Inchaurrondo, Galindo, Luis, “Madame”...30 años de la operación de Bidart contra ETA

Marcó el comienzo del fin de la banda terrorista y permitió que la Expo y las Olimpiadas se celebraran sin atentados

Caserío Xilocan, donde fue capturada la cúpula de ETA el 29 de marzo de 1992
Caserío Xilocan, donde fue capturada la cúpula de ETA el 29 de marzo de 1992 FOTO: jmz xi

El martes 29 se cumplen 30 años de la operación de la Guardia Civil que concluyó con la detención, en el caserío Xilocan de Bidart (Francia), de la “dirección” de ETA, integrada por Francisco Múgica, “Pakito”; José Luis Álvarez, “Txelis”; y José Arregui, “Fiti”. La operación, denominada “Broma”, porque empezó el 28 de diciembre de 1991, con sus variantes “Toro” (la parte de España) y “Queso” (la de Francia), había comenzado realmente años antes, en abril de 1989, cuando, también los agentes de la comandancia de Guipúzcoa, dirigidos por el entonces teniente coronel Enrique Rodríguez Galindo, desarticularon el “comando Eibar”, formado por Juan Carlos Balerdi, Jesús María Ciganda y Fermín Urdiain.

Se escondían estos individuos en el domicilio de un laguntzaile (colaborador), Luis Casares, en la localidad guipuzcoana de Placencia de las Armas-Soraluce, y su comportamiento con la esposa e hija de quien les acogía, no fue lo correcto ni honesto que se espera de unos “gudaris” (soldados vascos), sino de los que eran realmente, vulgares malhechores-mercenarios dedicados al terrorismo. Aquello sacó de sus casillas a Casares que no dudó en contactar con la Guardia Civil y comunicó a Galindo la localización de la célula criminal.

El teniente coronel, en una maniobra de astucia, dejó que Luis “escapara” y huyera a Francia, donde, con el tiempo, la “dirección” etarra le encomendó la misión de hacer de “correo” y llevar mensajes de un lado para para otro, cuyo contenido desconocía pero que, antes de ser entregados a sus destinatarios en la banda, pasaban por las manos de Galindo. Era el colaborador perfecto, ya que no sabía lo que facilitaba. Entre ambos, el guardia civil y el “etarra” se llegó a trabar una relación de amistad y Luis no cogía nunca todo el dinero que se le daba por su colaboración, por pura prudencia, para que en ETA no sospecharan de cómo habían subido sus ingresos.

Fue en una de estas reuniones, en septiembre de 1991, en la que Luis entregó a Galindo una bolsa de deporte que tenía que hacer llegar a un miembro de la banda, un tal “Esmeril”, con cierta urgencia. La reunión se celebraba en Lourdes, junto al Santuario. La bolsa había salido de la prisión de Ocaña y, precisamente, la había entregado a los que le visitaban Balerdi, uno de los detenidos del “comando Eibar”.

Galindo se la entregó a los especialistas de Inchaurrondo, que esperaban en una furgoneta, para buscar el mensaje. Contenía ropa sucia y una bolsa de nueces, que fueron abiertas una por una. No aparecía nada hasta que un agente reparó en las asas, en una de las cuales estaba el mensaje del etarra. Era domingo y hubo que buscar un kilo de nueces en Lourdes para sustituir a las rotas; difícil, pero se encontraron y, los especialistas, tras fotocopiar con una máquina portátil el papel, dejaron la bolsa intacta para que Luis se la entregara a su destinatario.

El mensaje estaba mecanografiado en un papel finísimo y explicaba un plan de fuga desde la prisión de Ocaña. Para que la “dirección” etarra pudiera hacer todos los preparativos, se fijaba una cita en la explanada de la iglesia de Guethary, el citado 28 de diciembre.

