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27-O: La bronca entre Junqueras y Puigdemont que acabó en DUI

Puigdemont ofreció las riendas del Govern al líder de ERC pero se echó atrás ante las condiciones que exigían los republicanos: el ex vicepresidente de la Generalitat pretendía ser investido, mientras que los convergentes solo cedían la presidencia para convocar elecciones.

  • Puigdemont y Junqueras celebran, en primera línea, la declaración de independencia en el Parlament el pasado 27 de octubre
    Puigdemont y Junqueras celebran, en primera línea, la declaración de independencia en el Parlament el pasado 27 de octubre

Tiempo de lectura 5 min.

27 de octubre de 2018. 12:45h

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J. Gallego / T. Bolaño.  27/10/2018

Carles Puigdemont pretende capitalizar hoy la DUI con la puesta de largo de su nuevo movimiento político, la Crida Nacional per la República. Si bien, el ex president rehuyó en todo momento la responsabilidad de la declaración de la independencia hasta el punto de que su prioridad pasaba por una convocatoria electoral –frustrada a última hora– y delegó todo el peso del 27-O en la presidenta del Parlament, Carme Forcadell, que fue quien leyó la resolución que proclamaba la república catalana sin que el entonces president de la Generalitat interviniera en un momento de tal envergadura política. Permaneció quieto en su escaño y con el rostro serio durante toda la sesión plenaria.

Puigdemont, sumido en un mar de dudas sobre el camino a transitar desde el referéndum ilegal del 1 de octubre y sobrepasado por las circunstancias, había sondeado una maniobra parecida 48 horas antes: ceder la presidencia a Oriol Junqueras para descargar toda la responsabilidad en el líder de ERC. Sin embargo, albergaba una gran desconfianza sobre sus socios de gobierno y los derroteros que pudiera tomar la política catalana. El ex president, receloso, se negó ante el temor de que Junqueras absorbiera todo el protagonismo de un hito histórico y se atrincherara en el poder.

La propuesta surgió en la reunión del 25 de octubre en el Palau de la Generalitat, que se alargó hasta pasada la medianoche y aunó a los miembros del Govern y dirigentes de los partidos y entidades independentistas. En aquel convulso encuentro, Puigdemont trasladó su intención de convocar elecciones para evitar males mayores –para no perder la autonomía o poner en peligro la convivencia en Cataluña, entre otras razones, según adujo–, lo que desató un contundente y ruidoso rechazo de algunos presentes –tanto de ERC como del PDeCat–. Ante esta tesitura, el portavoz del Govern, Jordi Turull, alzó la voz y lanzó la oferta. Consistía en que Junqueras tomara la presidencia de la Generalitat, aunque en funciones para que al cabo de tres meses se convocaran elecciones automáticamente. Sin embargo, el líder de ERC estaba dispuesto a asumir las riendas, pero siempre que fuera tras someterse a una sesión de investidura, según confirman diversas fuentes del Govern cesado por el 155. El plan de Junqueras pasaba por declarar la independencia durante la exposición de su programa de investidura, pero la antigua Convergència acabó por replegarse y rechazar ese escenario.

A la mañana siguiente, jueves 26 de octubre, todo estaba dispuesto para que Puigdemont compareciera a las 13:30 y convocara unas elecciones. Si bien, esa intención quedó diluida entre las presiones que recibió el ex president de la calle, ERC y las entidades. En este sentido, entre las voces que más empujaron e influyeron estuvo la de la secretaria general de los republicanos, Marta Rovira, que puso el grito en el cielo ante los planes del ex líder del Govern. Una actitud que se extendió, de forma pública, a otros líderes políticos de distintos rangos: desde Gabriel Rufián y las «155 monedas de plata» a la renuncia de diferentes alcaldes del PDeCat, como el de la Seu d'Urgell, Albert Batalla, o ex dirigentes de peso como Jordi Cuminal. «Las presiones no pueden ser excusa para un presidente», afea ahora un dirigente independentista consultado, crítico con la escasa capacidad de Puigdemont para aislarse del clima de tensión y tomar las decisiones según su propio criterio. En cualquier caso, siguió adelante y desactivó los comicios, aunque a cuenta de acabar depositando toda la responsabilidad en Forcadell.

La presidenta del Parlament, que hasta entonces se había situado en el ojo del huracán de la acción de la Justicia y temía graves consecuencias, terminó por asumir el peso de la DUI que se acabó aprobando en el hemiciclo a las 15 de la tarde. Forcadell también había contribuido a presionar a Puigdemont para tirar adelante la declaración de independencia, sin embargo preveía que el president asumiera el protagonismo de la jornada. Pero no fue así. Puigemont maniobró para sacudirse toda vinculación jurídica directa con la proclamación de la república catalana.

En esta línea, antes del Pleno, en un nuevo intento por eludir cualquier carga penal, Puigdemont había convocado a todo su ejecutivo a primera hora de la mañana en el Palau de la Generalitat y planteó la dimisión en bloque del Govern para tratar de sortear cualquier responsabilidad. Una idea que fue desechada por consellers de un partido y otro, que rechazaban que tuviera ningún recorrido y, además, desde el punto de vista político hubiera resultado una imagen nefasta.

El formato de la DUI, en todo caso, ya fue de por sí nada ortodoxo. La declaración de independencia fue votada en secreto por los diputados –solo lo hicieron los de la mayoría independentista y los «comunes»– y corrió a cargo de Forcadell, visiblemente desasosegada, que invitó a Puigdemont a realizar una intervención pero el ex president la rechazó. Donde Puigdemont sí dirigió unas palabras, ya sin el temor a los efectos jurídicos, fue en las escalinatas del Parlament, donde se congregaron todos los alcaldes separatistas, que habían seguido la sesión desde el auditorio.

Allí, el ex president, se limitó a pedir que se mantuviera el «pulso del país con civismo», y se marchó poco después hacia el Palau de la Generalitat, donde el ejecutivo llevó a cabo su última reunión. A las puertas del edificio, la plaza Sant Jaume estaba abarrotada de gente clamando por que se arriara la bandera española como primera medida que plasmara la ruptura con el Estado. La alegría y el bullicio que reinaba entre los alcaldes en los pasillos del Parlament constrastaba de plano con el semblante serio de los miembros del Govern. Las tensiones vividas durante las últimas horas se reflejaban en los rostros del ex president y los consellers, que proyectaban un aspecto alejado profundamente de la euforia que debiera comportar el momento en el que se encontraban.

Puigdemont, a las 48 horas, sin dar cuenta a su vicepresidente y a buena parte de su Govern, se fugó a Bélgica. Si bien, su huida ya había empezado con la DUI, que intentó evitar a toda costa. Hoy, sin embargo, pretende capitalizar este hito del independentismo con el lanzamiento de la Crida.

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