso mental del famoso e imaginario «mandato democrático» que, a la hora de la verdad, nunca han poseído este tipo de políticos.

Cierto es que tienen un amplio grupo de dogmáticos detrás y esa es su fuerza, pero ninguna legitimidad de mandato democrático de la sociedad en la medida que es solo una parte la que los apoya y ni siquiera han sido capaces de poner en contacto esa parte que los sostiene con la otra parte contraria para intentar consensuar unos mínimos.

Será complicado hacerlo porque los catalanes nos perdemos por ser lo más, eso ya es sabido. Hasta el Barça tiene que ser «més que un club». Nuestra región siempre fue terreno abonado para el supremacismo como consecuencia de las particularidades de la sociedad que la habita. Ahora, a través del nacionalismo, ese supremacismo se ha fosilizado ya en coartada irrenunciable para no tener que reconocer nuestros colosales errores. En los últimos años, hemos visto adelgazar a ojos vista los contenidos fundamentales del catalanismo.

Ya no queremos ni siquiera hablar con nadie que objete razonablemente nuestros mantras sagrados. De una manera cómica y paradójica, hasta nuestro supremacismo tenemos que pensar que es mejor que el del vecino. Bien mirado, no podía resultar de otra manera.