La carta de Balerdi proponía a la “dirección”: “desde la cárcel de Ocaña-I os planteamos una idea para que nos digáis hasta dónde podéis ayudarnos. Lógicamente, se trata de una fuga y pensamos que el método del helicóptero es el mejor y más fácil entre otras cosas porque todavía no está realmente quemado y hay que usarlo antes que los traficantes. La experiencia del helicóptero que se paseó por esta cárcel durante diez minutos (intento fallido y con nosotros en el patio) nos demuestra que hay un amplio margen de maniobra para la retirada, que se puede posar en el patio, ya que se mantuvo a menos de cuatro metros y se elevó sin problemas a pesar de ser un patio cerrado, y que toda la operación se realiza a cubierto de las garitas, pasando sobre ellas lógicamente al entrar y salir, pero sin dar tiempo material ni posibilidad de reacción a los txakurras (policías y guardias) y la total seguridad de que no nos tirarán por no saber quiénes somos y por estar en zona de casas del pueblo”.

Y añadía: “Para este trabajo tenemos a dos personas animadas y con ganas de trabajar que están dispuestas a ayudarnos y a integrarse en la organización, por lo que les hemos puesto una serie de citas en Iparralde (Francia) para que estén con vosotros. La primera cita sería el 28 de diciembre, y las siguientes el primer y tercer sábado de cada mes. Hora, LAS CUATRO DE LA TARDE Y DE SEGURIDAD UNA HORA DESPUÉS. Lugar, LA IGLESIA-CEMENTERIO DE GUÉTHARY. Contraseña: VOSOTROS PREGUNTAR: ¿TU ERES JESÚS? ÉL CONTESTARÁ: No, SOY JUAN. También llevará UN FOULARD-PAÑUELO NEGRO AL CUELLO”.

Una fuga tenía que ser autorizada por los cabecillas de ETA, que debían facilitar los medios, por lo que a la cita acudiría, sin duda, alguno de los dirigentes para entrevistarse con el miembro del “comando” encargado de preparar la operación.

Los agentes de Inchaurrondo montaron un impresionante y, a la vez, discreto, dispositivo y lograron situar en la misma explanada de la iglesia, de reducidísimas dimensiones, un punto de observación, disimulado entre varios coches, también colocados por ellos, gracias al cual se pudo fotografiar al etarra que llegaba de España, Francisco Javier Rollán, y al interlocutor que, de momento, no pudo ser identificado. En el acuartelamiento, unos decían que era “Fiti”; otros, que “Txelis”, y, finalmente, gracias a unas fotografías facilitadas por los colegas franceses, se concluyó que era este último, al que, por supuesto, se había seguido hasta su residencia. La Guardia Civil había localizado, una vez más, a un cabecilla de ETA. Se le podía detener, bastaba con dar los datos a los agentes galos, pero se optó por esperar, sin perderle de vista en ningún momento, a que se reuniera con los otros miembros de la cúpula de la banda.

Fue un trabajo difícil, complicado, no exento de riesgos, en el que, en algunos momentos, había hasta cien guardias del Servicio de Información en Francia, lo que ponía nerviosos a algunos responsables políticos del país vecino que no paraban de pedir explicaciones que, lógicamente, no se les podían dar. Se les decía que habían ido de compras al supermercado...

En las vigilancias de “Txelis”, que vivía en la Residencia Elizaldía de Ghetary y que había tomado el Hotel Les Pyrinees como centro de trabajo, colaboraron hasta las esposas de los guardias de Inchaurrondo con sus hijos, que acudían a la playa donde se entrevistaban Rollán y el cabecilla, o se alojaban en el citado hotel.

Y una misteriosa “Madame”, así la llamaban, de la que no se ha hablado hasta ahora, que colaboraba habitualmente con el Servicio de Información de Inchaurrondo. Una mujer valiente, ingeniosa y atrevida. En su juventud había llegado a tenerles una cierta simpatía a esos miserables terroristas a los que ahora odiaba, porque descubrió finalmente que eran eso, cobardes terroristas con falsas aureolas de romanticismo y un inmerecido halo de héroes al servicio del pueblo”, recuerda un agente que participó en la operación en conversación con LA RAZÓN.

