Un proyecto para el «flanco sur ampliado» de la OTAN

Autonomía, desarrollo y estabilidad son las piedras angulares de un nuevo concepto de política de seguridad con una arquitectura inclusiva y atractiva

Soldados saharauis patrullan en «zonas liberadas» del desierto próximas al muro de separación con Marruecos
Soldados saharauis patrullan en «zonas liberadas» del desierto próximas al muro de separación con Marruecos FOTO: Javier Martín EFE

El enfrentamiento que se está produciendo en Ucrania es totalmente absorbente en el sistema de las relaciones internacionales. Estamos prácticamente en una etapa de pre-guerra mundial, ya que cada actor incidente en el sistema (potencias regionales y globales) está monitoreando y recalibrando su posición estratégica en todos los escenarios geopolíticos, jugando su propio papel paralelo al conflicto.

Entre ellos, el espacio geo-estratégico mediterráneo-norteafricano, que en los últimos años ha estado totalmente involucrado por la crisis libia y el fenómeno migratorio, emerge como uno de los cuadrantes más frágiles y fluidos a nivel mundial.

La costa sur del Mediterráneo, en toda su segmentación, se reclasificó inmediatamente en términos geoestratégicos y logísticos, no solo para el control de los flujos militares, sobre todo para la reconversión de las cuotas para el abastecimiento energético y alimentario como consecuencia de las sanciones contra Rusia.

En este tablero, ya antes del endurecimiento de las relaciones entre Ucrania y Rusia, habían resurgido las tensiones diplomáticas entre Marruecos y Argelia sobre una cuestión que durante mucho tiempo había caído en el olvido, a saber, la crisis en el Sahara Occidental. Se trata de una cuestión compleja y crónica, pero que suscita nuevas dudas y temores sobre el impacto multidimensional que el tema saharaui puede tener en la condición general de resistencia de la región, sobre todo en términos de estabilidad y potencial geoeconómico y político.

La situación entre los dos competidores regionales se precipitó entre noviembre y diciembre de 2020, a raíz de dos acontecimientos muy concretos: el primero fueron los incidentes en la zona de Guerguerat, que pusieron fin al alto el fuego de 1991 impuesto por las Naciones Unidas; el segundo acontecimiento concreto fue la inclusión de Marruecos en los Acuerdos de Abraham. La convergencia de estos dos hechos no solo reavivó la mecha de las tensiones entre Rabat y los combatientes saharauis, sino que, sobre todo, dio nueva vida al también histórico contencioso por el Sahara Occidental con Argel, exacerbado por un repentino estallido de acontecimientos: la ruptura de las relaciones diplomáticas entre los dos países (agosto de 2021), el accidente mortal (3 de noviembre de 2021) que afectó a tres conductores argelinos en el Sahara Occidental, cuya causa y dinámica aún no están claras, hasta el bloqueo del espacio aéreo por Argel y, sobre todo, el cierre del gaseoducto Magreb-Europa (MEG) que pasa por territorio marroquí.

Una decisión que en los hechos ya había abierto la gran partida energética en Europa, produciendo una serie de impulsos sistémicos en las relaciones diplomáticas en continua evolución, ahora con el estancamiento de la guerra en Ucrania y el régimen sancionador impuesto a Rusia.

En 2020, Rabat inició la normalización de las relaciones con Israel en el marco de los Acuerdos de Abraham y siguió promoviendo una cooperación pragmática y fiable en el marco de la resolución de expedientes regionales con diversos actores africanos. Argel, por su parte, ha visto reducirse el cono de acción de su diplomacia, cada vez más limitada a una posición estática en el eje Moscú-Ankara-Teherán, que necesita retomar un protagonismo dinámico en la región como potencia económica y militar; las consecuencias de la guerra le han relegado ahora a una posición más equilibrada y expectante para gastar mejor su enorme peso geoeconómico ligado a las reservas energéticas.

La cuestión del Sahara Occidental y de la integridad territorial constituye la piedra angular de toda la política exterior marroquí, esbozada a través de la «acumulación sin precedentes de acontecimientos pacíficos y constructivos», como la calificó el Rey Mohammed VI en su último discurso a la nación. Argelia, por su parte, es el principal defensor de la «autodeterminación-independencia» del pueblo saharaui, a través del Frente Polisario, pero ahora no puede permitirse comprometerse en escenarios de tensión en la zona. Excluyendo a Rusia, su parterre de referencia, tanto Turquía, con su rol activo de mediador y a Irán en un perfil de espera, realizan un hábil ejercicio de realismo político que excluye cualquier posible apoyo a la causa.

