¿Se confirma que somos una sociedad de necios?

La censura de lo políticamente correcto nos está quitando libertad y espontaneidad

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Tiempo de lectura 8 min.

05 de agosto de 2019. 17:10h

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Gema Lendoiro Madrid. 6/8/2019

Creo que somos conscientes de que ya hemos dejado de ser jóvenes y, por tanto, hemos de dar paso a la siguiente generación, cuando comenzamos a no entender a los que vienen detrás. Concretamente me siento así. Nací en el 74, tengo 45 y, sobre todo, muchas cosas que no comprendo, que me tienen literalmente alucinada y que considero un gravísimo retroceso.

Tengo una teoría que felizmente no está basada en ninguna sesuda investigación científica. Me basta la pura observación del mundo que me rodea, el físico y el virtual, las noticias, para constatarla. Creo que la mayoría de los que nacieron a partir de 1980 (año arriba, año abajo) se han convertido en auténticos necios. Digo la mayoría, más bien lo matizo, porque siempre hay honrosas y alegres excepciones. Y no solo eso; han transformado la sociedad en algo irrespirable. Y no precisamente por la contaminación. Las nuevas generaciones siempre tienen algo en común: querer cambiar el mundo. Pasó en los sesenta y está pasando ahora. La diferencia entre aquéllos y los de hoy es que sus convicciones, erróneas o no, eran fruto de sesudas reflexiones y tras haber leído a muchos clásicos historiadores, filósofos. La generación joven actual es a golpe de click y la profundidad a mí me parece que ni se asemeja a la anterior.

A lo largo de la historia ha habido eras, etapas que se han caracterizado por querer cambiar las cosas. Traducibles en pensamientos políticos, movimientos artísticos, hasta revoluciones, unas con éxitos, otras condenadas al fracaso desde sus comienzos. Pero de un tiempo a esta parte, digamos que desde que comenzó el siglo XXI, lo que caracteriza a esta etapa es lo insustancial, lo frívolo como sinónimo de lo bello y lo deseable y, lo peor de todo, una corriente que tiene ya todos los mimbres para convertirse en una auténtica dictadura. Y es un fenómeno universal. Y entiéndanme, lo universal se refiere al primer mundo. En el tercero, en los países pobres, pero pobres de verdad, no están pendientes de tanta memez por razones obvias.

Decía un amigo mío ya fallecido (con 98 años) que a nuestra generación le había faltado una guerra. Hombre, igual no es para tanto, le decía yo. “Sí, sí, me contestaba”, no tenéis problemas reales y os habéis idiotizado. Creo que en eso no le faltaba razón. Europa y el mundo occidental está en paz desde hace setenta años y eso ha generado un bienestar generalizado, sin duda, pero también cierto ocaso en aspectos culturales, de pensamiento. Lo cierto es que dar por sentado que tienes derecho a todo condiciona bastante que te conviertas en gilipollas.

El otro día comentaba mi amiga y colega Rebeca Argudo que hoy estarían censuradas la mayoría de series, canciones, bromas, chistes, chascarrillos o sketches de la televisión y ponía como ejemplo a martes y trece y aquél famoso: mi marido me pega o el que cantaba diciendo que era maricón. Impensable hoy. Y, curiosamente, no pasaría nada con aquel sketch en el que dos monjas iban en bicicleta muy sonrientes...porque la bici no tenía sillín. Ya saben, solo algunos son los elegidos para ser intocables. Por favor, ¡que siempre ha habido clases!

Creo que tampoco pasaría la censura, no la franquista, sino la de lo políticamente correcto que, no nos engañemos, la tiene la izquierda bien cogidita, ni la Bola de Cristal. Ni Marco, por maltrato al menor, ni Bamby por maltrato a los animales, ni Caperucita Roja ni Blancanieves por machistas, ni la Bella Durmiente por acoso sexual (ya ves tú, le da un beso en la boca, más casto que paqué mientras duerme y eso es acoso, ay Virgen Santa) ni infinidad de cosas más. Dudo mucho que pasase el filtro de los ofendiditos una serie mítica como Verano Azul. Saldrían como hordas las asociaciones de gorditos, que a buen seguro no se llamarían así porque la palabra gordo es un insulto por mucho que estés a un paso de que te rescate Greenpeace. En esa serie había un marido o dos que tenían unas actitudes muy machistas con sus mujeres. Hoy eso, impensable. Y entiéndame, no es que me parezca bien que un marido le hable así a su mujer, ¿hace falta explicarlo para que quede claro? Pero afortunadamente sé distinguir la ficción de la realidad y sería un buen ejercicio pedagógico que los padres hiciesen ese esfuerzo con los hijos aprovechando la circunstancia para establecer los buenos criterios que se deben seguir.