“En la medida de lo posible, siempre estaba dispuesta a colaborar con los agentes del SIGC (Servicio de Información) a los que había conocido hacía ya un tiempo. Participó de manera “encubierta” desde del mismo día del inicio de la operación, en la cita que se produjo en la Iglesia-cementerio de Guetary en el sur de Francia. Y continuó hasta el final, siendo desconocida para casi todos, pero fundamental, una vez más en esta operación. Nunca pidió nada….nunca obtuvo nada, pero la sociedad tiene una deuda también con esta valiente y desconocida “Madame”, subraya.

Pero no fue la única. Otros “agentes” participaron en esta operación (y también en otras): “Luis”, el simpático jubilado que con la cobertura de tener un familiar en una clínica cercana, alquiló el apartamento desde el que se llevaron a cabo las vigilancias sobre uno de los puntos de reuniones de “Txelis”, y que frecuentaba el apartamento para tranquilidad de los vecinos, con el fin de que pasara desapercibida la presencia de aquellos jóvenes (agentes del SIGC) que, siempre de madrugada, entraban y salían del apartamento, y que grababan desde el interior todos los movimientos que se producían en aquel lugar.

Rubén, Jesús, Luismi, al principio, participantes inconscientes, pero enseguida hábiles y audaces “vigilantes de zonas calientes”, que con cualidades innatas detectaban a los etarras en sus lugares de citas con otros compinches en cuanto llegaban……pequeños pero a la vez grandes, a los que la Guardia Civil, España, en definitiva, les debe mucho. Mila, Jordi y otras mujeres que, desinteresadamente, participaron de muchas formas en los numerosos operativos que en esos meses se establecieron. La valía de su apoyo y de su ayuda fue innegable para luchar contra los terroristas”, añade.

“Nada se sabrá nunca de ellos y de otros, desconocidos “agentes” que, con su valentía y disposición desinteresada, también formaron parte de aquellos hombres y mujeres que, hace ya treinta años, cambiaron para bien la historia de este país”, subraya.

Rendido el homenaje a estas personas que nunca han sido citadas en las narraciones sobre la brillante acción de Bidart, hay que volver al desarrollo operativo cuya finalidad no era otra que coger a toda la cúpula etarra que preparaba en aquellos momentos los atentados a cometer por los “comandos” para enturbiar los acontecimientos que se iban a celebrar en España en 1992: Expo, Olimpiadas...

Tarde o temprano, Txelis, “Casco”, como se le denominaba entre los agentes por las emisoras de radio, porque muchos de sus desplazamientos los realizaba en moto, se reuniría con “Pakito” y “Fiti”. Era cuestión de paciencia.

