Carlos García Calvo había vivido mil vidas

Lorenzo Caprile compartía mil y una complicidades con su amigo querido y experto y Agatha Ruiz de la Prada sabía que era un incondicional

Aún recuerdo el día en el que conocí a Carlos García Calvo, hace casi veinte años, poco antes de sentarnos juntos en un plató de Telemadrid. No había visto un hombre calvo más atractivo desde Yul Brynner. El gesto serio y la apostura contribuían a presentarlo como un ser misterioso. Y lo era, de alguna manera, porque ya por entonces había vivido mil vidas y compartido historias con la movida madrileña más cultureta de este país. Inclemente con la falta de educación y el mal gusto, Carlos, rescatado por Rosa Villacastín y Ana Rosa Quintana, para aquel estupendo Extra Rosa en Antena 3, en el que se convirtió en un personaje aterrador para la alta sociedad, donde ponía el ojo ponía la bala de su palabra.

Y si Carlos no te consideraba de serie A… Más allá de su lado snob, tan divertido como malévolo, desde el que analizaba indumentarias y comportamientos sin piedad, Carlos era un tipo tan culto que sorprendía en cualquier ambiente. Manolo Blahnik departía horas y horas con él, en largas charlas de cine, a las que era una delicia tener el privilegio de asistir. Carmen Posadas le consultaba una y mil veces para sus novelas, sabiendo que tenía respuesta inmediata para todo, fuera moda, costumbrismo, historia o literatura.

Lorenzo Caprile compartía mil y una complicidades con su amigo querido y experto y Agatha Ruiz de la Prada sabía que era un incondicional, como también Isabel Preysler o María León, dos de sus más queridas celebridades. Coincidió con Francisco Rico y Javier Marías en su juventud, deambulando por ese Madrid insólito que comenzaba a asomar la cabeza, donde también conoció a todos esos arquitectos y pintores que le ponían color a la época: Sigfrido Martín Begué, Juan Navarro Baldeweg, Rafael Moneo, Emilio Tuñón, Alvaro Feduchi… Por entonces escribió en la mítica revista La luna de Madrid y ya entonces dejó constancia de la destreza de su pluma. Después de miles de artículos en diversas revistas -sobre todo en “El Mundo” y Yo Dona- y tantos libros curiosos e imprescindibles (“Agenda de la mujer A”, “El perfecto anfitrión”, “Te vestiré como una reina”, “No comas el postre con cuchara” o “Cuéntaselo a Rosi”), guardaba en un cajón los primeros folios de una novela familiar extraordinaria que, por desgracia, ya no verá la luz. Si lo hará, en cambio, su último libro sobre la reina Letizia, sobre la que tanto escribió para su gloria unas veces y desesperación otras. Sirva este breve texto de pequeñísimo homenaje a un hombre distinto, amigo leal y generoso, con el que fue un regalo compartir un tramo de la vida.