No hay que subestimar, en términos de desescalada de la tensión, el reciente acuerdo (11 de abril de 2022) entre Italia y Argelia, firmado en el marco de la visita oficial a Argel entre el presidente del Consejo Mario Draghi y el presidente argelino Abdelmadjid Tebboune, que implementa la cooperación energética entre los dos países (unos 9.000 millones de metros cúbicos de gas) y la colaboración efectiva en un marco positivo de estabilidad y fiabilidad.

Marruecos, por su parte, goza de una sólida reputación con Estados Unidos, en el marco de los Acuerdos de Abraham, y ha profundizado las relaciones diplomáticas con Israel hasta el punto de firmar un sorprendente acuerdo de cooperación en materia de defensa e inteligencia los días 24 y 25 de noviembre de 2021. También ha restablecido y recuperado la confianza con España en una intensa y productiva colaboración estratégica, tras la aceptación por parte del gobierno de Sánchez del plan de autonomía para el Sahara Occidental y la posterior creación de mesas de debate sobre temas de interés común esencial (seguridad, lucha contra el terrorismo y el crimen organizado, migración, fronteras, desarrollo y cooperación económica).

Sobre la propuesta marroquí de solución de la crisis a través de una amplia autonomía para la región, el respeto y la protección de los derechos del pueblo saharaui y un gran plan económico de desarrollo que involucre a todos los actores del proceso de paz, hay un apoyo relevante en la zona de la UE. La nueva ministra de Asuntos Exteriores alemana, Annalena Baerbock, lo calificó de «contribución importante a un acuerdo de paz», al modificar su postura diplomática anterior, y los Países Bajos, Hungría y Rumanía, además de la posición consolidada de Francia.

La Cumbre de la OTAN de Madrid de estos días (28-29 junio de 2022) no puede perder la ocasión histórica de contextualizar el tema de la seguridad, fascinando al conjunto de las áreas estratégicas en una visión estructurada y lógica.

La frontera sur del Mediterráneo (flanco sur de la Alianza Atlántica) necesita una arquitectura estable y coordinada de seguridad basada en un sano y revivido realismo político. El tema del desarrollo, de la cooperación institucional y de la ventaja mutua de interés puede ser el único paso adelante frente al peligro continuo de estrategias estancadas de tensión para hacer la zona más vulnerable y atacable transversalmente.

Por esta razón, la Alianza Atlántica debería desarrollar una nueva interpretación del flanco sur: los desafíos que debe afrontar en la región nacen de áreas lejanas, hasta el punto de obligar a un replanteamiento del perfil estratégico del flanco sur, hacia un «flanco sur ampliado» donde una visión puramente militar resulta absolutamente limitada e incapaz de afrontar con eficacia las amenazas a la seguridad aliada.

En este sentido, el plan propuesto por Marruecos para resolver el diferendo regional del Sahara Occidental puede constituir una interesante e importante base, si no es la única, de debate para implicar a todos los actores de la región en un marco de colaboración estable y pragmático, desarrollo y valorización de los intereses mutuos. El proyecto marroquí tiene la virtud de declinar funcional e incisivamente la opción estratégica del «flanco sur ampliado», evitando dispositivos instrumentales muy desgarradores y derivaciones absolutas y arriesgadas heredadas de la época de la guerra fría (referéndum, identificación del electorado activo, de las zonas de competencia, etc.).

Autonomía, desarrollo y estabilidad son las piedras angulares de un nuevo concepto de política de seguridad con una arquitectura inclusiva y atractiva: este enfoque se basa fundamentalmente sobre la creación de una zona socioeconómica especial y exclusiva en el Sahara que responda tanto a las necesidades de las poblaciones autóctonas, así como a las de los refugiados en los campos de Tindouf, en el marco jurídico de una autonomía avanzada, en un contexto global y regional en plena mutación en términos de seguridad, estabilidad, diálogo y mantenimiento de la paz.

Siempre, y más que nunca en tiempos de guerra, se necesita un sano espíritu realista para abordar problemas complejos, y mucho mejor si dicho enfoque contiene un diseño inclusivo y atractivo.