Y fue el domingo 29. Nadie mejor para narrarlo que el entonces General Galindo, en su obra “Mi vida contra ETA”, editada por Planeta: la actividad comenzó muy pronto. Txelis tenía su chófer y “agente de seguridad”, al igual que los otros cabecillas. A primera hora de la mañana, Philippe Lassalle, que así se llamaba el conductor de Álvarez Santa Cristina, conduciendo un Peugeot 309, salía de su domicilio y se dirigía hacia la localidad de Anglet, donde no se detuvo. Hizo unos recorridos y cambios de dirección absurdos, tomó la carretera RN-10 y estacionó el coche en un pequeño ensanche de terreno junto a la carretera que une Hendaya con Anglet y Bayona. Pocos minutos después llegaban dos coches, un Opel Corsa y un Ford Escort, ocupados por dos personas cada uno. Descendieron del coche y se saludaron entre sí; cambiaron impresiones durante un corto espacio de tiempo, tras lo cual el pasajero del Opel se subió en el coche de Lassalle y los tres vehículos se pusieron en marcha en dirección a Bidart, a escasos diez kilómetros de allí. Al llegar a la altura de los almacenes Bricobidart, Lassalle, con su desconocido pasajero, paró en el aparcamiento mientras los otros dos coches entraban en el caserío. Descendió uno de los dos individuos que iban en el Ford, que pasó al interior, mientras que los otros dos vehículos abandonaban la casa en distintas direcciones. A continuación, hacía lo mismo Lassalle, tras aquella maniobra claramente de protección. Llevó a su pasajero a la puerta del caserío Xilocan y después se marchó en dirección a Bayona. Eran las dos de la tarde y a esa hora teníamos en aquel caserío a Txelis, que había pasado allí la noche, y a dos individuos que habían venido de lugares desconocidos con vehículos y conductores anónimos y guiados por Lassalle, lo que quería decir que desconocían la zona. A las cuatro de la tarde, el capitán J. C. (hoy general del Cuerpo), que se encontraba junto al caserío, me comunicó todos estos detalles. En aquel momento vi la situación clara. Cristalina. Y di la orden de intervenir. El comisario francés preguntó a mi capitán si estaba seguro de la identidad de los allí reunidos. Al noventa por ciento, le contestó. A mí me había dicho al ochenta. Pero además, durante el tiempo en que Lassalle había estado detenido en el aparcamiento de los almacenes para dar protección a los otros coches en su entrada al caserío, nuestros hombres había observado que el pasajero que había subido a su vehículo en el punto de cita de la RN-10 le estaba echando una bronca monumental. Y este individuo se parecía bastante a Pakito. Comuniqué todas estas noticias al gobernador y a mi director que se encontraba en Pamplona. Me dijo que se ponía en marcha en ese momento y cuarenta minutos después entraba en mi despacho, desde donde seguimos, junto al gobernador, el desarrollo de los acontecimientos al segundo. A las seis y media de la tarde de aquel 29 de marzo de 1992, la caravana policial francesa, con la sección del RAID (unidad de intervención) y seguida por los hombres del Servicio de Información de San Sebastián, llegaba a Bidart. Al punto de intervención. En escasos segundos, el caserío Xilocan estaba rodeado por los hombres de la unidad de intervención mientras los demás tomaban posiciones a poca distancia. Con un megáfono se ordenó la salida al exterior de cuantos se hallasen dentro del caserío, así como su entrega a la policía. No hubo ninguna respuesta, por lo que se llevó a cabo el asalto y penetración en el interior. A los pocos minutos, sacaban detenido al matrimonio Tuya, propietarios de la casa, mientras la mujer gritaba desaforadamente. En ese momento y en medio de la pequeña confusión que las voces de la mujer había creado, un hombre de mediana edad, canoso y con bigote, salía a la carrera repitiendo en voz alta «Police, police», a la vez que mostraba en la mano una placa que luego se vio que era falsificada. Un agente del RAID le cortó el camino. Le propinó un culatazo con su arma, que lo derribó al suelo. Sangraba y hubo de ser asistido allí mismo. Se trataba de José Arregui Erostarbe, “Fiti”, responsable de los comandos y una de las tres patas de aquella operación. Los hombres de Información, con sus dos capitanes, no perdían ni un detalle y observaban el desarrollo de la intervención. Tuvieron que exigir un registro completo del caserío cuando a los pocos minutos un agente francés salía de la casa y decía que no quedaba nadie más. Los agentes del RAID penetraron de nuevo en la vivienda. Esta vez los seguían mis dos capitanes, y en la planta superior, en una habitación, descubrieron semiescondidos a otros dos individuos que rasgaban desesperadamente unos papeles y a continuación los arrojaban a un retrete. Sin pérdida de tiempo fueron inmovilizados y maniatados por los franceses, mientras el capitán Bravo (se facilita su nombre porque falleció años después en un accidente de tráfico) se arrojaba sobre el wáter. Y, sin pensarlo un momento, introducía la mano impetuosamente en el mismo y lograba rescatar bastantes de aquellos tozos de papel escrito antes de que la vorágine del agua los arrastrase. Más tarde fue levantada la taza y se hallaron algunos trozos más. Pero los rescatados por mi capitán eran muy importantes. Ya en comisaría, uno de aquellos policías franceses le comentaba admirado a Bravo: yo no hubiera sido capaz. Y fue entonces cuando aquel oficial, que ya había perdido un dedo de un balazo en la detención del comando Donosti en Morlans unos meses antes, el 17 de agosto del año anterior, con voz grave y serena le contestó: es que estos papeles pueden salvar alguna vida en mi país. Él perdía la suya en un estúpido y maldito accidente de circulación el año 2004, cuando yo estaba preso en Ocaña-2. Sólo pude escribirle una carta a su esposa, Eva, para que supieran sus hijos lo que pensaba de su padre. Lo que había sido su padre. También lo hice así con la del comandante Gonzalo Pérez, mi antiguo teniente. No me dejaron ir a sus funerales, y eran para mí tan queridos como mis hijos. Este había muerto días después de mantener un duro enfrentamiento a tiros con un grupo terrorista en Irak.

