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Cuando el fascismo se vuelve propaganda

El término, tal y como ha llegado hasta nosotros, debe tanto o más al régimen soviético que a su estricto significado

  • Cuando el fascismo se vuelve propaganda

Tiempo de lectura 4 min.

17 de diciembre de 2017. 03:03h

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José María Marco 17/12/2017

Entre los primeros en preguntarse por el sentido del término «fascista», convertido en un insulto ya en los años treinta del siglo pasado, está Orwell. Llegado a España para luchar contra el «fascismo», como otros muchos jóvenes idealistas de la época, Orwell pronto comprendió que la Guerra Civil era el núcleo de una gigantesca manipulación ideológica. El «fascismo» era uno de los elementos claves de la batalla propagandística y a él le dedicó un texto famoso. Más de ochenta años después, la reflexión no ha perdido del todo su valor. Fascista, decía Orwell, era todo aquel que demostrara predisposiciones autoritarias, nacionalistas, XXX....

El término, uno de los que más éxito han tenido en el lenguaje político, responde a una realidad precisa, como es la fusión de dos corrientes: Una es un sindicalismo ajeno al marxismo, pero nada reformista y que aborrece el individualismo. El otro es el nacionalismo, nacido en los primeros años del siglo XX, que reivindica una nación reconciliada consigo misma. Los fascismos que empiezan a surgir entonces, en particular en Francia y en Italia, tienen por denominador común el odio al burgués y al filisteo, el desprecio a la democracia parlamentaria, que consideran falsificadora, la voluntad de superar conceptos como izquierda y derecha, la prevalencia de la voluntad y el gusto por la violencia o la brutalidad, así como la apelación a un pueblo unido (como el «fascio» de los romanos) al que da voz apasionada un caudillo, un héroe volcado en la misión de acabar con los regímenes liberales. Es por tanto un movimiento revolucionario, nada conservador, y volcado en la modernización como alternativa a las democracias liberales.

El fascismo –también en su vertiente nazi– es hijo de la Gran Guerra del 14 y sería barrido, a su vez, por la Segunda, tras la derrota de Alemania e Italia, que es donde prendió con más virulencia. La derrota, sin embargo, no fue total y aunque desacreditado como modelo político, el fascismo siguió vivo gracias a la propaganda política comunista. El fascismo conocería así una larguísima existencia en función de los intereses de uno de sus adversarios, el totalitarismo comunista, aquel con el que siempre mantuvo una relación íntima hecha de ambiciones comunes y animadversiones compartidas.

Por eso el término «fascismo» tal como ha llegado hasta nosotros debe tanto o más a la propaganda soviética que al estricto significado del concepto. Incluso cuando se utiliza como una forma casi trivial de desacreditar una posición política cualquiera, la palabra está cargada de sentido propagandístico y apunta a la simplificación que desde el primer momento, ya desde la toma del poder por Mussolini en 1922, articularon los comunistas italianos: la verdadera lucha política de la época estaba en la oposición del comunismo al fascismo, y todo lo demás –liberales, conservadores, católicos y socialistas, sobre todo estos últimos– pasaban a un segundo plano o pasaban a engrosar las filas del «fascismo», aunque fuera por defecto, porque las democracias liberales tenían que acabar obligadamente en el nuevo régimen.

La generalización borra lo que el fascismo tiene de profundamente original y permite anatemizar a todo aquel al que se aplique el adjetivo, en particular a los socialistas, que siempre fueron los enemigos de predilección de los comunistas. El término era sin embargo demasiado bueno como para caer tan pronto en una trivialización tan completa. Así es como, en los años treinta, se lo apropia la propaganda soviética para convertirlo en sinónimo del pacifismo frente a la militarización de los países capitalistas bajo el fascismo. A partir de ahí, la Unión Soviética se convertirá en la antorcha de la paz en el mundo, con una máquina de propaganda extraordinaria que también conseguirá que la revolución quede del lado comunista (a estas alturas, estalinista) mientras que el fascismo sea identificado con la contrarrevolución.

Los Congresos internacionales y los Comités que reclutan a los sofisticados intelectuales europeos para algo tan improbable como la defensa de la Unión Soviética como encarnación de la libertad encontrarán en los Frentes Populares su versión política. Y esta vez el «antifascismo», como explicó Furet en su gran «El pasado de una ilusión», se convierte en la punta de lanza de las fuerzas políticas democráticas contra el fascismo, como ocurre en España, modelo de guerra propagandística, convertida en causa universal de la democracia... a cargo de un gobierno títere de Stalin.

El antifascismo soviético conseguirá que se le perdone el pacto con Hitler de entre 1939 y XXX y proclamará su triunfo al final de la guerra, en XXX, cuando el término antisfascismo, después de la derrota y del desubrimiento de las atrocidades nazis.

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