Como sigamos así vamos a tener que prohibir Otelo por apología de la violencia machista, Lolita por pederastia, la Celestina por promover la prostitución, el lazarillo por hacer alarde de la pillería. Quememos la Maja desnuda de Goya o el nacimiento de Venus de Boticelli por cosificación de la mujer. Destruyamos todas las obras de arte donde se vean tetas o penes. Sobre todo en las primeras porque las mujeres, ya se sabe, somos bienes jurídicos a proteger. Ay mira, acabemos con todo esto y prohibamos el arte. Muerto el perro, se acabó la rabia y aquí paz y después, gloria. Que me gusta a mí el refranero español.

Aquí en casa, dónde antes estaba la iglesia y la censura franquista, ahora están los colectivos, curiosamente siempre subvencionados con lo público (que como ya nos ha explicado Carmen Calvo ese dinero no es de nadie). Dichas organizaciones tienen siempre los mismos parámetros: en primer lugar, son paternalistas, es decir, buscan desesperadamente proteger a quién no ha pedido ser protegido y, para ello, utilizan la tutela que, por ejemplo, ejerzo yo con mis tres criaturas (básicamente porque no llegan ni a los 10 años). Se les reconoce fácilmente porque en sus estatutos (son muy de asambleas), siempre hablan con un lenguaje cursi, grandilocuente y que no suele llegar a ninguna conclusión. Usan palabras como empoderamiento, visibilizar, transversal, heteropatriarcado, capitalismo...En galicia decimos una frase para esto que le viene al pelo: “o falar non ten cancela”. Y qué razón.

Otra característica es que hablan en nombre de ellos en bloque, sin atender a las diversas individualidades. Por ejemplo, hablan de los derechos que deben tener los negros porque dan por hecho que todos tienen las mismas necesidades y piensan todos exactamente igual. Bueno, yo digo negro, pero eso tampoco se dice porque ofende. Ellos hablan de personas de color.

Les pasa lo mismo con las mujeres y nos meten a todas en el mismo saco dando por hecho que todas queremos lo mismo. Pues miren, no. Por poner un ejemplito: a mí no me molesta que me miren los obreros de la construcción cuando paso por una obra. Y si su mirada es lasciva entiendo en eso una cuestión biológica primaria cero trabajada por falta de educación. ¿Qué se creen, que un catedrático de derecho constitucional no puede tener los mismos pensamientos lascivos? Seguro, pero se controlará porque pasará el filtro de la cultura y buenos modales. Es decir, reprimirá lo que el otro no hace. Ojo, estoy diciendo mirar, no tocar que eso ya son palabras mayores. No podemos pretender legislar la miradas, ni los pensamientos. Podemos y debemos prohibir y castigar duramente el acoso, las violaciones, pero jamás lo que un hombre piense. ¿Acaso nosotras no tenemos pensamientos eróticos con un hombre que nos resulte atractivo?

También, como Catherine Deneuve (aunque luego la pobre reculó porque le cayó la del pulpo), defiendo el derecho de los hombres a importunarme si estoy en un bar y quiere ligar conmigo. Estoy felizmente casada y sus posibilidades serán nulas pero mi ego saldrá reforzado y, créanme, a partir de unos años y cuando casi siempre llevas colgados niños de la chepa, se agradece, y mucho, que te tiren los tejos. Se supone que soy adulta y estoy empoderada, luego sé decir no. Y ya saben, no es no. Como sigan así van a volver a ponerse de moda las sujeta velas. Mi abuela nunca estuvo a solas con mi abuelo hasta la boda. Por si acaso. Están reclamando que vuelva algo parecido. Están fomentando que se acabe con la espontaneidad y naturalidad del siempre divertidísimo flirteo, el ligar se va a acabar.

