Análisis

Congreso sin tregua

Los excesos de los extremos ideológicos empujan a la irrelevancia parlamentaria

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Conviene no caer en las trampas que, a veces, nos pone la nostalgia. En especial, esa que apunta que cualquier tiempo pasado fue mejor y que las circunstancias presentes han derivado hacia un lugar más decadente y menos favorable. Sin embargo, las palabras de Cánovas del Castillo, uno de nuestros ilustres parlamentarios, en las que asegura que «aquel que en la doctrina es adversario, no es ni debe ser por eso enemigo personal», resuenan en los pasillos del Congreso en otra semana (una más) de constante acercamiento al precipicio del desprestigio. No es algo nuevo que la sede de la soberanía nacional atraviesa una crisis existencial que avanza, lenta pero imparable, hacia la decrepitud endémica: desde las sesiones convertidas en espectáculo, a las intervenciones con afán tuitero y aspiraciones de «likes», pasando por las diatribas vacuas sin el poso en la tribuna que se presupone a sus señorías. La Cámara Baja ha ido sumando elementos para perder la confianza y parte del respeto de los ciudadanos. Dejando a un lado el papel secundario a que ha sido relegada en los últimos dos años por parte del Gobierno (basta recordar que el Debate sobre el estado de la nación no se convoca desde 2015 o el serio aviso del Constitucional por obviar el control durante el estado de alarma), ya grave de por sí, la última amenaza a la institución se asienta en el deterioro de su imagen y en la percepción de su escasa utilidad.

Deriva de desprestigio

El descrédito ha ido larvándose poco a poco desde 2015, año tras año, y ha eclosionado en una sucesión de episodios lamentables, considerados individualmente, pero que, además, sumados nos sitúan ante un escenario próximo a la desolación institucional. Recordemos. El pleno del martes tuvo que ser suspendido ante la negativa del diputado de Vox, José María Sánchez García, a abandonar el Hemiciclo tras ser expulsado por llamar «bruja» a la diputada socialista Laura Berja. Más tarde, Macarena Olona increpaba a una periodista de La Sexta que le preguntaba por el insulto de su compañero de partido y, apenas unas horas antes, Pablo Echenique, se negaba también a responder en una rueda de prensa a las informaciones sobre la declaración de un dirigente venezolano en la Audiencia Nacional que vincula a Podemos con el chavismo.

El retrato que nos dejan estas salidas de tono refleja un colapso que ahonda en tensiones artificiales y forzadas alejadas de los modos parlamentarios habituales (respetuosos por definición) y que terminan convirtiendo al Congreso en una plataforma perfecta de crispación y polarización demasiado peligrosa para la convivencia. Y, precisamente, en esa agresividad (en forma y fondo) se ha ido profundizando desde que los partidos más extremos del arco parlamentario interpretan su labor de representación democrática como un ejercicio permanente de enfrentamiento basado en bloques ideológicos irreconciliables de maneras más bélicas que intelectuales. Cuentan para ello con el eco, inestimable, de las redes sociales y su «política del meme» que, sin espacio ni tiempo para la reflexión, reducen el debate público a una vulgar pelea de «y tú más».

«Preocupación»

Gran parte del trabajo parlamentario de esta semana ha quedado eclipsado por los exabruptos y, así, se va extendiendo una enorme preocupación en la Carrera de San Jerónimo con, cada vez, más diputados que lamentan la victoria de la riña pueril sobre la mesura. «No es la imagen real de lo que ocurre aquí», se quejan. Y de ese modo avanza la imparable caída que amaga con arrasar la relevancia propia de esta institución: no es necesario insistir en el desapego que sociólogos y politólogos detectan desde hace años y el alto nivel de crispación que recorre las democracias occidentales (y la evidente conexión entre ambos fenómenos). Si quienes obtienen rédito de la confrontación estéril y sobreactuada y convierten a la Cámara Baja en un páramo de ideas y propuestas, más parecida a un cuadrilátero (cutre) de boxeo que a la sede de la soberanía nacional, si ellos no reconsideran sus actuaciones, serán los ciudadanos quienes tomen nota en sus próximas decisiones. Y como nada es eterno, habrá que confiar en que el hartazgo ante estos estallidos termine en un giro que eleve el nivel y permita que los excesos den paso, más pronto que tarde, a la más radical de las moderaciones.