Moción de censura

De todo menos el ridículo

Vox ha sido el ridículo protagonista de un culebrón sin sentido que pone en evidencia a un partido que dirige con mano de hierro y con pocos tonos democráticos

Abascal y Tamames asumen sus discrepancias pero comparten el objetivo de echar a Sánchez de Moncloa y piden ayuda al PP
Abascal y Tamames asumen sus discrepancias pero comparten el objetivo de echar a Sánchez de Moncloa y piden ayuda al PPEuropa Press

El expresidente de la Generalitat de Cataluña, Josep Tarradellas, repitió en muchas ocasiones una máxima. «En política se puede hacer de todo, menos el ridículo». Seguramente Santiago Abascal no ha oído, ni leído, jamás esta frase porque se ha empecinado en hacerlo en los últimos días. Si la cosa de la moción no iba bien desde el principio en las últimas horas la tragicomedia ha alcanzado casi la cúspide.

El miércoles por la noche se filtró, por primera vez en la historia, el discurso del candidato. El candidato, colaborador en un programa de radio, confirmó que la filtración era sobre un documento cierto. Apenas 12 horas después, el candidato junto al promotor dijo que era un texto antiguo, muy trabajado, eso sí. El promotor se afanó en culpar a los medios de comunicación de todo el fiasco. No consta que ningún medio que entrevistó al candidato le hiciera decir algo que no quisiera. También haría bien el promotor en preguntar al candidato si le pedían entrevistas o él, muy ufano, llamaba a los medios para que lo entrevistaran, algunos en dos ocasiones en poco más de un mes. No en vano el candidato cerraba entrevistas de espaldas al promotor que no salía de su asombro. Quizá no había leído la última frase del discurso del candidato «lo confieso señorías, el acto de hoy es para mí como una de las últimas secuencias del propio guion de mi vida». O sea, que el candidato se presenta porque se tiene en alta valía, el promotor lo presenta porque algo tiene que hacer para recuperar el protagonismo perdido –y Abascal no es Indiana Jones que encontró el arca– y ambos tienen en poca consideración las instituciones democráticas.

Tal como van los acontecimientos me atrevo a decir, rectificándome, que la moción del candidato Tamames es una moción contra Vox. Ni contra el presidente, Pedro Sánchez, ni contra el líder del PP, Alberto Núñez Feijóo. Contra Santiago Abascal. El promotor en rueda de prensa dijo de forma taxativa que «no hay muerte política de Vox». Seguramente tiene razón el señor Abascal pero Vox ha sido el ridículo protagonista de un culebrón sin sentido que pone en evidencia a un partido que dirige con mano de hierro y con pocos tonos democráticos.

Lo mejor de todo es que sabemos lo que dirá el candidato, cuáles son sus discrepancias con el promotor y que quiere convocar elecciones el 28 de mayo, aunque en el discurso filtrado invita a que lo haga el presidente. Por si fuera poco, en el trabajado texto, según palabras del candidato, se pide que se empiece a negociar la paz con Ucrania. Todo un guiño a Podemos, sin duda. El candidato, tampoco el promotor, nos dicen con quién hay que negociar porque no se ve a Putin muy por la labor.

Para rizar el rizo, hemos descubierto en este tiempo que en Vox hay tiranteces. Entre moderados y radicales extremistas de derechas. ¡Ay que va a tener razón Macarena Olona! Que en Vox se toman decisiones desde fuera de Vox, desde no se sabe bien dónde, pero desde lugares que huelen a moho y naftalina, y que llevarán el día 21 al Congreso. La sede de la soberanía popular que, sea dicho de paso, les trae al pairo.

Ante tamaño desaguisado –ridículo más bien– haría bien el PP de Feijóo de cerrar la puerta de verdad a Vox votando en contra. Cierto que el líder del PP no encuentra su sitio ni el tono, oscila entre la radicalidad y la moderación. Votar en contra sería una buena oportunidad para que el PP no se presentara como condescendiente con el ridículo y de paso no fuera cómplice de una pérdida de tiempo. Quizás podría aprovechar para presentar su propuesta de pensiones alternativa o para analizar la crisis bancaria que ha puesto al personal con los pelos de punta. Ya saben, hacer de todo menos el ridículo.

¡Cuánta razón tenía Tarradellas!