Hoy prácticamente todo se ha convertido en una ofensa, en algo políticamente incorrecto. Recuerdo que cuando yo era niña los adultos podían hablarnos y nuestros padres no mostraban un rictus serio observando la escena. Recuerdo que te podían hacer preguntas tipo: ¿tienes novio? y nadie te daba una colleja por fomentar el heteropatriarcado y el machismo. ¿Disculpa? Tampoco pasaba nada si la publicidad emitía anuncios donde las niñas jugaban con muñecas y los niños con coches. De hecho, los que nacimos en los setenta somos ahora una generación bastante sensata y muy poco machista. No pueden decir lo mismo los que nacieron en los noventa a tenor de lo que demuestran las estadísticas. Y por cierto, somos una generación (la que va de los 40 a los 60 años) bastante más tolerante que los que tienen entre 20 y 30. No nos escandalizamos con tanta facilidad.

Todo esto no tendría nada de grave si no fuera porque, ya se sabe, a fuerza de que parte de la sociedad, que ni siquiera es la mayoría, empuje, terminará convirtiéndose en ley cargándose libertades fundamentales que ya habíamos conseguido.

Hablando de poner en peligro libertades. ¿Cómo es posible que un señor, como Camilo de Ory, cuyos chistes a veces no me hacen gracia, pueda ser llevado ante un juez con una petición de cárcel de 18 meses por haber tuiteado bromas que ofendieron a muchos? Oiga que la libertad de expresión es tan sagrada como la de sentirse ofendido. Porque, vamos a ver, ¿dónde ponemos el límite de lo que ofende y lo que no? Es inabarcable. ¿Prohibimos los chistes de gallegos? ¿Y por qué no los de los argentinos? ¿Estamos locos o qué? Los chistes, de pésimo gusto sobre la muerte de Julen te pueden cabrear, no gustar, pero de ahí a pedir que vaya a prisión...No sé, hemos perdido el oremus. Se está poniendo el precio de la libertad de expresión como los percebes de la Plaza de Lugo (en Coruña) en nochebuena: carísimos.

Les voy a poner un ejemplo de la hipocresía que acompaña, además, a este movimiento represor, cursi y profundamente sectario. Hace meses se hizo viral un vídeo de un experimento con personas. Dos escaleras mecánicas en un centro comercial. Una subía, la otra bajaba. Y un chico, actor, haciéndose pasar por gay, cuando bajaba tocaba de manera libidinosa la mano de los chicos que subían. Las reacciones eran de rechazo en la mayoría de los casos. ¿Cuál fue la conclusión de los que hicieron ese experimento? Adivinen: que eran todos homófobos por rechazar la caricia de un gay. Lo absurdo es que no se planteaban que, quizás, lo rechazaban porque era un desconocido. Y generalmente a la gente no nos suele gustar que nos toquen ajenos.

Pero, queridos lectores, les hago una pregunta. ¿Qué hubiera pasado si el experimento hubiera sido un hombre tocando la mano de la mujer? ¿Qué dirían de las que rechazasen esa caricia de un extraño? ¿Dirían que son heterofóbicas? ¿O más cambiarían el objeto de la ira e irían a por el agresor, cuasi violador y seguramente que hasta maltratador? ¿lo dudan?

Está todo inundado de necios. Sí, es que no se me ocurre otra palabra que defina mejor cómo hemos pasado de una sociedad abierta como la de finales de los ochenta, principios de los noventa, libre, divertida, con aires de libertad, a una ñoña, cursi, discriminatoria con la mayoría y profundamente pedante. Ya empezamos a ser legión los que decimos que el rey está desnudo y ya no nos callamos. Estamos hartos de tanta ñoñería elevada a lo institucional. Vemos a la clase política caminar sobre huevos no vaya a ser que alguno tenga que dimitir por hacer un chiste o un comentario.

Ay, de verdad, hay momentos en los que añoro aquellos maravillosos años donde podías contar un chiste de gitanos, de lepe, de murcianos, de gallegos. Yo soy gallega y me hacen toda la gracia del mundo porque los chistes son, precisamente, exageraciones de la realidad que nos hacen recordar lo imperfectos que somos. Todos. Y todas. Y todes. ¿Lo ven? ¿No me digan que no es de ser rematadamente cursi o memo o ambas cosas a la vez decir todes? Para visibilizar los géneros sexuales neutros dicen. Yo lo único que veo es la visibilización de una hemiplejia intelectual bastante elevada y, honestamente, empiezo a estar muy cansadita.

¿Lo ven? Como les decía al empezar, me he vuelto mayor porque ya no entiendo a las nuevas generaciones.

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