Los dos últimos detenidos no eran otros que Francisco Múgica Garmendia, alias Pakito, y nuestro ya viejo conocido José Luis Álvarez Santacristina, alias Txelis. Tenían el rostro desencajado por la ira, la rabia y la incredulidad de haber sido detenidos los tres. Toda la dirección había sido apresada. ETA acababa de ser decapitada. “Artapalo” había desaparecido. Una vez abajo, los detenidos fueron introducidos en sendos vehículos y conducidos a la comisaría de Bayona. El capitán Bravo me llamó y me comunicó todos los pormenores de la operación hasta ese momento. Aún quedaba mucho por hacer.

En la comisaría de Bayona se había organizado una distribución de trabajo para el estudio y rápida explotación de la documentación que se había incautado, no sólo en Xilocan sino en las otras direcciones controladas: en la habitación del hotel, en las residencias Pastorelles y Elizaldia y en la casa de Lassalle. También había que echar un vistazo en Bricobidart y en el caserío Txantxangorria (allí también se había reunido la cúpula). Alguien empezó a ocuparse de un ordenador que pertenecía a Txelis. La información operativa se fue explotando en Francia en el transcurso de los meses siguientes. La documentación determinaba con precisión los planes que ETA tenía prácticamente ultimados para llenar de sangre los dos importantísimos acontecimientos que se iban a celebrar aquel año en nuestro país, en Barcelona y en Sevilla, sin olvidar Madrid. Más o menos se resumía en una feroz campaña de atentados indiscriminados y convertir las cárceles en un auténtico polvorín con motines perfectamente sincronizados con toma de rehenes.

También se supo que para los más importantes miembros de la banda el obispo Setién era la persona adecuada para, en su representación, dirigirse al Gobierno al objeto de conseguir una nueva mesa de negociación.

Asimismo, figuraban abundantes nombres. Unos eran simpatizantes que iban a ser captados, otros formaban parte de los extorsionados con el impuesto revolucionario, y los últimos como objetivos de atentados. Un documento hizo que los guardias civiles se miraran con un gesto de complicidad, sin hacer ningún tipo de comentarios. No era otro que la carta fotocopiada el mes de septiembre que iba oculta en aquella bolsa de ropa usada que había salido de Ocaña-l.

Hasta aquí la narración de Galindo de una operación que cambió para siempre la siniestra historia de ETA. Hubo un antes y un después. Los agentes de la Guardia Civil nunca admitirán que alguien diga que España está en deuda con ellos, aunque lo está, porque como reza su Cartilla fundacional, no pueden esperar otro premio que el de la satisfacción por el deber cumplido. Han pasado treinta años. ETA fue derrotada por las Fuerzas de seguridad. En su última etapa por el SIGC de la Benemérita. Los encargados de la derrota política no hicieron su labor y los resultados son de todos conocidos. Pero eso no quita un gramo de brillantez a aquella operación que cayó como una losa sobre la banda asesina